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"...El sufrimiento que proporciona placer
venéreo viene de la noche de los tiempos.
Crecimos con esas marcas en la cabeza..."
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El lomo
De
niños envidiábamos mucho a los personajes
de las películas que al quitarse la camisa
lucían en la espalda las señales
de haber sido azotados, pues se les suponía
un pasado tormentoso que volvía locas a
las chicas. Y eso que aún no sabíamos
nada de Sade ni de Masoch, ni siquiera que la
etiqueta más conveniente para nuestra sexualidad
sería luego la de made in Sadoch (¿comprenden
el juego de palabras?). El sufrimiento que proporciona
placer venéreo viene de la noche de los
tiempos. Crecimos con esas marcas en la cabeza
compitiendo con las circunvoluciones cerebrales,
que no siempre resultaron más profundas.
Había olvidado aquellas heridas, cuando
hace poco, buscando un volumen en la estantería,
observé que muchos de mis libros tenían
el lomo atravesado por las grietas que se producen
cuando han sido leídos con crueldad. Dios
mío, me dije, son iguales que las señales
que llevaban mis héroes en la espalda.
Sin darme cuenta yo había estado dibujando
en ellos durante todos estos años las cicatrices
que me habría gustado lucir sobre la piel,
y con las que los libros seducen a los amigos
que rozándolos suavemente con el dedo destacan
el detalle de los lomos castigados como prueba
irrefutable de que han sido leídos, si
bien de una manera un poco sádica.
Pero también sus páginas han dejado
en mí profundas cicatrices, aunque no estén
a la vista ni seduzcan a nadie (ése es
su lado masoquista). Tengo detrás de mi
mesa de trabajo, como un muro siempre dispuesto
a desplomarse, cientos de libros a los que debo,
más que lo que soy, lo que he dejado de
ser. Podría contar hasta en qué
postura los leí, porque han marcado mi
existencia con la precisión con la que
aquellos látigos de las películas
penetraban en la carne de los rebeldes. Lo malo
es que a mí no se me nota cuando me quito
la camisa.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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