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Letras
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Cada mañana, al abrir el ordenador portátil,
varias hormigas se cuelan entre la G y la H en dirección
al disco duro, donde al parecer han anidado para protegerse
del invierno. Si permanezco inactivo más de diez minutos,
víctima del desaliento o la pereza, salen en grupo
de entre las teclas señaladas y parecen una hemorragia
de letras. El primer día creí que el aparato
se estaba desangrando y aplasté a tres o cuatro sin
querer al taponar la llaga con el dedo. Recogen del teclado
los restos de mi desayuno (migas de magdalena y virutas de
fibra), dejándolo como la dentadura de un tiburón
tras el paso de uno de esos peces que viven de los desperdicios
adheridos a las muelas de los grandes animales. Tenemos una
relación simbiótica, pues. Hasta ahí
todo bien.
Pero, ayer mismo, un artículo de treinta líneas
se desmoronó ante mis ojos cuando me disponía
a repasarlo. Y es que no estaba hecho de letras, sino de hormigas
que se asustaron por los movimientos del cursor. Creo que
han llegado a un acuerdo con el abecedario y se hacen pasar
por él cuando éste no quiere trabajar. El alfabeto,
por su parte, ha adoptado una caligrafía formicular,
de modo que a veces no sé si quienes salen a recoger
los desperdicios son los insectos o las letras, que evidentemente
viven igual que las hormigas: excavando túneles y construyendo
galerías subterráneas en la conciencia de las
personas y en el disco duro de las cosas.
No me importa reescribir los artículos; son cortos.
Pero sería incapaz de rehacer una novela, aunque las
he visto desmenuzarse con la misma facilidad con la que se
vienen abajo treinta líneas, unas veces por culpa de
la gramática y otras de la zoología.
Así se desmoronan las vidas, con frecuencia sin que
lleguemos a saber si eran de carne o verbo, auténticas
o escritas.
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