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"...Cuando todas las academias de la lengua se fundan entre sí y no haya más que una, como debe ser, ya decidirá su único académico si lo que hablamos es inglés o esperanto..."


La piedra de Sísifo

Cuando todos los bancos se hayan fusionado y no haya más que un banco, cuando todos los hipermercados sean un solo hipermercado verdadero, cuando el mundo haya devenido al fin en una gran superficie con un solo periódico y un solo Estado y un acontecimiento único (ya decidiremos cuál más tarde), necesitaremos también un idioma universal, y ahí es donde aparece el esperanto, mal llamado inglés por las escuelas de idiomas que te lo enseñan en diez meses. En diez meses sólo se aprende el esperanto, que es una lengua construida pieza a pieza como el motor de un coche. Pero no nos pongamos exigentes. Cuando todas las academias de la lengua se fundan entre sí y no haya más que una, como debe ser, ya decidirá su único académico si lo que hablamos es inglés o esperanto. Lo importante no es el nombre de las cosas, sino que sólo haya una de cada, es decir, un pensamiento único y una neurona única para que no nos demos cuenta de que los que se fusionan por la tarde acaparando todo el alfabeto para las empresas resultantes (BBVA pongamos por caso) son los mismos que dan vivas por la mañana a la competencia y al libre comercio. En qué quedamos.
En todo caso, lo mejor vendrá después de todo esto. Y es que una vez que tengamos un idioma universal, un esperanto (llamémosle inglés si ustedes quieren) lo lógico es que nos pongamos a construir una torre única, una torre que llegue hasta el cielo para ser como Dios, a quien tan bien le salió su propio proceso de fusiones. Acuérdense, si no, de la cantidad de dioses que había en Grecia y en Roma, y de lo mal que acabaron llevándose unos con otros, hasta que decidieron fusionarse, en fin, abaratando costes y creando sinergias y generando economías de escala. Pues bien, empezaremos la torre, la torre única, la torre de Babel, y Dios nos confundirá de nuevo con la invención de los idiomas, y nos dispersaremos una vez más y empezaremos de nuevo la cultura. La cosa es dar vueltas, como Sísifo con su piedra. Lo que hay que procurar es que haya una sola piedra sobre la que edificar la nueva Iglesia. Viva el eterno retorno.


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