|

"...Ahora que pese a la vigencia de las rebajas
podemos asegurar que ya ha pasado lo peor, quizá
convenga volver la vista atrás para comprender
el sentido profundo de las Navidades..."
|

La industria
de la pena
Ahora
que pese a la vigencia de las rebajas podemos
asegurar que ya ha pasado lo peor, quizá
convenga volver la vista atrás para comprender
el sentido profundo de las Navidades y decidir,
siquiera sea de forma individual, si resulta conveniente
afianzarlas en nuestro cerebro de reptil o renegar
de ellas para siempre.
Una familia que se había reunido a cenar
en Aluche el día de Nochebuena comenzó
a discutir en el momento del consomé sobre
la extradición de Pinochet, desde donde
derivaron a los indultos de Vera y Barrionuevo.
Parece, en fin, que tras haber enterrado sus diferencias
políticas con el cadáver de Franco,
éstas regresaban ahora con una fuerza que
sorprendió a los propios participantes
de la reyerta.
En seguida rodó una botella por la mesa
y, para que las cosas no fueran a más,
un cuñado socialmente demócrata
que se había mantenido fuera de la discusión
propuso repartir los langostinos y que cada uno
se marchara a cenar a su casa. A todos les pareció
bien el arreglo, y la anciana madre, entre lágrimas,
comenzó el prorrateo.
-Si vuestro padre -dijo alzando entre los dedos
un langostino con el mismo fervor que si lo estuviera
consagrando a Dios- levantara la cabeza¼
Al final cada uno se fue por su lado, excepto
los pinochetistas, que hicieron con los entremeses
una bolsa común y quedaron en comérselos
en la Cruz de los Caídos.
Escenas así de tristes se repitieron en
todas las calles, en todos los portales de Madrid.
Ello no habría sido posible sin la existencia
de la Navidad, que facilita el consumo de la cuota
anual de tristeza a la que todos tenemos derecho
con independencia de nuestro sexo, ideología
o renta.
-¿Entonces la Navidad es una industria?
Efectivamente: una industria de la pena, de la
tristeza, de la depresión, de la desgana,
que también tienen su mística y
su lado oscuro y religioso.
-Pero si da tanta pena, ¿por qué
no se suprime?
También la industria del automóvil
produce un daño incalculable y a nadie
se le ocurriría decir que es preciso cerrarla.
Su desaparición produciría un malestar
excesivo. De hecho, miles de personas perecen
carbonizadas o aplastadas cada día en el
interior de sus coches y sin embargo el consumo
de automóviles se considera un factor de
progreso social.
Más aún: en el supuesto de que se
descubriera un método para que los usuarios
no fallecieran al chocar con otros vehículos
o al despeñarse por un barranco, sería
imposible llevarlo a la práctica por el
desajuste que produciría en la industria
de los seguros de vida. Se puede vivir sin Dios,
sin religión, sin ideales políticos,
pero una existencia sin fe en los seguros a todo
riesgo sería insoportable. Gracias a ellos
consumimos la cuota de seguridad fantástica
que necesitamos para continuar vivos pese al número
de muertos.
Pero si todavía queda alguna duda sobre
lo que estamos diciendo, ahí tienen ustedes
el caso de Cuba. Fidel Castro ha aceptado la existencia
de la Navidad antes que la de la economía
de mercado. Este año, en Cuba, las familias
han podido pelearse por fin después de
40 años agotadores de revolución.
Se puede vivir sin industria del automóvil,
sin neveras, sin tocadiscos, sin televisión,
sin vídeos, sin hamburguesas, pero resulta
imposible llevar una vida que merezca este nombre
sin una industria de la pena.
La Navidad es El Corte Inglés de la lástima,
el Simago de la desdicha, el Cortefiel de la tristeza,
el Vips de la depresión pasajera y el Continente
de las peleas familiares. Los psiquiatras saben
muy bien que sus consultas se llenan antes de
la Navidad y después de ella.
Los afectados por su síndrome consumen
miles de ansiolíticos y antidepresivos,
lo que hace que el dinero circule. Pero más
importante aún que esta rotación
económica es el consumo de pena familiar.
Todo el mundo necesita una cuota de sufrimiento
lo mismo que una cuota de seguro a todo riesgo
o de metafísica.
Las Navidades son la forma más justa de
socializar una tristeza que de otro modo se repartirían
los ricos con la avaricia con que la familia de
Aluche se repartió los langostinos.
En eso, hay que reconocer que a Fidel Castro le
ha funcionado el olfato revolucionario con unos
reflejos sorprendentes para su edad. No permitamos,
pues, que nos quiten aquí lo que en otros
países constituye una conquista del siglo
xxi. Y feliz año.
Vuelve
al menú de los Articuentos. No olvides
que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
 |
|

|