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Días
laborales
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De joven hice amistad con un compañero de trabajo que
los domingos se ponía sombrío a media mañana
y seguía así hasta que ingresaba en la cama
por la noche. A veces comíamos juntos en un restaurante
económico cercano a la oficina, y él siempre
se empeñaba en hablar de esa tendencia suya a la tristeza
dominical, no tanto porque esperaba de mí un explicación
satisfactoria como por buscarla dentro de sí.
-Yo creo -solía decirme-que no estoy dotado para llenar
las horas. Por eso, después del desayuno, cuando veo
todo el día por delante, me entra una angustia insoportable.
No quiero ni decirte lo que siento en vacaciones como las
de Semana Santa, que parecen un domingo estirado.
Hablaba de las horas como gigantescos recipientes que tuviera
que rellenar a punta de pala. Al rato de escucharle, te lo
imaginabas metiendo cosas dentro de las horas con el esfuerzo
con el que se carga un camión de escombros.
Cada hora era un camión. En la mili tuve que hacerle
una mudanza al sargento de mi compañía y fue
espantoso llenar el vehículo que había tomado
prestado al ejército con sus mesas camillas y canesús,
además de los de su esposa. Así que podía
entenderle.
-Y lo peor -añadía mi amigo-es que cuando las
horas pasan tampoco siento un alivio especial, porque las
lleno de cosas sin sustancia. Al final del domingo, si miro
hacia atrás, veo todo ese tiempo que no he sabido ocupar
como Dios manda y me dan unos remordimientos de conciencia
que me matan. No tengo arreglo. Por mí, me instalaría
en un lunes laborable permanente.
Nunca le dije que a mí me ocurría algo parecido,
porque en esa época estaba muy mal visto tener afecto
al lunes. Ahora puedo decirlo sin miedo a la censura: el lunes
es como una madre. Te recibe con los brazos abiertos, sin
reprocharte nada, con cada minuto lleno de sí mismo.
Sólo tiene un problema: que se acaba en dirección
al martes, donde se inicia de nuevo la pendiente hacia el
domingo. En la semana, como en el tobogán, el momento
más excitante es cuando estás arriba, a punto
de dejarte caer. Adiós, Semana Santa. Bienvenida, semana
de usar y tirar.
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