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"...Toda la generación que hoy ocupa el poder creció buscando excusas para poder hablar, porque la Semana Santa metaforizaba el silencio de las otras semanas del año..."


Resurrección

Cuando yo era pequeño, durante la Semana Santa no se podía cantar, y sólo hablábamos para transmitirnos cuestiones de orden práctico. Los niños nos pasábamos el día buscando el modo de burlar la prohibición oral; recuerdo que durante la comida pedíamos mil veces que nos acercaran la jarra del agua o el salero. Además, lo pedíamos por favor, lo que en nosotros era inusual, para alargar las frases y prolongar el placer de escuchar nuestra voz en medio de aquellos silencios sepulcrales. La Semana Santa se convertía así en un ejercicio de retórica permanente. De súbito alguien decía: "Voy a hacer la cama" o "me marcho a comprar el pan". En realidad, nadie pretendía hacer la cama ni comprar el pan, lo que queríamos era hablar, pero sólo se podía hablar de cosas prácticas. La cosa práctica era la bula que permitía utilizar la lengua, del mismo modo que el donativo a la iglesia te liberaba de la prohibición de comer carne.
Crecimos de ese modo. Toda la generación que hoy ocupa el poder creció buscando excusas para poder hablar, porque la Semana Santa metaforizaba el silencio de las otras semanas del año, en las que tampoco se podía hablar de muchas cosas. También recuerdo que el domingo de Resurrección, en Valencia al menos, nos vengábamos del silencio anterior a gritos. Las primeras horas de la mañana de ese día constituían una cacerolada impresionante: nos armábamos de sartenes, de pucheros, de cucharas, de todo aquello, en fin, capaz de producir ruido y recorríamos las habitaciones y el pasillo golpeando las paredes y gritando como locos. No articulábamos ideas, sólo sonidos. O sea, que crecimos entre el gusto por la retórica y el placer del grito.
A veces me pregunto si no continuamos apresados entre esos dos registros, porque mentimos bien y gritamos mejor, pero tenemos dificultades para articular ideas. La Resurrección, para mí al menos, consistiría en eso, en abandonar la retórica y el grito para instalarnos en la reflexión. Este domingo lo intentaré, lo juro.

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Juan José Millás © 2001
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