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"...Al corazón lo veo siempre en mi cabeza
como una bomba de relojería que estallará cuando
menos lo espere..."
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Un ruido
En
Francia han trasplantado la mano de un cadáver
a un señor que llevaba nueve años manco. Parece
un avance médico, pero es una onomatopeya, o sea,
un ruido que imita el sonido de otro ruido. Muchas
veces ve uno la propia mano acercándose al pan
de cada día o al clítoris de cada noche, y no
puede evitar decirse: Dios mío, ¿por qué tengo
esa formación al extremo de brazo? Si los dedos
de uno se vuelven huéspedes en más de una ocasión,
¿qué no sucederá con los ajenos? No es lo mismo
el trasplante de un hígado o un páncreas que el
de una mano. Sabemos que las vísceras existen,
pero no nos han visitado nunca, de forma que nos
las podemos imaginar como queramos. Personalmente,
imagino mi hígado al jerez, y mis riñones encebollados
con una hoja de laurel. Al corazón lo veo siempre
en mi cabeza como una bomba de relojería que estallará
cuando menos lo espere. Cuento con ello, pues,
y no tomo mayores precauciones, aunque he dejado
de fumar una vez más para aliviar la culpa. Pero
con las manos no se puede fantasear: están presentes
en todos nuestros actos cotidianos. Son más familiares
que unos alicates de punta redonda para un electricista
o que una llave inglesa para un fontanero. A la
hora de quitar un tornillo, a cada uno le gusta
usar su destornillador y no el del vecino, del
mismo modo que ninguna mano es tan eficaz como
la propia para el onanismo, y perdonen la comparación.
En el antiguo zoológico de Madrid hubo un cuidador
al que el león le arrancó el brazo derecho de
una caricia. Durante mucho tiempo, según le he
oído contar, era incapaz de mantener el equilibrio
hasta que logró crearse un brazo fantasma con
el que igualó el peso del izquierdo. Ese brazo
virtual con el que todavía vive es tan real como
una berza, aunque nadie ha sido capaz de vérselo.
Lo que no puede ser real es la mano de un cadáver
pegada al brazo propio, incluso aunque pueda uno
pelar con ella un plátano, y perdonen de nuevo
la comparación. Por eso digo que esa mano no es
una mano, sino una onomatopeya o, si ustedes lo
prefieren, un ruido que imita la forma de los
dedos.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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