Sumario
 
Alguien nos mira
Un día en el colegio, buscando el modo de vengarme de Gutiérrez, el chivato de la clase, abrí su pupitre para robarle la merienda y tropecé con un cartel en el que había escrito: “Yo no te veo; Dios, sí”. Recuerdo que dejé caer violentamente la tapa y salí corriendo de la clase seguido de cerca por aquella mirada aniquiladora. Cuando alcancé el patio, mi agitación era tal que el cura que nos vigilaba me preguntó si había visto a Dios o algo parecido. Pero era Dios el que me había visto a mí, y su mirada me pareció tan inclemente como la que lanzábamos nosotros sobre las pobres moscas atrapadas en el cristal de la ventana, empeñadas inútilmente en traspasarlo. Yo, que a los ojos de Dios no era más importante que una mosca (eso nos decían los curas), había estado a punto de que me cogiera entre sus poderosos dedos y me arrancara, a falta de alas, los brazos o las piernas con la crueldad con que nosotros, a su imagen y semejanza, despedazábamos a los inocentes insectos y aplastábamos su cabeza en una cuartilla doblada para encontrar figuras fantásticas en el borrón de sangre. Ignoro qué hará en estos momentos Gutiérrez, pero no me extrañaría que dirigiera una empresa de seguridad. Era un genio de los sistemas antirrobo.
Olvidé el incidente hasta que años más tarde me disponía a sacar dinero de uno de esos cajeros automáticos situados en el interior de una cabina íntima, y como quiera que la máquina no funcionara, me enfadé con ella y le di un par de puñetazos. Entonces comenzaron a salir los billetes, pero en ese instante me di cuenta de que estaba siendo observado por una cámara disimulada en un rincón del techo, y me dije: aquí está Dios, sorprendiéndome de nuevo en un acto impuro, pues ya había empezado a coger los billetes (la mierda, según Freud) expulsados al exterior por los intestinos del cajero. No me libraba, en fin, de aquella mirada. De súbito, toda mi vida se me representó como un esfuerzo por atravesar el cristal de la ventana, golpeándome la cabeza contra su superficie, igual que una mosca, mientras Dios me cercaba con sus manazas invisibles. Y ahora me tenía rodeado en una pequeña cabina de cristal que en mi desesperación no fui capaz de abrir hasta que llegó otro usuario del cajero (o de los intestinos) y me indicó que empujara la puerta hacia dentro, ayudándome a escapar de la cámara de vídeo con la expresión de espanto del que sale vivo de la cámara de gas.
Esto que digo ocurrió hace ya algunos año, coincidiendo con las primeras instalaciones de circuitos cerrados de televisión en los establecimientos bancarios, y aunque Dios no ha conseguido alcanzarme todavía, lo cierto es que tampoco ha dejado de multiplicar su mirada de un solo ojo, presente a estas alturas, entre otros sitios, en los supermercados, los museos, las oficinas, las calles, el metro, las viviendas particulares y los ascensores públicos. Más aún: un equipo de científicos acaba de instalar también cámaras de vídeo sobre las cabezas de un número indeterminado de focas para vigilar lo que hacen los grandes mamíferos debajo del agua. Si usted practica la zoofilia, o el submarinismo, y pasa casualmente junto a una de estas focas, lleve cuidado con lo que hace con ella, por atractiva que le resulta pueden estar observándole unos señores con barba blanca a los que quizá no les parezca bien y se lo digan a Gutiérrez.
Dominado, en fin, por la fascinación que suele producirnos lo que nos horroriza, tomé la decisión de enfrentarme a esta mirada ubicua, de la que huía desde la adolescencia, para aminorar sus efectos sobre mi sistema nervioso. Después de todo, el ojo del vídeo podría albergar también un significado protector. ¿Por qué no pensar en él como en la mirada de un padre preocupado por tu seguridad? Quizá el Dios terrible que gobierna que gobernaba el universo durante mi infancia se hubiera hecho de centro, igual que Álvarez Cascos, perdiendo, en consecuencia, el interés por arrancarme los brazos y las piernas, y ya sólo se fijara en mí para evitar que me cayera en las escaleras del metro o me quedara atrapado, dentro de un ascensor.
El primer día de esta terapia de choque, y conjeturando que el golpe resultaría más curativo cuanto más violento, visité el edificio de la antigua Dirección General de Seguridad, actual sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, situado en la Puerta del Sol. Recorrí sus pasillos y me senté en sus sillones, siempre buscando disimuladamente la cámara interesada en mis idas y venidas, luchando yo por descubrir su emplazamiento y ellas por pasar inadvertidas. Muchas tenían la forma, y casi el tamaño, de un globo ocular, quizá para hacerlas más humanas. Les faltaban los pequeños vasos sanguíneos que se supone tiene la cara oculta del ojo, o de la Luna; pero a cambio de eso, si te fijabas bien, veías en su interior una pupila ansiosa, oscura, vigilando tus movimientos con la impaciencia del que observa un desnudo tras el ojo de la cerradura. No soy nada excitante, ni siquiera vestido, aunque al subir y bajar aquellas escaleras de mármol, sintiendo sobre mí el peso de todas aquellas miradas a las que añadí un jadeo sexual imaginario, pensé que quizá no era consciente de mi atractivo. No obstante, como tengo cierta tendencia a la autoflagelación, enseguida conjeturé que era el atractivo de la mosca en el cristal para un niño cruel, hecho a la imagen y semejanza de Dios y todo eso.
Los servicios de seguridad me permitieron efectuar el mismo recorrido que hace el presidente todos los días desde que sale del coche hasta que llega a su despacho. No era fácil moverse con naturalidad ni reflexionar sabiendo que en una habitación de la planta baja, llena de monitores, un grupo de gente seguía mis pasos. Por ello, buscando las zonas muertas del edificio, si las hubiera, descendí a los antiguos calabozos, donde advertí que mi empeño era inútil: cada rincón tenía su cámara, sólo que las de los sótanos me observaban –tal como pude comprobar después en la grabación- en blanco y negro. Pensé ingenuamente que se trataba de un gesto simbólico, quizá un homenaje cinematográfico a los presos de la dictadura, pero me explicaron que no, que era un problema de luz. Lo cierto es que a continuación salí a la calle, donde también había cámaras que no dejaron de seguirme mientras rodeaba el edificio, y mi imagen recuperó el color mientras yo recuperaba el ritmo cardiaco. Excuso señalar la cara de sospechoso que me había puesto entre unas cosas y otras. Afortunadamente, el pacto con las fuerzas de seguridad era que no me detendrían ni en blanco y negro ni en color. Además, no había hecho nada, de manera que en el peor de los casos, pensé para aliviar la manía persecutoria, me soltarían enseguida.
Esta reflexión tranquilizadora me ayudó a penetrar de nuevo en el edificio para subir esta vez a los tejados, pensando que allí no me alcanzarían la mirada impar característica de Dios, o de Gutiérrez, aunque también de Polifemo, el más cruel de los cíclopes, si recuerdan ustedes. Pero enseguida descubrí una cámara emplazada muy cerca del reloj, para que nadie le robara las horas, si duda. Estaban en todas partes, pues, y se reproducían como ratas. Descubrí que, una vez alcanzada la madurez, muchas de ellas eran capaces de girar 360 grados, localizándote allí donde te hubieras escondido. Así que me acerqué a esta cámara, la primera que podía tocar por encontrarse a mi altura, y la acaricié como a un felino, para no provocar su cólera, mientras poco a poco acercaba mi ojo al suyo intentando sorprender al otro lado de la pupila al jefe de servicio de vigilancia; pero no di con él, lo que no dejó de extrañarme, pues hace años leí una frase de Foucault según la cual el ojo por el que Dios nos mira es el mismo por el que nosotros le vemos.
Sobrecogido, en cualquier caso, por este contacto ocular con la divinidad, abandoné el emblemático edificio y fui dando un paseo hasta la Gran Vía, donde entré en una oficina de Caja Madrid. Descubrí dos cámaras, una que controlaba los movimientos de la calle y otra que vigilaba a los clientes en el interior de la oficina propiamente dicha. La verdad, me pareció que tenían cataratas, pero obtuvieron una imágenes perfectas de mí: un señor canoso, de aspecto cansado, que hace como que mira un folleto con información sobre los créditos hipotecarios.
Comoquiera que el vigilante de carne y hueso comenzara a mirarme con la misma intensidad que una cámara, aunque con dos objetivos en lugar de uno, escapé de la entidad si haberla llegado a atracar, incluso sin haberle robado la merienda a Gutiérrez, y corrí a Príncipe de Vergara, donde tenía hora con un conocido dentista cuya consulta posee un circuito cerrado de televisión con metástasis en todas las salas, incluida la de espera. Me explicó que había decidido realizar la instalación en una época en que se produjeron varios robos en las clínicas de una zona, para desanimar, y grabar en su caso, a los ladrones. Ahora le era útil para controlar los movimientos de las diferentes dependencias.
-De todos modos –añadió-, si he de decirte la verdad, ya ni me acuerdo de que existen las cámaras ni los monitores. Cuando te acostumbras a ellas, ni las miras.
Y era cierto. Observé que en algunos de los lugares visitados durante la terapia de choque muchos monitores se encontraban completamente solos dentro de un cuchitril vacío. Daba pena ver las imágenes deslizándose por la pantalla como una lluvia sucia por los ventanales de una fábrica. Nadie, excepto yo, reparó, por ejemplo, en aquella señora que corría abrazada a un bolso con forma de víscera, ni en esa chica que más tarde, en las escaleras del metro, volvía de súbito la cabeza, como si hubiera dado cuenta de que alguien, desde un lugar remoto, la observaba. Tal indiferencia sólo puede explicarse, me parece, porque la contemplación continuada de la gente a la distancia filosófica que pone el monitor exige un esfuerzo de reflexión antropológica excesivo. Todo el rato aparecen por las esquinas del aparato personas cuyos movimientos evocan los de los insectos alrededor del hormiguero y entonces uno se pregunta qué pautas les hacen ir de un sitio a otro, llegando a conclusiones muy desagradables sobre su propia vida. Eso es lo que hace que muchos monitores, aunque encendidos, no tengan quien los mire, sus imágenes recuerdan un documental sobre la naturaleza, sólo que los personajes somos nosotros en un lugar de los cocodrilos o los ciervos, y la voz en off, insoportable, sale de lo más hondo de la conciencia del que observa la pantalla.
Así que después de dejarme manipular un poco las encías, y de contemplar un retrato de santa Polonia, que es, lógicamente, la patrona de los dentistas, porque le arrancaron los dientes en vivo, volví a casa y supe enseguida que había entrado en mi despacho porque esa mañana me habían puesto sobre el ordenador un ojo pequeño que me refleja en la pantalla. De este modo sé sin género de dudas en qué lugar me encuentro y me pongo a trabajar como si hubiera fichado. Este ojo doméstico tiene la ventaja también de que no caes en la tentación de hacer cosas feas, aunque estés escribiendo una novela erótica, en la seguridad de que si no te ve Gutiérrez, te ve Dios.
Esa noche, repasando unos textos sobre Polifemo y sobre el ojo en general, leí que en la naturaleza no hay ninguna mirada neutra, mis siquiera la de la cámara de vídeo. Todo emplazamiento de cámara comporta, por tanto, un punto de vista moral, lo que venía a complicar las cosas y le quitaba frescura al reportaje, qué le vamos a hacer. Recordé, de súbito, que un crítico decía que Patricia Highsmith hablaba de los seres humanos como una araña hablaría de las moscas. Otra vez las moscas, me dije con cierto malestar, aunque sintiendo a la vez que comenzaban a encajar las piezas, pues de este modo me había sentido observado yo a lo largo del día. De hecho, las cámaras están indefectiblemente colocadas en los mismos rincones del techo donde los arañas tejen sus telas. Más aún: si en un supermercado se te ocurre robar una lata de sardinas, enseguida salen de todos los rincones unos tentáculos que te inmovilizan y te arrastran hasta una dependencia donde a lo mejor te succionan. Más de un caso hemos leído en los periódicos. A lo mejor los expertos en seguridad creen que son ellos los que deciden el emplazamiento del ojo, pero lo más probable es que sean las cámaras mismas, haciéndoles creer desde luego que ellas son neutrales, como la bomba atómica, y que sólo su uso determina la maldad o bondad de su mirada. Si fuera así no nos acecharían siempre desde los callejones, desde las esquinas, desde detrás de las puertas. Tendrían una mirada más franca, nos saldrían al paso con naturalidad diciendo: estoy aquí; eso es lo que pienso. Precisamente acababa de leer en el periódico que la Policía Municipal de Madrid estaba a punto de poner en marcha un nuevo servicio, consistente en filmar desde coches camuflados, con cámaras de vídeo, a los conductores temerarios. ¿Por qué desde coches camuflados?, me pregunté. Pues porque ese es el punto de vista moral característico de la policía más interesada en cazar al infractor que en evitar el daño.
Al día siguiente tomé un taxi en la avenida de América y pedí al taxista que condujera tan despacio como le fuera posible, por su derecha, hasta Callao. Atravesé, pues, María de Molina, Serrano, la Puerta de Alcalá y parte de la Gran Vía para contar el número de ojos impares encaramados en las fachadas de los edificios, pero perdí la cuenta. En cualquier caso, resultó una experiencia desasosegaste comprobar que las cámaras de vídeo, una vez sueltas, reptan siempre por la pared hasta dar con ese espacio moral desde el que pueden ver sin ser vistas. Ahí estaban de hecho, protegidas por las marquesinas, perfectamente confundidas con el medio, igual que camaleones de un solo ojo apostados en las esquinas para observar a los peatones con la neutralidad aparente de este bicho de sangre fría en el instante anterior a lanzar su lengua pegajosa, como un látigo, sobre el desprevenido insecto. Se lo comenté al taxista y me dijo que él ya ni las veía, tal era su grado de mimetización con el paisaje urbano.
Una vez en Callao entré en la FNAC buscando la protección de los libros. Si hay un lugar en este mundo, pensé, donde Gutiérrez no entraría nunca, ese lugar es une librería. Subí directamente al tercer piso y estuve hojeando las novedades. Conozco muy bien el edificio, y la verdad es que me encontraba como en casa yendo de un lado al otro, incluso de un uso a otro, rodeado de letra impresa o discos que proporcionaban una sensación de seguridad reconfortante. Como no había demasiado público, realicé un par de consultas y los empleados me atendieron con cortesía y eficacia. Luego se me ocurrió buscar la Historia del ojo, de Bataille, para no perder concentración, y lo encontré, en una edición de Tusquets con prólogo de Vargas Llosa. Releí el primer capítulo allí mismo, junto a la estantería, y entonces, de repente, fui asaltado por una fantasía sexual. Casi hubiera preferido que me asaltaran a punta de navaja un par de chicos con síndrome de abstinencia, de los que se conforman con un billete de cinco mil. Las fantasías sexuales son insaciables: te piden las tarjetas de crédito, y el reloj, y los anillos: no paran hasta que te dejan en la calle. Lo peor, con todo, fue que en el momento mismo del asalto levanté un poco la cabeza, con expresión de sufrimiento o de placer, no me acuerdo bien, y descubrí en el techo un objeto redondo no identificado en cuyo interior, cuando me acerqué más, distinguí una pupila ansiosa, sin párpado cuya mirada hizo que me ruborizara como un adolescente. Quizá Gutiérrez no hubiera sido capaz de ver toda la pornografía que estaba produciendo en ese instante mi cabeza, pero Dios seguro que sí, de manera que cerré la Historia del ojo con la urgencia con que otros se suben la cremallera del pantalón e intenté pasear por el establecimiento con aire casual, luchando de un lado contra mis fantasmas venéreos y de otro con mi delirio de persecución. Lo malo es que, a estas alturas de la terapia con choque, la manía persecutoria había empezado a excitarme sexualmente y no encontraba el modo de salir del círculo vicioso, nunca mejor dicho. Creo que me había convertido en un voyeur al revés (que no es exactamente un exhibicionista). El periodismo de la calle está lleno de riesgos no siempre debidamente recompensados.
Bajé a la sección de discos y escuché, para relajarme, uno de Albinoni, pero a esas alturas ya era un experto en localización de cámaras, y cada vez que descubría una era asaltado de nuevo por la fantasía sexual. De manera que decidí abandonar el establecimiento después de pasar por caja para pagar, como Dios manda, la Historia del ojo. Ya tenía uno en casa, pero hay libros que no se pueden devolver a la estantería después de haberlos usado. Es como si intentaras cambiar unos calzoncillos desúés de habértelos puestos diez o quince veces. Algunos límites no deben traspasarse.
Bajé por Gran Vía hacia Cibeles, cambiando con frecuencia de acera y perdiéndome a veces por las callejuelas adyacentes con la idea de despistar a Gutiérrez, o a Dios, en el caso de que todavía me siguieran. Incluso entré en una iglesia que me salió al paso, pensando astutamente que sería el único sitio en el que no se les ocurriría buscarme a ninguno de los dos. De hecho, miré con disimulo detrás de las columnas, revisé el techo, y no vi ninguna cámara de vídeo. Había un confesionario con las cortinas echadas, y por un momento temí que me acechara alguien desde su interior, pero me acerqué y comprobé que estaba vacío.
Ya más tranquilo, pues, salí a la calle y me acerqué a Chueca para tomar el metro. Era casi la hora de comer, plena hora punta, pues, y aunque en el subterráneo hay muchas cámaras, no era fácil que fueran a fijarse precisamente en mí entre toda aquella gente con la que subía y bajaba por las escaleras mimetizado en transeúnte (había escondido el libro de Bataille debajo de la chaqueta). Hice toda la línea, hasta Canillejas, comprobando con horror que a las cámaras de vídeo de las estaciones antiguas les están saliendo por detrás pelos de rata, y una cola, en la que no había reparado hasta ese día. Además tienen también como un poco de hocico, pero esto no es el resultado de la evolución, sino que ya estaban originalmente concebidas de ese modo.
Por la tarde, en cambio, elegí una estación recién inaugurada, la de Gregorio Marañón, y constaté que las cámaras no habían perdido todavía ese aire tecnológico, aunque afilado, característico del instrumental quirúrgico. Esta estación tiene además algunos ascensores con la araña óptica situada justamente en el centro del techo. Cometí el error de entrar solo en uno de ellos varias veces seguidas, para acumular material, y creo que me vieron desde algún monitor porque a partir de ese momento ya no estuve tranquilo. Me pareció incluso que un vigilante hizo un comentario sobre mí a una señora de la limpieza. Regresaba el delirio de persecución, en fin, pero esta vez sin el efecto secundario de la excitación sexual. Advertí algo profundamente desolador en aquellas superficies pulidas, centroeuropeas, vigiladas por inclementes pupilas de cristal.
Salí abatido, pues, de la estación y me dirigí en taxi a la calle Téllez, cerca de Atocha, donde viven unos amigos en cuya casa hay un portero electrónico dotado de una cámara; un videoportero, para decirlo con propiedad. Cuando llamé al timbre, Carlos, el fotógrafo, ya estaba arriba dispuesto a fotografiarme en el pequeño monitor que había a la entrada de a vivienda, junto al tradicional interfono y la caja para las llaves.
–Ponte de frente y de perfil—me dijo de broma, y yo le obedecí con mi cara de delincuente mientras escuchaba las risas de él y de Sonia, la dueña de la casa, en el interior de la vivienda, tan acogedora.
Y en ese preciso instante, en lugar de una fantasía sexual, me asaltó una certidumbre teológica: que no había Dios, aunque nadie en su sano juicio, después de una experiencia como la mía, se habría atrevido a negar la existencia de Gutiérrez. Ni de las moscas. Amén.
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