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"...Disculpen el disfraz, pero me da vergüenza
que me vean la cara, pues soy una persona relevante
a la que la vida ha arrojado cruelmente a la mendicidad..."
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Técnicas
de mercado
Las
puertas del metro se abrieron y entró un
hombre con el rostro oculto tras una careta del
pato Donald que fue a colocarse en un extremo
del vagón para dirigirse desde allí
al público.
-Buenos días, señores y señoras.
Disculpen el disfraz, pero me da vergüenza
que me vean la cara, pues soy una persona relevante
a la que la vida ha arrojado cruelmente a la mendicidad.
Les pido una ayuda en compensación por
los buenos ratos que en otra época les
he hecho pasar cada vez que encendían la
televisión. Dios no quiera que ninguno
de ustedes ni de su familia se vea obligado a
ocultarse de este modo para conseguir un pedazo
de pan.
Dicho esto, el hombre atravesó el vagón
con la mano extendida bajo la mirada curiosa de
la gente. A mi lado iban dos señoras que
se habían subido en Ciudad Lineal con unas
bolsas de la compra llenas de pimientos rojos.
-Es Torrebruno -dijo una de ellas.
-Pero si Torrebruno murió hace un par de
años o tres -respondió la otra.
-Por eso va con la careta, para que no nos demos
cuenta de que está muerto.
Las dos mujeres se echaron a reír estrepitosamente
y yo mismo no pude contener una media sonrisa
al imaginarme a Torrebruno apareciéndosenos
en el metro a estas alturas de la vida.
Junto a este arranque de humor sentí no
obstante un escalofrío y después
de entregarle una moneda con cierta aprensión,
no pude dejar de mirarle mientras se alejaba de
espaldas con la goma de la careta atravesándole
la nuca: me pareció que había conseguido
más dinero del que habitualmente logran
los indigentes en el metro, y cuando llegamos
a Quintana fui detrás de él hasta
el siguiente vagón donde dijo lo mismo
antes de extender la mano.
Nadie hizo en esta ocasión ningún
chiste. Por el contrario, la gente miró
al hombre de la careta con respeto y la mayoría
hurgó en sus bolsillos en busca de unas
monedas. A todo esto, quizá por sugestión,
me pareció que su voz me sonaba de la tele
o quizá de la radio, efectivamente, pero
no conseguí ponerle un rostro.
En cualquier caso, poseía un timbre muy
convincente y tenía cierta capacidad para
seducir más por la vía de la solidaridad
que la de la pena. En Ventas volví a seguirle
por curiosidad hasta el siguiente vagón,
observando que un par de jóvenes en los
que ya había reparado anteriormente hacían
lo mismo.
No sé por qué, se me ocurrió
que había entre los jóvenes y el
indigente de la careta una misteriosa conexión.
Los dos tomaban notas en un bloc de espiral y
me pareció que hacían comentarios
críticos sobre la actuación del
pedigüeño. Me acerqué disimuladamente
a ellos en el momento en el que uno decía:
-Es que este Gutiérrez es un genio, no
me digas que no. Ha conseguido más de dos
mil pesetas en un rato.
En Pirámides no tuve más remedio
que bajarme, pues llegaba tarde a una cita, pero
el suceso continuó persiguiéndome
todo el día. Por la noche se lo conté
a un vecino con el que suelo tomar una cerveza
antes de cenar y me dijo que el pato Donald y
los otros dos jóvenes eran estudiantes
de una escuela privada de negocios de mucho prestigio.
-Un sobrino mío -añadió-
estudió Empresariales en la Complutense
y ahora está haciendo un master en esa
escuela. Salen con una formación increíble.
Por lo visto, uno de los ejercicios consistía
en desarrollar acciones de marketing para ver
qué alumno lograba pedir limosna con mayor
eficacia.
Y había ganado el tal Gutiérrez,
obteniendo con su original acción unos
beneficios equivalentes al salario medio de un
médico especialista. En segundo puesto
había quedado una chica que pedía
limosna de espaldas, detrás de un cartel
en el que había escrito: "Mendigo
de espaldas porque se me cae la cara de vergüenza".
Siempre me fijo mucho en la gente que pide dinero
en el metro, porque no sabe uno cómo van
a irle las cosas ni lo que vamos a necesitar en
el futuro, pero no me había imaginado que
la mendicidad formara ya parte de las reglas del
mercado hasta el punto de ser estudiada por las
escuelas de marketing.
Desde entonces me fijó más y he
notado que los pobres ya no me conmueven por su
aspecto, o por la historia que cuentan, sino por
su agresividad comercial. Antes era un mero usuario
de la pobreza, pero ahora me he convertido en
un crítico y no sé si me gusta.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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