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"...Estos días tengo ardor de estómago
y he perdido las gafas. Procuro llevarlo con resignación.
Soy muy metódico para todo, incluso para
el sufrimiento..."
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Discurso
del método
Estos
días tengo ardor de estómago y he
perdido las gafas. Procuro llevarlo con resignación.
Soy muy metódico para todo, incluso para
el sufrimiento. Por eso es doblemente incomprensible
lo de las gafas: siempre las coloco en el mismo
sitio cuando me desprendo de ellas, para no andar
buscándolas desesperadamente por toda la
casa. Si no cabalgan sobre mis narices, sólo
pueden encontrarse en el lavabo o sobre la mesilla
de noche. Pues bien, ayer las busqué, aunque
sin éxito, en estos lugares alternativos.
No sé qué ha podido pasar; así
que después de 24 horas intentando averiguar
qué ha sido de ellas, sólo se me
ocurren cosas fantásticas para explicar
su fuga. Es lo que tenemos la gente muy meticulosa,
que cuando falla el método, no nos queda
más remedio que acudir a lo sobrenatural.
De hecho, he rezado siete padrenuestros seguidos,
que es lo que hacía mi madre cuando perdía
el dedal, y he encontrado siete dedales, en efecto,
pero ni rastro de las gafas. Dios mío.
Al no ver bien, se me ha disparado el fuego gástrico,
que es típico de las situaciones de cólera.
Generalmente, procuro no irritarme porque la ira
es muy difícil de sistematizar y luego
produce efectos indeseables sobre el organismo.
Aunque yo, en estas situaciones, siempre busco
consuelo en la idea de que el cuerpo es un sistema
y como tal se mueve a golpe de método.
No siempre es así, ya lo sabemos, de ahí
las enfermedades en general, y las neuralgias,
que no parecen obedecer a una pauta. Excepto con
mi madre, a quien le dolía la cabeza cuando
iba a llover. A mí me ataca la punzada
sin acompañamientos atmosféricos.
Lo más que he conseguido es golpearme en
la frente cuando hay tormenta, pero no es lo mismo
decir va a llover porque me duele la cabeza, que
me golpeo en la cabeza porque llueve.
O sea, que a mi madre, que no tenía método
alguno para nada, le iban las cosas mejor que
a mí. Sólo perdía los dedales,
que se los encontraba san Antonio, y no sabía
lo que era un dolor de estómago. En cuanto
a las neuralgias, ya hemos visto que eran propiamente
fenómenos atmosféricos. No nos parecemos
en nada.
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ARTICUENTO de Juan José Millás.

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