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"...Hay personas que consideran que sus cinco dedos y sus 32 pestañas tienen unas esencias tan deseables que todo el mundo intentará arrebatárselas a la menor oportunidad...."


El cordón

El cordón umbilical es la frontera entre el cuerpo de la madre y el del niño. Al cortarlo, el pequeño es arrojado a una realidad hostil, como cuando los peces salieron del agua, en la prehistoria, obligados a respirar en un medio que no era el suyo con un par de globos rudimentarios alojados dentro del pecho y denominados pulmones. En algunas culturas se conserva, momificado, ese cordón, en homenaje al continente al que estuvimos unidos antes de convertirnos en un territorio autónomo, en una isla. La mayoría de la gente sobrevive con mejor o peor fortuna a ese corte que convierte al cuerpo materno en otro respecto al nuestro, pero lo primero que hacemos al nacer es explorar sus accidentes, del mismo modo que más tarde, en el colegio, estudiamos los cabos y los golfos y las penínsulas. Las manos, los pies, los ojos, la nariz, las piernas, los tobillos, la caja pectoral, todo eso, no somos nosotros, sino el terreno en el que habrá de transcurrir nuestra vida. Antes del cuerpo no existíamos; después, probablemente, tampoco, y sin embargo él no somos nosotros, al menos no exactamente. El cuerpo, en fin, es la primera patria.
Por eso hay tanta gente nacionalista de sí misma. Del mismo modo que hay gente orgullosa de haber nacido en Nueva York o en Cuenca, convirtiendo ese suceso casual en algo trascendente, hay personas que consideran que sus cinco dedos y sus 32 pestañas tienen unas esencias tan deseables que todo el mundo intentará arrebatárselas a la menor oportunidad. Escuchen ustedes hablar a algunos escritores pagados de sí mismos, a algunas actrices, a muchos idiotas anónimos. Hablan de sí como un patriota de su lugar de nacimiento, e insultan a todos los que les rodean porque una de las características del patriota es la paranoia: si alguien no les persigue, no son nadie.
A esta gente le vendría bien conservar el cordón umbilical, para asomarse a él de vez en cuando, como a un caleidoscopio, y ver que viene del mismo sitio que aquellos a quienes ofende. A través de ese túnel del tiempo, uno podría comprobar que al final todos estamos emparentados. Pero la herida representada por el ombligo parece que resulta excesiva. No todos se acostumbran a llevarla como lo que es: como una cicatriz evocadora de una pérdida necesaria. Por eso la tapan con palabras mayúsculas como Patria, Dios, Religión, Honor, Orgullo¼
Me pregunto qué pensará el médico cuando arroja el cordón umbilical a la basura. La pérdida de ese trozo de carne en apariencia inútil nos vuelve locos cuando somos adultos. Si el médico supiera que el resto de la vida no hacemos otra cosa que sustituir ese tubo, quizá lo tratara con más delicadeza. No estaría mal que lo conserváramos para saber a quién permanecimos unidos antes de nacer y de quién estamos separados una vez lanzados al vacío. Para no ser tan patriotas.




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