Sumario
 
Las hadas de los pobres
En la calle de Canillas, durante mi infancia, sólo había un teléfono que, por lo general, sonaba para dar malas noticias porque las buenas salían demasiado caras. Estaba en el establecimiento de un escayolista del que aprendí la importancia del vaciado en la construcción de los volúmenes sólidos, valga la paradoja. Gracias a este escayolista, mi sensación de vacío adquirió un valor existencial, incluso existencialista, mucho antes de haber leído a Sartre. Había en esta calle también una tienda de ultramarinos, de ultramarinos, qué palabra. Hoy ha perdido su prestigio frente a términos como supermercado o híper, pero entonces creíamos en la reputación de las cosas que llegaban de lejos. Comprábamos, en fin, en ella el bacalao, la sal, el aceite, las galletas y el coñac de garrafa. Los alimentos estaban expuestos al aliento del público y a las deyecciones de las moscas, pero entonces teníamos con ellas, con las moscas, una relación más fraternal que ahora. No digo que no las matáramos, y de las maneras más crueles que quepa imaginar, pero creíamos que formaban parte del universo, de nuestro universo, y que eran nuestras hermanas, o nuestras cuñadas en el peor de los casos, aunque personalmente siempre estuve convencido de que eran hadas. Las moscas eran hadas, como suena, créalo usted o no: a mí me concedieron muchos deseos, y todavía hoy, en los momentos más difíciles de la vida, no es raro que una mosca se me pose en el dorso de la mano en señal de apoyo o solidaridad.
Quiero decir, en fin, que mi calle, Canillas, era en aquella época una calle suburbial, periférica, desde la que, no me pregunten cómo (gracias a la ayuda de las moscas quizá), conseguimos saltar al siglo xx cuando ya estaban preparando el trampolín del xxi. No paramos. Uno creía, en cualquier caso, que la calle y el barrio habían dado el salto con él. De hecho, todas las casas tienen ahora su propio teléfono. Y la tienda de ultramarinos de Felipe (así se llamaba el dueño del establecimiento) ha sido derruida porque hay supermercados por todas partes y las cosas ya no vienen de ultramar como los niños ya no vienen de París. Eso creíamos al menos.
Pero el otro día, haciendo una concesión a la nostalgia, me colé por Cartagena en Luis Cabrera (donde pillaron a Carrillo con la peluca cuando la santa transición) y de súbito tropecé con una verdadera tienda de ultramar llamada Remesas Latinoamericanas, donde los inmigrantes compran los productos típicos de su país. Se trata de una tienda pobre, como la de Felipe, llena de color colonial y sin duda de moscas, o de hadas, como ustedes prefieran. Más aún: junto a la tienda descubrí un locutorio telefónico que anunciaba precios excelentes para llamar a Jamaica, Santo Domingo, México, Caracas, para dar malas noticias, porque las buenas, a los pobres, continúan saliéndoles por un riñón.
De modo, me dije, que yo di el salto, pero mi barrio se quedó en el siglo xix, porque hay ahora en él personas que han heredado nuestro subdesarrollo de entonces. Crecer consiste en pasar el fardo de tu pobreza a otro.
Merodeé un rato con la solapa del abrigo subida, por el frío, el de aquellos años y el de ahora, y al poco pasó un adolescente dominicano en el que me reconocí. Entró en el locutorio y con un cronómetro en la mano se dispuso a transmitir malas noticias al otro lado del océano. Entonces recordé el único teléfono de mi calle, los vaciados existenciales del escayolista, el empedrado roto, la tienda oscura de los ultramarinos, las Navidades de segunda mano, en fin, y reconocí también en el muchacho mi fardo de frustración, de rabia, de analfabetismo, de impotencia: un fardo que me hizo creer que los insectos eran espíritus.
Quizá las moscas sean las hadas de los pobres, vaya usted a saber, pero cuando más las necesitan, en invierno, desaparecen por el frío, y no se puede esperar milagros de ellas hasta la primavera: demasiado tarde. Sentí mala conciencia por haberle pasado mi pena a otro, pero alivio también, por qué voy a mentir, y luego, de vuelta a casa, me pregunté de quién sería el fardo que llevo yo ahora, tan ligero para mí, pero tan pesado sin duda para el que me lo pasó. Y me pregunté también si en el último tramo del progreso, caso de que el progreso exista, uno no lleva ya fardo ninguno, ni siquiera de tipo muscular. ¿De qué clase de extraterrestre sin escrúpulos habremos heredado, pues, el cuerpo?
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