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"...Los padres, que eran mormones, se opusieron
a que la joven se masturbara, pues además
de no estar de acuerdo con el onanismo en general,
les parecía que éste podría
ser más condenable..."
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Lo real
Una
chica estadounidense se tomó por juego
una Viagra y tuvo una erección fantasmal.
Pese a que los médicos han advertido que
cuando el miembro permanece en tensión
más de cuatro horas seguidas hay que acudir
a un servicio de urgencias para evitar daños
irreparables en el tejido de la uretra, la joven
no fue al hospital hasta el tercer día,
presa ya de unos dolores insoportable en el pene
hipotético aparecido tras la ingestión
de la pastilla eréctil. Dado que los facultativos
no sabían cómo detener aquella erección
inexistente, pasaron todavía unas horas
preciosas antes de que al jefe de urología
se le ocurriera proponer a la chica una eyaculación
fantasmal para acabar con aquel caso de priapismo
extravagante.
Los padres, que eran mormones, se opusieron a
que la joven se masturbara, pues además
de no estar de acuerdo con el onanismo en general,
les parecía que éste podría
ser más condenable si se practicaba con
un miembro ilusorio. Un médico muy culto
que había ese día de guardia intentó
explicarles que el miembro masculino objeto de
la masturbación es siempre imaginario,
aun cuando se pueda tocar. Pero no hubo forma
de sacar a los padres de sus trece y el hospital
tuvo que conseguir una autorización del
juez para proceder a la descarga imaginaria, en
el caso de que haya alguna que no lo sea, cesando
de inmediato los dolores de la joven y desapareciendo
al instante el miembro falso, si hay alguno verdadero.
La noticia es que han congelado el semen quimérico
obtenido de la eyaculación irreal y ahora
pretenden fecundar con él un óvulo
aparente para obtener un embrión fantasma.
Si los fundamentos teóricos no fallan,
podrían conseguir un individuo invisible.
A mí, personalmente, me parece que eso
no tiene ningún mérito. Lo novedoso
a estas alturas sería fecundar a alguien
real.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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