 |
Viaje
al centro del aire acondicionado
 |
Me gané la vida durante algún tiempo en una
multinacional cuyas oficinas madrileñas estaban situadas
en un edificio inteligente, dotado de una refrigeración
perspicaz a la que debo una bronquitis imperecedera o crónica.
Durante los meses de julio y agosto trabajaba con un grueso
jersey de cuello alto que me colocaba sobre la ropa de verano,
y a media mañana salía a la calle para refugiarme
durante unos minutos bajo una marquesina de autobús,
muy castigada por el sol, hasta que me descongelaba como en
el interior de un microondas, y volvía a subir para
colocar a la derecha los papeles que antes había puesto
a la izquierda. Un trabajo muy creativo que compartía
con otras ocho o nueve personas profundamente divididas a
favor y en contra de la refrigeración. Las pasiones
que levantaba el frío artificial en aquel despacho
sin ventanas eran de tal calibre que, cuando llegaba un empleado
nuevo, no se le preguntaba sus ideas políticas, sus
creencias religiosas o por su capacitación profesional,
sino por sus tendencias climáticas.
Durante el tiempo que permanecí en aquella nevera,
hubo dos guerras civiles dentro del edificio: la primera,
entre detractores y admiradores del frío sintético;
la segunda, más tarde, entre fumadores y ex fumadores.
Yo perdí las dos, y aunque podría hablar con
odio de los vencedores, he de reconocer que entre conflicto
y conflicto estival se sucedieron largos inviernos de confraternización,
amenizados por pasiones venéreas y festejos gastronómicos
durante los que todo resultaba perfecto hasta que algún
insensato sacaba a relucir el tema del aire acondicionado,
cuya sola mención disparaba el odio ancestral entre
los partidarios de las temperaturas altas y las temperaturas
bajas.
Con los años, el edificio inteligente y saludable se
fue volviendo tonto y enfermizo, de manera que no era raro
que en enero escupiera frío y en agosto calor. Además,
tenía halitosis y una tos seca sobrecogedora. Al mismo
tiempo, sus ocupantes empezamos a padecer de las vías
respiratorias. Por consejo del jefe de personal acudimos,
en lugar de al médico, al técnico de mantenimiento,
según el cual los conductos del edificio tonto estaban
llenos de bacterias y microorganismos que sin duda eran los
causantes de nuestras faringitis y migrañas. Un psicólogo
industrial, por su parte, no dudó en afirmar que también
debíamos a sus emanaciones el mal humor que a última
hora de la tarde nos hacía discutir a muerte y tirarnos
los archivadores a la cabeza por cualquier tontería.
Gracias a estas informaciones, el odio que había entre
nosotros se volvió contra el edificio uniéndonos
a frioleros y calurosos, fumadores y ex fumadores, creyentes
y ateos, afiliados a Comisiones y a UGT, con tal fuerza que
durante unos días volvimos a creer en la Historia,
con mayúscula; en la lucha de clases, con minúscula,
y en la “famélica legión”, entre
comillas. Hicimos tres o cuatro huelgas con resultado más
bien pobres desde el punto de vista de las conquistas salariales,
pero en su transcurso se formalizaron un par de relaciones
sentimentales que acabarían en matrimonio.
Fueron sin duda los mejores días de nuestra forzada
convivencia.
Discurría el mes de julio y el jefe se había
ido de vacaciones. El aire acondicionado, completamente fuera
de sí, escupía frío a ratos y a ratos
calor, además de un conjunto indiscriminado de hongos
y ácaros que se introducían por nuestras fosas
nasales tras flotar a la deriva por el despacho. Decidimos
tapar sus salidas con archivadores de cartón, pero
las destapábamos todos los días, después
del aperitivo de la una, para arrojar a su interior los restos
de la fiesta, fueran rajas de salchichón o huesos de
aceitunas. Meses más tarde, en noviembre, cuando comenzamos
a hacer horas extraordinarias para cerrar el ejercicio, se
oían al anochecer unos gemidos procedentes de las entrañas
del edificio que le ponían los pelos de puna al más
templado. Con el tiempo, conseguimos tomárnoslo a broma,
y aventurando que quizá algún obrero se había
quedado atrapado al sellar los conductos de la refrigeración,
continuamos arrojando trozos de pan, pedazos de ensaimada
y las sobras de las celebraciones con las que despedíamos
a los jubilados. El edificio, completamente omnívoro,
se tragaba más porquería de la que éramos
capaces de producir, digiriéndola en un abismo de frío
y vértigo al que daba miedo asomarse.
Cierto día, una compañera se presentó
en la oficina con una pareja de hámsters que hasta
ese momento habían pertenecido a su hijo. Estaba harta
de los animales, que se escapaban cada poco de la jaula y
roían los cables de la luz y del teléfono, además
de reproducirse sin cesar. Nos los ofreció generosamente
a cualquier precio, pero nadie quiso hacerse cargo de ellos.
Entonces propuse que los arrojáramos por el conducto
del aire acondicionado. Después de todo, siempre habíamos
creído que había vida al otro lado. Los ex fumadores
cristianos, los ecologistas agnósticos y dos militantes
de UGT pusieron algunas objeciones retóricas, pero
en el fondo estaban encantados con la idea. De modo que yo
mismo, quizá porque tenía más desarrollado
que mis colegas el espíritu investigador, cogí
a los animales por el pescuezo y dejé que se deslizaran
uno detrás de otro por aquella faringe oscura de poliuretanos
y vinilos, que en cierto modo era ya la continuación
de la nuestra. Y no es un modo de hablar: por aquellos días
se hicieron públicos unos informes según los
cuales la ingestión de determinados alimentos había
creado en el organismo humano un depósito de materia
plástica que formaba ya parte de nuestra constitución.
El caso es que unos mese más tarde, durante la hora
del bocadillo, leí en el periódico que en los
respiradores del aire acondicionado de un edificio enfermo
de Monterrey, México, se había detectado la
existencia de una colonia de hámsters perfectamente
adaptados al medio. Alguien aventuró la posibilidad
de que fueran los hijos de nuestros animales, y en ese mismo
instante esbozamos, medio en broma, medio en serio, la teoría
de que había en el universo una red de aire acondicionado
que unía las ciudades más alejadas entre sí,
de forma que si arrojabas a un jubilado por los conductos
de un edificio de Madrid, podía aparecer, caso de adaptarse
a las temperaturas reinantes, en otro de Nueva York. De ahí
que a partir de este momento sólo introdujéramos
en los tubos de refrigeración hámsters debidamente
anillados, para verificar, si llegaran a aparecer en otra
oficina lejana, que eran los nuestros. No tuvimos noticia
de ninguno, la verdad, pero tampoco llegamos a contar con
los medios materiales precisos para dar a conocer nuestro
proyecto e interesar en él a otros oficinistas de allende
los mares.
En cualquier caso, la costumbre de arrojar objetos y animales
por los conductos de la refrigeración se transformó
en un rito. Todos teníamos depositado imaginariamente
en aquellas galerías a algún ser querido. A
un joven empleado temporal, que acababa de perder a sus padres
en circunstancias dramáticas, logramos convencerle
de que vivían una vida mejor en las entrañas
del edificio. Como habían sido muy religiosos, un día
les echamos un rosario y un misal que no volvieron a aparecer
por ningún lado. Éramos felices, la verdad,
con aquel aire acondicionado que, aunque ya no producía
ni frío ni calor (pero sí migrañas y
conjuntivis), se había convertido en el depósito
de nuestros fantasmas. Cuando falleció el jefe des
departamento, que tenía un miedo enfermizo a la muerte,
yo mismo le hico llegar a través de la refrigeración
un libro de autoayuda titulado Los ataques de pánico,
para que no se dejara dominar por el espanto al contemplarse
a sí mismo de cuerpo presente.
Pasó el tiempo, en fin, y la vida o los trienios nos
dispersaron. Un día, el periódico publicó
un artículo sobre los edificios enfermos, y el asunto,
de repente, se puso de moda. A mí no me había
abandonado la vieja idea de que nuestras vías respiratorias,
en cuya composición se apreciaban cantidades discretas
de PVC, eran ya la continuación de las vías
respiratorias de los edificios modernos, pudiendo darse el
caso de que una faringitis aparecida en mi garganta hubiera
comenzado a fraguarse en los bronquios de unas oficinas de
Chicago. Según la abundante documentación de
que disponía, el baile de bacterias, hongos, ácaros
y microorganismos entre el cuerpo humano y la arquitectura
contemporánea era tan común como el intercambio
de vinilos y resinas sintéticas. En otras palabras,
los edificios se humanizaban con nuestras infecciones del
tracto vaginal, respiratorio o digestivo, mientras que nosotros
nos arquitecturizábamos con la ingestión masiva
de plástico a través de la alimentación
de que éramos víctimas.
Decidido a escribir un reportaje sobre el asunto, viajé
a Miami para conocer un edificio enfermo del que me habían
hablado algunos amigos arquitectos, pero no llegué
a verlo, pues la crueldad de la refrigeración hotelera
estuvo a punto de matarme. En Miami sólo puedes sobrevivir
en la calle, al calor del sol. En el momento en el que caes
en la tentación de entrar en el hotel, en un restaurante
o una tienda, eres fulminado por un frío seco que en
cuestión de segundos te deja sin mucosas, en el caso
de que todavía las tengas, lo que depende del grado
de mutación de cada uno. Allí la gente vive
mutada ya: tienen los conductos respiratorios más ásperos
que una pared de cal y, al respirar, expulsan aire frío
y seco, como si los individuos fueran en realidad terminales
de una gigantesca red (otra vez la red) de aire acondicionado
al servicio, entre otras instituciones con afán de
lucro, de la industria farmacéutica. De hecho, el departamento
más importante de los supermercados es el de farmacia
y, dentro de éste, el de las medicinas anticatarrales.
Las hay de todas clases, de todos los colores, y las que no
te matan te engordan.
Quienes sobreviven al frío despiadado que hace en cualquier
sitio que no sea la puta calle, con perdón, alcanza
una suerte de eternidad algo repugnante, pero muy apreciada
por muchos norteamericanos que se retiran a Miami una vez
jubilados. Se trata de una eternidad como de tarde de domingo,
en la que si es cierto que no se muere nadie porque ese día
de la semana no funcionan los servicios funerarios, tampoco
la vida resulta tan excitante como en otros lugares más
templados. Por un momento, pensé que Miami era una
ciudad construida en el centro mismo del aire acondicionado,
ya que al recorrer sus suburbios vi restos de pan y pedazos
de bollería idénticos a los que nosotros arrojábamos
por los conductos de la refrigeración en nuestra oficina
de Madrid.
Huí de madrugada, pues, con un cargamento de medicinas
anticatarrales, media tonelada de pañuelos de papel
y dos botes grandes de melatonina, una hormona prohibida en
España que, según lenguas, proporcionaba la
eterna juventud gracias a sus propiedades somníferas
y antioxidantes. En el aeropuerto, una vez pasados con éxito
los controles policiales, y cuando resultaba muy complicado
volver atrás (es decir, a la calle), anunciaron que
nuestro vuelo tenía tres horas de retraso. Eran las
siete de la mañana y, aunque no había amanecido,
el aire acondicionado estaba puesto a tope. La sala de embarque
era literalmente una nevera industrial como las que aparece
en las películas llenas de vacas partidas por la mitad
y en las que se queda atrapado indefectiblemente un personaje
friolero y claustrofóbico. Íbamos todos los
pasajeros de verano, como corresponde a una ciudad con tan
buenas temperaturas teóricas, sin tener en cuenta que
los espacios interiores, en Miami, constituyen la verdadera
intemperie de la vida. Vi una madre tapando a su hijo con
unas hojas de periódico, el Herald de Miami, y yo mismo
me coloqué el equipaje de mano, que era una bolsa muy
flexible, de plástico, alrededor del cuello, a modo
de bufanda. Pasada la primera hora de espera, los pasajeros,
completamente cianóticos o azules a causa de la congelación,
empezaron a a acudir a los servicios para robar el papel higiénico,
en el que envolvían cuidadosamente las extremidades.
Al rato, empecé a llorar, y no sé si fue que
el llanto me despejó la nariz momentáneamente
o qué, lo cierto es que al masticar y oler el aire
que salía por los conductos de la refrigeración,
me di cuenta de que tenía el mismo sabor que el de
mi oficina de Madrid. Era el aire de mi oficina, sin duda
alguna: reconocí enseguida el perfume de lavanda que
solía llevar una de mis compañeras de entonces,
afiliada a Comisiones Obreras, así como la peste a
after sabe del jefe, que, aunque tenía barba, le gustaba
usar la loción para después del afeitado a modo
de desodorante.
Fue como la constatación de que efectivamente se podía
levantar un croquis del aire acondicionado mundial igual que
un mapa de las zonas sísmicas unidas entre sí
por fallas o hendiduras existentes en el subsuelo. El descubrimiento
coincidió no obstante con un grado de congelación
irreversible. Alguien gritó:
–¡Por favor, abran herméticamente las ventanas!
Miré a mi alrededor para indicar al autor de tan inquietante
frase que no había ventas, pero al contemplar a los
pasajeros de color azul recostados sobre los bancos, me pareció
que estábamos en la morgue más que en un aeropuerto
y me dispuse a dejarme morir. Dio, sin embargo, la casualidad
de que en ese momento comenzaba a amanecer y de que, a través
del grueso muro de cristal que nos separaba de la atmósfera,
un rayo de sol me golpeó en la frente. Entonces levanté
los párpados congelados y vi flotando en el aire de
mi familia, que me hacía señas desde el otro
lado del aire acondicionado. Se trataba de una alucinación,
desde luego, pero oí con una claridad impresionante
las voces de mi mujer y de mis hijos pidiéndome que
no me rindiera pese a que, además del frío,
por la megafonía del aeropuerto sonaba en ese instante
una canción de Julio Iglesias.
Decidí vivir. Recuerdo que me incorporé e hice
una serie de ejercicios gimnásticos para combatir el
frío. Después, impulsado a ello por mi temperamento
científico, tuve aún el valor de acercarme a
un guardia que paseaba con un perro adicto a los explosivos
para preguntarle si no habían detectado en los últimos
años la presencia de hámsters anillados en los
conductos del aire acondicionado. Enseguida comprendí
por su mirada que si continuaba hablando, acabaría
deteniéndome, de modo que me retiré, y en ese
instante anunciaron la salida de mi vuelo, con destino a Guadalajara,
México.
Durante aquellos días se celebraba en esta ciudad una
feria del libro que me interesaba visitar, por lo que me alojé
en un hotel cercano a sus instalaciones. Era muy bueno, de
cinco estrellas o más, pero el aire acondicionado,
estaba pensado para matar a los clientes de menos de cinco
tenedores. La habitación, situada en el piso 18, no
tenía ventanas, aunque disponía de una enorme
cristalera, también hermética, por la que entraba
el sol de una forma tan cruel que no había más
remedio, a menos que uno prefiriera perecer asfixiado por
el efecto invernadero, que conectar la refrigeración.
Había un regulador digital en el que podías
poner la temperatura a la que querías vivir. Personalmente,
como mejor me encuentro es a 22 o 23 grados, pero cada vez
que salía de la habitación colocaba el termostato
a 16 grados al objeto de que estuviera, al regresar, lo suficientemente
fría como para dormir toda la noche con el aire apagado.
Pronto advertí, sin embargo, que cuando volvía
de la calle, la habitación estaba ardiendo y al otro
lado del gigantesco ventanal se veían girar en el aire
una especie de buitres, llamados zopilotes, que desde su posición
observaban sin duda los cadáveres de los clientes que
se había quedado dormidos con el aire encendido. El
hotel disponía, en fin, de un sofisticado sistema que
avisaba el aparato del aire acondicionado cuando el cliente
abandonaba la habitación para que se desconectara automáticamente
y de este modo economizar energía. Al oírlo
entrar, se ponía nuevamente en marcha, haciendo como
que no había dejado de funcionar todo el tiempo. La
elección, entonces, era dormir con el aire encendido
y morir congelado, o dejarlo apagado y perecer asfixiado por
el calor. Hice algo que no me había dado malos resultados
en Miami: por la noche salía a dar cabezadas a la calle,
con los mendigos, y cuando no tenía más remedio
que permanecer en el hotel con la refrigeración activada,
me refugiaba en el cuarto de baño con el grifo del
agua caliente abierto, respirando sus vapores para reponer
las mucosas perdidas por la deshidratación permanente.
Por la mañana, acudí a primera hora a la feria
del libro, y cuando había efectuado la mitad del recorrido,
noté síntomas de congelación en la punta
de los dedos. La brutalidad del aire acondicionado, efectivamente,
resultaba insoportable, pero al intentar abandonar el recinto
con urgencia, me despisté y comprendí enseguida
que en aquel estado emocional jamás encontraría
la salida. Tuve un acceso de claustrofobia durante el cual
volví a ver a mi familia haciéndome señas
de que regresara desde el otro lado del aire acondicionado,
desde el otro lado de la vida. Realizando, pues, un esfuerzo
supremo, caminé hasta una caseta y me apoyé
en su mostrador. Entonces, miré casualmente los libros
expuestos y vi uno titulado Los ataques del pánico,
que, por asombroso que parezca, era el que yo había
lanzado hacía años por el conducto del aire
acondicionado de mi oficina en Madrid, para consolar al jefe
de departamento que había fallecido sin curarse del
miedo a la muerte. Continuaba, pues, en el centro mismo del
aire acondicionado, que constituía un universo gigantesco,
autónomo, con sus aeropuertos y sus líneas aéreas
y sus ferias del libro, sus matrimonios y todo lo demás.
Abrí el volumen, repasé el índice y busqué
el capítulo donde se daban instrucciones para combatir
estos indeseables estados del ánimo. Lo principal,
afirmaba el autor, era pensar que no me iba a suceder nada
grave. No moriría, en fin, ni perdería la identidad,
no ese día, al menos. Acepté que mis temores
eran exagerados y razoné que incluso en el peor de
los casos no tendría más que esperar a que cerraran
la feria, por la noche, para que el servicio de seguridad
o de limpieza me sacara de allí con el resto de los
desperdicios acumulados en las instalaciones durante la jornada.
Todo estaba en orden, pues. El libro añadía
que después de hacer esta reflexión, convenía
disfrutar del ataque de pánico, dejarse invadir por
él sabiendo que carecía de una justificación
racional. Abandoné la caseta menos nervioso, aunque
más masoquista, y me detuve en la de al lado. Vi un
libro curioso, El poder de la papaya, junto a otro titulado
El poder curativo de la mente. No tenía ninguna papaya
a mano, pero todavía me quedaba un pedazo de mente
al que le ordené liberar pensamientos positivos, tal
como sugería el capítulo correspondiente a los
estados carenciales de vitalidad. Nada de disfrutar con el
pánico, como aconsejaba el libro anterior.
Seguí las instrucciones y comencé a sentirme
bien, lo que me trajo a la memoria que me había perdido,
penetrando de este modo en el círculo vicioso de la
angustia. De hecho, retrocedí hacia la caseta donde
había visto el libro del pánico, para solicitar
ayuda una vez más, y ene se instante comprendí
que la autoayuda era el aire acondicionado del espíritu:
te quitaba el sofoco, pero te arrebataba todo el tejido epitelial.
Finalmente, a la hora de comer, encontré la salida
y huí de Guadalajara en dirección a Monterrey,
la ciudad en la que habían aparecido los hámsters
que se perdieron en el aire acondicionado de Madrid, y en
la que, según la documentación de que disponía,
las temperaturas podían alcanzar los 49 grados a la
sombra. La razón me aconsejaba buscar los medios para
regresar a casa, pero tenía la impresión de
haber empezado a confeccionar la red del aire acondicionado,
o de la bronquitis crónica, en la que permanece atrapado
el universo, y no era cosa de abandonar el empeño encontrándome
tan cerca de sus puntos neurálgicos. Siempre me ha
perdido el afán de saber. Soy un curioso.
No me habían engañado: Monterrey era sin duda
el centro mundial de la refrigeración. Desde la ventana
de mi hotel, que daba a una calle ancha, veía pasar
todo el día a personas con aparatos de aire acondicionado
debajo del brazo. Me dio la impresión de que los compraban
ya encendidos, como los televisores, y que no había
forma de apagarlos hasta que ellos mismos expiraban por causas
naturales. A todo esto, yo no hacía otra cosa, desde
mi paso por Miami, que tomar toda clase de antigripales, anticatarrales,
mucolíticos y reguladores de la función nasal
o de la sinusitis propiamente dicha para mantenerme en pie.
Consumí también varias cajas de pañuelos
de papel y acabé con la melatonina, que me proporcionó,
es cierto, una eternidad que, al igual que la de Miami, era
una suerte de eternidad dominguera, mala. Más que pastillas,
tenía la impresión de ingerir domingos que se
incorporaban a mis tejidos orgánicos, mezclándose
con los vinilos, para producirme un bienestar repugnante,
parecido al del limbo, donde las cosas aunque desinfectadas
y desinsectadas, no son ni carne ni pescado.
En cualquier caos, al volverme eterno, perdí la noción
del tiempo y me olvidé de regresar a casa, hasta que
cierto día, caminando por una calle llena de tiendas
dedicadas a la industria del frío, me pareció
escuchar unas voces conocidas procedentes del aire. Me detuve
un momento y reconocí en ellas las de mis antiguos
compañeros y compañeras de oficina: podía
distinguir perfectamente a los ecologistas agnósticos,
a los ex fumadores combatientes, a los partidarios o detractores
del aire acondicionado y a los militantes de Comisiones o
UGT, todos empeñados en una nueva guerra civil a favor
de esto o de lo otro para demostrar su españolidad
sin límites. Me pareció que hablaban de mí.
Decían que finalmente había enloquecido con
el asunto del aire acondicionado perdiéndome en el
interior de alguno de sus numerosos conductos, como los hámsters
anillados, sin que mi familia hubiera vuelto a saber nada
de mí. Comprendí, pues, que , ahora sí,
me encontraba en el centro mismo de la refrigeración
artificial, donde caía todo lo que nosotros arrojábamos
por los conductos de la oficina de Madrid, incluidas las voces,
los hongos vaginales y los virus faríngeos que el mismo
aire nos devolvía luego debidamente engordados, para
hacernos más daño. Entonces decidí que
había llegado el momento de volver a casa, si ello
fuera posible, y regresé corriendo al hotel, para hacer
las maletas. En el ascensor se coló detrás de
mí un hámster al que el recepcionista echó
a patadas, pidiéndome disculpas mientras aseguraba
que se trataba de un accidente absolutamente excepcional.
No le dije nada porque no quería adelantar conclusiones
antes de dar a conocer mi descubrimiento a la comunidad científica.
Escapé del aire acondicionado vía México,
Distrito Federal, y al llegar a Madrid, con cuarenta de fiebre
y sin mucosas, alcancé conclusiones sorprendentes al
ordenar mis notas. Por ejemplo, que a través del aire
acondicionado no sólo se produce una distribución
mundial de hongos y aspergillus, sino dosis considerables
de sumisión. Un empleado con catarro crónico,
tos seca, picores en la piel y conjuntivitis no puede rebelarse
contra su empresa porque sabe que no tiene adónde ir
con esos síntomas, que son, entre otros, los que produce
la refrigeración. Su autoestima baja al mismo tiempo
que la temperatura, y llega a un punto en el que se conforma
con un sueldo que le permita comprarse analgésicos,
mucolíticos y pañuelos de papel que consume
sin cesar, a veces se los come. El aire acondicionado constituye
el mayor distribuidor universal de ideología globalizadora,
y no sería raro que a través de sus rejillas,
además de frío y miedo, las multinacionales
emitieran órdenes lanzadas en una frecuencia de onda
que sólo fuera capaza de recoger el subconsciente,
de modo que resultara imposible rebelarse contra ellas.
La Organización Mundial de la Salud sólo expende
el certificado de enfermedad a un edificio cuando este provoca
problemas de salud al 20 por ciento de sus ocupantes. La generosidad
de esta institución con los inmuebles resulta alarmante
si consideramos su fundamentalismo en relación al tabaco,
por ejemplo. Quizá si investigáramos a fondo
los edificios donde la OMS tiene sus oficinas, comprenderíamos
por qué no son más radicales.
Antes de cerrar este reportaje, realicé algunas gestiones
para que me permitieran adentrarme en las entrañas
de un moderno edificio de oficinas de Madrid, considerado
como el templo de la arquitectura inteligente contemporánea.
Se me denegó la autorización sin que los responsables
del mantenimiento pudieran darme una excusa razonable, pero
yo me enteré bajo cuerda de que las empresas que tienen
sus oficinas en él están asustadas por el número
de empleados que se han dado de baja por enfermedad en los
últimos meses, sin que sean capaces de atribuirlo a
otra cosa que a la porquería que escupen las rejillas
del aire acondicionado, lo que de demostrarse significaría
desembolsos muy importantes en indemnizaciones. Personalmente,
sólo pretendía tener la curiosa experiencia
de llegar gateando a ese punto donde el aire caliente se transforma
en frío, que debe ser muy parecido a ese lugar de Suiza
donde el dinero negro se convierte en blanco. Sin embargo,
el hecho de que pusieran tantas resistencias no hizo sino
confirmar que los intestinos de las modernas oficinas y de
los países helvéticos expelen algo más
que frío o ácaros muertos (aunque también
vivos).
Quizá se comprenda lo que tratamos de decir si se tiene
en cuenta que las técnicas de la refrigeración
están sustentadas sobre perversiones orgánicas
tales como que al poner en contacto dos cuerpos de distinta
temperatura, es siempre el caliente el que cede calor al frío,
nunca al revés. I que cuando un cuerpo pasa del estado
sólido al líquido, absorbe calor. Todo ello
no puede llevarse a cabo sin producir desajustes morales tanto
en el exterior, que se sobrecaliente, como en el interior,
que se deshidrata.
Mi experiencia, pues, aunque, parcial, constituye un alegato
científico contra los ambientes climatizados. Es de
esperar que el clamor que su uso empieza a producir en innumerables
edificios de oficina aumente en los próximos años,
a medida que se vaya completando el mapa mundial de la red
climática falsa en la que vivimos atrapados. Desde
luego, Madrid, Miami, Guadalajara o Monterrey son puntos neurálgicos
de esa red por la que circulan hongos, bacterias, voces, hámsters,
ácaros y quizá jubilados, pero no representan
ni el 2 por ciento de malla total. Hay que comprobar adónde
dan los conductos de las oficinas de Nueva York, de Ciudad
del Cabo, de Sao Paulo, Brasilia, Medellín o Buenos
Aires, pero eso no se puede hacer sin grandes inversiones
en hásmters anillados que recorran la red de un lado
a otro para ayudarnos a confeccionar el mapa que nos haga
comprender nuestras faringitis crónicas, tus conjuntivitis
ocasionales, sus vaginitis intempestivas. Todo ello, si la
OMS y la industria farmacéutica lo permiten.
|