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"...La gente se resiste a desprenderse de
los bolígrafos vacíos porque continúan
como nuevos..."
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Ánimo
Tomo
notas, indistintamente, con un bolígrafo
o con un lápiz colocados junto al ordenador,
sobre un cuaderno escolar, de rayas. Al lápiz
hay que sacarle punta de vez en cuando, lo que
constituye una actividad artesanal que sirve también
para la reflexión. Pero la diferencia más
notable entre él y el bolígrafo
es su modo de perecer. El bolígrafo no
cambia de apariencia ni siquiera cuando se encuentra
en las últimas. Y deja un cadáver
tan curioso que nadie diría que está
muerto si no fuera porque no pinta nada ya, aunque
resucite a veces de improviso y trace un par de
líneas, incluso un párrafo, antes
de volver a expirar. La gente se resiste a desprenderse
de los bolígrafos vacíos porque
continúan como nuevos. Sólo se consumen
por dentro, en fin, y siempre se acaban a traición,
como el butano. El lápiz, en cambio, agoniza
por dentro y por fuera a la vez, y deja un cadáver
mínimo, un detrito del que uno se deshace
sin ningún sentimiento de culpa. Punto
y aparte.
La naturaleza presenta casos semejantes al del
bolígrafo. Ahí está el caracol,
que envejece sin una sola arruga exterior, sin
un fruncido. Y no hay que sacarle punta cada poco:
él mismo, mientras vive, asoma los cuernos
al sol, caracol quiscol, y una vez muerto, si
te encuentras la concha en un tiesto o en el agujero
de un árbol, la guardas en el bolsillo
y al llegar a casa la colocas junto a los bolígrafos
difuntos. Tenemos una pasión curiosa por
la cáscara, de ahí la afición
a las cajas, sobre todo a las cajas fuertes. Hay
personas que coleccionan pastilleros vacíos,
que viene a ser lo mismo que guardar bolígrafos
sin tinta, con los que sólo se pueden escribir
poemas inexistentes, que muchas veces son los
mejores.
Pese a todo, tal vez sea más digna la actitud
existencial del lápiz que la del bolígrafo,
la de la babosa que la del caracol, aunque no
dejen cáscara para los arqueólogos.
Conviene sacarse punta cada mañana, pese
al espanto de ver cómo se agota uno. Lo
complicado de sacarse punta es saber cuánto
te tienes que afilar para escribir lo suficientemente
claro sin romperte antes de que hayas acabado
la novela o la vida. Pero eso constituye un ejercicio
de conciencia, y quizá de consciencia,
bastante saludable. Ánimo.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
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