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"...Por las noches ni me quitaba los calcetines para no verlos. No tengo unos pies agraciados, la verdad..."


Los pies

Mi madre hablaba de los pies como si no le pertenecieran. Iba al podólogo con la misma actitud con la que llevaba la plancha al electricista cuando se le fundían los circuitos. Por las noches, solía descalzarse y meterlos en una palangana de agua caliente, donde parecían dos peces abisales, dos bichos raros, dos monstruos incomprensibles, sin ojos ni boca ni nariz: personalmente, había oído hablar de animales de esa naturaleza, pero no vivían pegados al cuerpo de las personas, sino en las grutas húmedas en las que hibernaban los murciélagos. Un médico le aconsejó que se extirpara el dedo pequeño, donde le salía un bulto exagerado con nombro propio, Juanete (igual que un primo mío), pero ella hablaba de ello como de hacer una reforma en el cuarto de baño.
Me acostumbré, pues, a contemplar los pies como verdaderos enemigos. Por las noches ni me quitaba los calcetines para no verlos. No tengo unos pies agraciados, la verdad: cada uno de sus dedos parece un anciano decrépito. Por mi gusto, me los rebanaría todos, pero me ha dicho el callista que sin dedos prácticamente no se puede andar. Son más importantes de lo que parecen, pese a su aspecto. Si he de decir la verdad, los calcetines servían también para mitigar el miedo a que por la noche se desenroscaran de los tobillos marchándose con la música a otra parte. Eran, en fin, un elemento de sujeción, una venda que mantenía unidas entre sí dos cosas de distinta naturaleza. Todavía hoy, a pesar de los años que llevo conviviendo con mis pies, sigo pensando en ellos como en un par de prótesis que me pusieron al nacer, pero que no me pertenecen. Y los llevo al podólogo con la misma actitud que mi madre. Por mi gusto, entraría en la consulta con ellos debajo del brazo, envueltos en papel de periódico, pero no es costumbre.
En cualquier caso, no puedo evitar otorgarles una autonomía fantástica de la que desde luego carecen. Por eso, cada mañana, al ponerme los zapatos, miro en su interior, por si por la noche se hubieran colado unos pies que no me pertenecen. En la mili, todo el mundo me observaba introducir en la bota un palo largo antes de ponérmela. No lo hacía con la mano por miedo también a que hubiera un pie especialmente agresivo, de sargento, que me dejara manco. A primera vista no tienen boca, pero nunca se sabe. Cuanto más inofensivos parecen los animales, más sofisticadas son sus armas. En fin.
Una vez, en un museo de los horrores de los Hermanos de San Juan de Dios, vi una colección de pies deformes, hechos en escayola y me quedé espantado de las formas que pueden llegar a adquirir para atemorizar al público. Dicen que por dentro no tienen más que huesos, pero yo no me fío. Unos bichos tan complejos han de estar rellenos de glándulas, vesículas y porquerías así. Fíjese usted en los suyos esta noche y verá cómo llevamos razón mi madre y yo. De nada.

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