 |
Escribir
 |
Hace poco, un oyente telefoneó a un programa de radio
y contó que su matrimonio había empezado a naufragar
el día en el que su mujer llevó a casa a una
amiga anoréxica.
-Qué sucedió?- preguntó la locutora.
-No lo puedo decir porque a mi esposa le gusta mucho la radio
y quizás me esté oyendo. La cuestión
es que las cosas se empezaron a complicar y ahora vivimos
separados.
La audiencia, a juzgar por las llamadas posteriores, se quedó
muy intrigada y yo pensé que aquel hombre nos había
dado una lección perfecta de cómo empezar un
relato. Las situaciones de partida son así de gratuitas,
así de normales también. Y cuando digo normal
no pierdo de vista desde luego el grado profundo de anormalidad
que subyace en la vida cotidiana, auque hayamos desarrollado
mecanismos para no percibirla. El acierto de este hombre consistió
en contar algo que estaba en la frontera de lo vulgar y lo
extraño. Parece que estoy viendo la escena:
-Mira, Javier, esta es mi amiga Rosa que como puedes ver es
anoréxica y ha venido a pesar unos días con
nosotros. Dormirá en el sofá-cama del cuarto
de estar.
-Encantando.
No es difícil imaginar a los tres en el tresillo, viendo
la tele. Rosa, muy delgada, permanece entre los dos, sin probar
los aperitivos que la mujer de Javier ha puesto sobre la mesa.
Javier está un poco violento, pero al mismo tiempo
orgulloso que de su esposa intente ayudar a una amiga. Él
mismo, sin darse cuenta, ha empezado a urdir algunos modos
de obligarla a comer. Una situación normal, de gente
normal: se respira una atmósfera de clase media absolutamente
familiar. Javier, seguramente, es funcionario.
A los tres meses, sin embargo, Javier vive solo en un apartamento
y se dedica a telefonear a las emisoras de radio para contar
que su matrimonio ha fracasado. Ahora estamos ya frente a
una historia de terror. Sólo hay que escribir lo que
ha sucedido en medio. A ver quién se anima.
|