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El
cordón
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Si uniéramos todos los cordones umbilicales que han
precedido al tuyo, obtendríamos una fontanería
orgánica por la que una cucaracha podría llegar
caminando hasta el primer vientre de la historia, saliendo
a su superficie como por el sumidero de un lavabo. No es difícil
vivir una experiencia parecida si se dispone de un pasillo
largo, Te habrá ocurrido en alguna casa a la que habías
sido invitado para celebrar una fiesta incomprensible, cuando
al asomarte al pasillo, y atraído por el resplandor
de la cocina, no pudiste controlar las ganas de internarte
en él con la excusa de ir a buscar un hielo. Mucha
gente se da la vuelta antes de llegar. Por eso se cruza uno
con tantos invitados que regresan con la expresión
y la copa vacías.
En cualquier caso, a medida que uno progresa por el interior
del cordón, va transformándose en un insecto
lleno de patas enormemente funcionales. Y cuando alcanza la
cocina, si no se ha rendido antes, se encuentra allí
con otros insectos que fuman o beben o intercambian feromonas
con una naturalidad perturbadora. Dado que por lo general
están ensimismados, uno puede ir de acá para
allá, buscando restos de comida en los alrededores
del fregadero sin llamar la atención. Una vez saciada
el hambre, conviene asomarse de nuevo al cordón umbilical,
es decir, al pasillo, y soplar con todas las fuerzas de que
uno disponga para oír cómo el viento de la historia
personal recorre ciego de furia los úteros de los que
procedemos dando, como el soplo de Dios, vida (y en consecuencia
muerte) a todo lo que toca. Hay siempre un punto de tristeza
en ese instante que coincide con la obtención del hielo,
cuyo tacto te abrasará los dedos y el corazón.
Enseguida, tras lanzar una mirada melancólica al conjunto,
vuelve uno en dirección contraria, hacia la fiesta.
Y a medida que progresa va perdiendo patas y élitros,
y se va irguiendo, de manera que llega al futuro convertido
en un hombre, y como hombre que es negocia con sus semejantes,
y en lugar de feromonas intercambia palabras; con suerte ideas.
De vez en cuando, todavía escucha aullar el viento
a través del túnel y entonces le dan ganas de
llorar.
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