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Caligrafía
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Vi en un reportaje que los perros se comunican a través
de la caca. Cada uno de sus excrementos constituye una oración
gramatical dotada de las complejidades sintácticas
que cabe suponer en todo lenguaje, por rudimentario que sea.
Por eso huelen la mierda con la misma concentración
que nosotros ponemos en la lectura de un libro de autoayuda.
Pero es que usted y yo también tuvimos una etapa en
la que considerábamos preciosos los productos del ano:
las heces fueron el primer regalo que hicimos a mamá
y la única diversión conocida hasta que nos
enseñaron los juegos de palabras. Previamente, el barro
y la plastilina habían actuado de puente entre las
deyecciones que expulsábamos por el recto y el abecedario
que luego, como por arte de magia, nos brotó de la
boca.
La humanidad tuvo asimismo su periodo anal, que superó
felizmente viajando a través del tracto digestivo en
dirección a la garganta. De ahí que demos tanta
importancia a los frutos orales en las entrevistas de trabajo
o en los encuentros amorosos: de nuestra habilidad verbal
dependerán la dicha y el salario futuros. Así
pues, la distancia que hay entre la caverna prehistórica
y el adosado es la misma que va del culo a la garganta: un
pequeño paso para un virus, pero un salto de gigante
para la humanidad. Y bien, lo hemos logrado, aunque haya sido
preciso recorrer, a la vez que los intestinos o la tráquea,
la Edad Antigua, Media, Moderna o Contemporánea, con
sus hambrunas respectivas, sus pestes, sus crímenes,
sus catástrofes, sus guerras... Ya estamos en la boca,
pronunciando frases solemnes desde la barandilla de los dientes.
¿Y ahora, adónde vamos? ¿Hay vida al
otro lado de los labios?
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