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"...A veces tengo la fantasía de que
voy paseando por el bosque y tropiezo con una
familia de toros haciendo una barbacoa de seres
humanos. No comprendo por qué no se animan..."
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Barbacoas
familiares
No
es verdad que en el campo haya silencio. Lo sé
porque estoy en el campo y a pocos metros de mí
hay un individuo conduciendo un cortacésped
que suena como una avioneta. Lleva dos horas jugando
a pilotar el cortacésped, y se ha colocado
incluso unas gafas de aviador de la Segunda Guerra
Mundial. En el resto del cuerpo, sin embargo,
sólo lleva un bañador tipo tanga
de un color indefinido, pero horrible. Para amenizar
el trabajo ha puesto a todo meter una casete con
el Corazón partío, de Alejandro
Sanz, a quien Dios confunda. A lo mejor el campo
fue en tiempos otra cosa pero hoy es un espanto.
Los únicos animales que ves son de tu especie,
y es una especie ruidosa y sucia. Una familia
de cuatro personas puede organizar más
ruido y más basura que una manada de jabalíes.
De hecho, nunca he conseguido ver a una familia
de jabalíes, y eso que esta zona, según
me han dicho, está llena. Se ve que los
jabalíes son gente discreta.
A veces tengo la fantasía de que voy paseando
por el bosque y tropiezo con una familia de toros
haciendo una barbacoa de seres humanos. No comprendo
por qué no se animan. Según los
caníbales, los seres humanos sabemos a
pollo de granja gracias a las porquerías
que comemos. No hay como comer mal para saber
bien. Fíjense en los cerdos de corral,
que sólo comen mondas de melón con
las que fabrican unos jamones que le hacen a uno
perder el sentido, o el sentío, para que
rime con el corazón partío que me
taladra la cabeza mientras avanzo penosamente
por la pantalla del ordenador hacia la línea
33. Por otra parte, si hay algún animal
que se merezca ser asado en una barbacoa, ése
es el ser humano.
Uno de los peores incendios de este verano fue
provocado por una barbacoa familiar. Estoy seguro
de que se trataba de una familia que oía
a todo trapo el Corazón partío mientras
uno de los cuñados, en bragas, segaba el
césped con una avioneta. El de aquí
al lado no piensa parar hasta que derribe a otro
cortacésped, pues en su fantasía,
como digo, es un piloto de la Segunda Guerra Mundial.
Suceden pocas desgracias, para lo que nos merecemos.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
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