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JUAN JOSÉ MILLÁS página oficial

> Identidad e identidades


"...Al corazón lo veo siempre en mi cabeza como una bomba de relojería que estallará cuando menos lo espere..."


Un ruido

En Francia han trasplantado la mano de un cadáver a un señor que llevaba nueve años manco. Parece un avance médico, pero es una onomatopeya, o sea, un ruido que imita el sonido de otro ruido. Muchas veces ve uno la propia mano acercándose al pan de cada día o al clítoris de cada noche, y no puede evitar decirse: Dios mío, ¿por qué tengo esa formación al extremo de brazo? Si los dedos de uno se vuelven huéspedes en más de una ocasión, ¿qué no sucederá con los ajenos? No es lo mismo el trasplante de un hígado o un páncreas que el de una mano. Sabemos que las vísceras existen, pero no nos han visitado nunca, de forma que nos las podemos imaginar como queramos. Personalmente, imagino mi hígado al jerez, y mis riñones encebollados con una hoja de laurel. Al corazón lo veo siempre en mi cabeza como una bomba de relojería que estallará cuando menos lo espere. Cuento con ello, pues, y no tomo mayores precauciones, aunque he dejado de fumar una vez más para aliviar la culpa. Pero con las manos no se puede fantasear: están presentes en todos nuestros actos cotidianos. Son más familiares que unos alicates de punta redonda para un electricista o que una llave inglesa para un fontanero. A la hora de quitar un tornillo, a cada uno le gusta usar su destornillador y no el del vecino, del mismo modo que ninguna mano es tan eficaz como la propia para el onanismo, y perdonen la comparación. En el antiguo zoológico de Madrid hubo un cuidador al que el león le arrancó el brazo derecho de una caricia. Durante mucho tiempo, según le he oído contar, era incapaz de mantener el equilibrio hasta que logró crearse un brazo fantasma con el que igualó el peso del izquierdo. Ese brazo virtual con el que todavía vive es tan real como una berza, aunque nadie ha sido capaz de vérselo. Lo que no puede ser real es la mano de un cadáver pegada al brazo propio, incluso aunque pueda uno pelar con ella un plátano, y perdonen de nuevo la comparación. Por eso digo que esa mano no es una mano, sino una onomatopeya o, si ustedes lo prefieren, un ruido que imita la forma de los dedos.

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Juan José Millás © 2001
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