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La
transparencia opaca
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Bien pensado, este hombre tan transparente es un misterio.
Ni siquiera estamos seguros de que sea un mal alcalde. Tampoco
bueno. Habita en la franja entre el blanco y el negro, por
eso en las fotos sale gris marengo. Los años han dulcificado
su rostro, ocupado por unos labios con resonancias a Nenuco,
que al sonreír hacen aparecer dos bolsas blandas, las
mejillas, envueltas en una piel que evoca las partes pudendas
infantiles. La mirada es mansa y suele entrar en complicidad
con la boca para provocar un efecto bondadosos reforzado por
su devoción a la Virgen. Se trata, en suma, de un rostro
pasado por los jesuitas, donde hizo el bachillerato, y posteriormente
curtido en el rezo del Ángelus y la misa dominical
antes del vermut.
En 1991 arrebató la alcaldía de Madrid a los
socialistas y apenas tomó posesión hubo de enfrentarse
a una huelga de cuidadoras en cuyo transcurso murieron, desnutridos,
dos ancianos; soportó también un plante de jardineros
que desertizó la ciudad; un escándalo en la
adjudicación de viviendas, y un paro histórico
de la EMT. Salió de todo sin mancharse, y, lo que es
peor, sin perder su afición a la zarzuela. Ello resulta
más incomprensible si añadimos que contemporizó
durante año con un arquetipo del género chico,
el ex concejal Matanzo, cuyo apellido contrastaba tanto con
la vocación centrista del PP que fue obligado a huir
a zonas más castizas de la realidad.
Lo inquietante de su bondad es que carece de sabor. Ha llegado
a decir que él es bueno porque sí. Todo lo contrario
de Tierno Galván, que era un bondadoso malo, de los
que saben que la ingenuidad es una conquista moral o no es
nada. De ahí que cuanto más contempla uno la
falta de complejidad Álvarez del Manzano más
inclinado se vea a considerarla una forma de perversión
sin catalogar. De hecho, su afición a los túneles
podría parecer una excentricidad en un hombre tan aseado;
sin embargo, enumera obsesivamente los subterráneos
realizados bajo su mandato, como s compensara con ellos la
nostalgia de no haber ahondado bastante en sí mismo.
Pero ¿cómo ahondar en una superficie tan vaporosa?
José María Álvarez del Manzano ha logrado
no decir absolutamente nada de interés en ninguna de
las entrevistas que le han hecho en su vida municipal y espesa.
Antes de su éxito del 91 llevaba doce años acumulando
trienios que tuvo que hacer valer ante el PP para que le colocaran
el primero de la lista, así que es un alcalde de escalafón,
un funcionario. Bien pensando, este hombre tan transparente
es completamente opaco.
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