 |
Bajo
el volcán
 |
En Colombia hay un volcán llamado Galeras que escupe
medio kilo de oro al día. Los volcanes siempre han
sido fuente de atención por parte de los científicos
y de las mentes imaginativas como la de Julio Verne: su Viaje
al fondo de la Tierra construye en realidad un viaje al fondo
de uno mismo. Nada hay tan parecido al paisaje de la conciencia
como el interior caliente y oscuro de un volcán.
Conozco algunas islas volcánicas –Lanzarote y
Madeira, entra otras—, y mantengo que basan su fascinación
en el hecho de que nos ayudan a ver fuera lo que llevamos
dentro. Las erupciones volcánicas dejan convertido
el paisaje en un conjunto de escorias en cuyos túneles
sólo se reproducen a gusto los reptiles. Los materiales
que arroja la conciencia cada vez que se pone en erupción
no son por lo general muy diferentes; tampoco la fauna que
más tarde aparece entre túneles.
Dicen que una ciudad de Perú, Arequipa, se encuentra
situada a los pies del volcán Misti, que por lo visto
en ciertas épocas electriza el aire de tal modo que
sus habitantes se ponen de mal humor y deja de dirigirse la
palabra por semanas enteras. Mis fuentes documentales no aclaran
si después de esta erupción de mal humor se
vuelven más oscuros, es decir, más sabios.
Pero lo del volcán Galeras es nuevo. A mí no
me extraña que vomite, pues lo cierto es que le estamos
metiendo los dedos hasta la garganta a la madre Tierra para
obtener de ella todo los recursos que guarda en su interior
y que, según las voces más sensatas, son limitados.
A lo mejor este último vómito, que tanto nos
complace, resulta ser, más que un regalo, una enfermedad.
Se me ocurre que ese oro del volcán de Colombia pudiera
ser la bilis de la Tierra; los borrachos saben muy bien que
cuando se meten el dedo en la garganta para aliviarse un poco,
lo último que expulsan es la bilis. Quizá las
producciones del Galeras contengan un significado parecido:
expulsa oro porque no le queda otra cosa en el estómago.
|