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Mariposas
muertas
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En tiempos duros conviene permanecer atentos a las noticias
débiles. No sé si se han enterado ustedes de
que en México han muerto este invierno millones de
mariposas a causa de una ola de frío. Lo sorprendente
de las mariposas no es que mueran, sino que sobreviva con
ese cuerpo que parece una brizna y esas alas que pierden los
polvos mágicos con una rozadura. Los individuos de
la especia afectada, que se llama Monarca, viajan cada año
de Canadá a México (4.500 kilómetros),
donde permanecen hasta el mes de abril haciendo las cosas
misteriosas que realizan los insectos cuando van de acá
para allá sin objeto aparente. Se calcula que cuarenta
millones de Monarca han sucumbido a las heladas de este año.
Cuarenta millones de mariposas muertas apenas ocupan media
columna en las páginas interiores de un periódico,
pero en la realidad, según los ecologistas que las
han visto fallecer, forman una alfombra de considerables proporciones.
A veces, en tiempo de campaña electoral, cuando nos
obligan a vivir hacia fuera el 80 por ciento de nuestra jornada,
conviene hacer un ejercicio de recogimiento y volverse hacia
el interior de uno, donde se encuentran, entre otros, los
bosques de México y Michoacán, reservas naturales
de multitud de insectos, para ver cómo caen, arrugados
por el frío, esos prodigios voladores que soportarían
una catástrofe nuclear, pero que no resisten una helada.
Porque aun esas mariposas mueran lejos de aquí, es
posible que sus cadáveres caigan en algún lugar
dentro de nuestro pecho.
En cualquier caso, en tiempos en los que es difícil
encontrar significados importantes en las palabras y actitudes
de los contemporáneos, una noticia como la de la muerte
de cuarenta millones de mariposas no puede pasar ante los
ojos, por breve que sea, sin que la recortemos y la clavemos
con un alfiler, al modo en que se disecan los insectos, al
corcho de nuestro cuarto de trabajo. Así cada vez que
oigamos algo que no nos concierne, aunque lo digan de tal
modo que parezca que en ello nos va la vida, podremos volver
los ojos hacia ese suelto insignificante, que es como volverlos
hacia dentro, para distinguir lo contingente de lo necesario.
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