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"...¿Por qué, pues, tienen
que continuar palpitando la supercartilla del
Santander o el libretón del BBV como un
corazón delator?..."
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La muerte
a plazos
Una
mujer estuvo muerta en su piso durante tres años
sin que nadie se diera cuenta, ya que su banco
continuó pagando los recibos de la comunidad,
de la luz, y quizá las letras del televisor
o de la lavadora. En otras palabra, que al cadáver
le funcionaban las constantes vitales. Antes te
daba un shock hepático, pongamos por caso,
y te quedabas en el sitio. Se podía vivir
sin otros órganos, pero sin hígado
no podías ir ni a la esquina.
Ahora, hasta que no entra en crisis la cuenta
corriente, no das electroencefalograma plano.
Es como un riñón a distancia que
te tiene enganchado a la realidad con la eficacia
de un respirador. Quienes creen en ella vivirán,
aunque estén muertos.
Para los fallecidos tiene que ser incómodo
continuar ligados a la existencia a través
de la sucursal bancaria, aunque conozcan mucho
al director y sean amigos de la cajera. Llega
un punto en que lo que a uno le apetece es descansar
y dejar, en fin, de bombear sangre o dinero al
cuerpo místico. Estremece esta inercia
económica, este último y prolongado
estertor de la cuenta corriente empeñada
en liquidar las cuotas del microondas o del entierro
a plazos. Una de las ventajas de morirse es que
puedes decir ahí os quedáis con
toda tranquilidad. Sólo faltaba que nos
tuviéramos que ir al otro mundo con las
preocupaciones de éste: que si el grifo
de la cocina gotea, que si el niño tose,
que si la televisión hace rayas¼
Todo eso se va al carajo, con perdón, cuando
uno la palma. ¿Por qué, pues, tienen
que continuar palpitando la supercartilla del
Santander o el libretón del BBV como un
corazón delator? Pues porque se han convertido,
pese a quien pese, en una función vital.
O sea, que si no tienes movimientos bancarios,
estás muerto, aunque te encuentres bien.
De hecho, el caso contrario al de la señora
de la noticia es el de un individuo que se quedó
en paro a los 50 y tras consumir sus ahorros con
la minuciosidad con la que un cuerpo en huelga
de hambre agota las grasas acumuladas en el panículo
adiposo, fueron las autoridades y lo sacaron de
su casa sin dirigirle la palabra, como a un difunto.
-Pero si estoy vivo -gritaba él.
Y en cierta medida lo estaba: sus riñones
drenaban bien, su estómago aullaba de hambre
tres veces al día, su sangre repartía
el oxígeno por todas las células
del cuerpo¼ Pero la cuenta corriente, esa
vesícula infame, había dejado de
bombear dinero al torrente social. Se trataba
de un zombi, en fin, del que hasta sus vecinos
rehuían por miedo al contagio.
Así que no es fácil distinguir a
los muertos de los vivos. Estamos todos muy mezclados.
A veces, vas en el autobús o en el metro,
observas los rostros de la gente y no es fácil
adivinar que esa señora de ojos chispeantes,
por ejemplo, acaba de sufrir un infarto bancario
y está más muerta que viva, aunque
continúe yendo de un lado a otro por la
inercia de ir de acá para allá.
Mientras que ese vecino del que no tenemos ninguna
noticia desde hace más de tres años
se encuentra completamente fallecido en su bañera,
aunque nos engañen sus parpadeos bancarios.
Creo recordar que hace un par de años,
también en Madrid, falleció una
señora asomada a la ventana y estuvo varios
días así, observando la calle con
su mirada vacía de opinión hasta
que a alguien le pareció raro que no cambiara
de postura. El movimiento, como vemos, es muy
importante para saber si alguien ha muerto o no.
Y la señora a la que nos venimos refiriendo
desde el principio tenía muchos movimientos
bancarios. La antigua enciclopedia Espasa, en
su artículo muerte, explicaba que para
asegurarse de que alguien había fallecido
convenía aplicarle un espejo a los labios,
o una cerilla encendida al dedo gordo del pie.
Si se empañaba el espejo o el dedo reventaba
después de haberse hinchado como un globo,
es que el cadáver estaba vivo. En la actualidad,
habría que aplicar el espejito o la cerilla
a la cuenta corriente. Es más, hoy día
una buena autopsia no debería conformarse
con el análisis de las vísceras,
sino que debería hurgar en la situación
patrimonial del muerto, en el caso de que la situación
patrimonial no sea directamente una vejiga.
Por todo ello, lo ideal es que la muerte clínica
y la económica coincidan en el tiempo,
incluso en el espacio. Lo contrario no hace más
que crear problemas. Ahora bien, mientras no logremos
esta sincronía obituoria, yo prefiero,
por razones de comodidad, que la muerte clínica
preceda a la económica. Por lo que si me
disculpan voy a prepararme la bañera.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
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