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Verano
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Tras la paella a pleno sol, cada uno se dejó caer sobre
una hamaca, y entonces había un desastre nuclear al
que sólo sobrevivíamos el pp y yo, que como
es natural decidí suicidarme al instante con una sobredosis
de inmundicias atómicas. Cuando estaba a punto de expirar,
el pp me hizo un lavado de estómago para acusarme de
homicidio en grado de tentativa, por lo que solicitó
la pena capital, restaurada tras la catástrofe. Intenté
hacerle ver lo absurdo de sancionar el suicidio con la defunción,
pero el pp se desenvolvía en el interior de una lógica
impenetrable y fui condenado a muerte de por vida. Una fórmula
penal desconocida hasta el momento y que nadie supo explicarme
satisfactoriamente. Pasé mucho tiempo en la cárcel,
a la espera de la ejecución, y entre tanto canonizaron
a Fraga y beatificaron a Álvarez del Manzano y a Isabel
Tocino, de quienes recibía estampas llenas de fosforescencias
nucleares que colgaba en las paredes de la celda fingiendo
una devoción que no tenía. Por fin, en uno de
los aniversarios de la santificación de Aznar, que
había realizado en vida el milagro de conquistar el
poder sin que la ciencia hubiera podido explicar un hecho
de esta naturaleza, decidieron indultarme y salí a
la calle Génova, que era la única que había
quedado en pie. El pp insinuó que debía afiliarme,
pero le sugerí que quizá sería bueno
mantener una apariencia de pluralidad, y estuvo de acuerdo
a condición de que se tratara de una pluralidad vigilada.
El problema es que me detenían y me soltaban todo el
rato para dar ejemplo, de manera que decidí suicidarme
de nuevo, esta vez con una ingestión masiva de estampitas,
y al llegar al otro mundo vi sobre la mesa una botella vacía
cuyo líquido me había conducido a aquella siesta
ideológica y espesa. |