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"...El escritor minoritario, halagado por
la crítica hasta el agotamiento, dormía
mal intentando hallar las razones de un prestigio
logrado de forma involuntaria..."
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El poema
El
escritor minoritario, halagado por la crítica
hasta el agotamiento, dormía mal intentando
hallar las razones de un prestigio logrado de
forma involuntaria. Segregaba sus textos como
producía saliva, por lo que le habría
sorprendido igualmente que los expertos en saliva
y en fluidos corporales en general hubieran descubierto
en la suya alguna particularidad inédita
en otros organismos de su especie. Pasado el tiempo,
harto de una reputación literaria que le
aislaba paradójicamente de los lectores,
quiso probar el placer de ser leído por
mucha gente, el placer de vender.
Estudió, pues, los textos de los autores
populares y vio que en el fondo todos trataban
de lo mismo: del viaje del hombre desde el útero
a la tumba, del descubrimiento de la boca como
artefacto sexual, de la distancia de la energía
a la materia, del amor al hastío, del sueño
a la vigilia, de la sala de estar al cuarto de
baño. Escribió varios libros de
viajes, pues, y cuatro novelas policíacas
y otras tantas de introspección psicológica
(así las llamaban), además de seis
o siete de aventuras, con las que agradó
al gran público sin disgustar excesivamente
a sus críticos, quienes consideraron saludable
que el mercado fuera capaz de asimilar los productos
de un autor minoritario, incluso en su versión
menos genuina.
Pero también este éxito le supo
a poco. Necesitaba una satisfacción más
esencial, de modo que se entregó al silencio
del poema con la esperanza de encontrar en él,
si no la música del universo, el ruido
al menos de sus huesos, el rumor de su sangre,
el secreto de la digestión. Durante meses
extrajo de las regiones más remotas de
la conciencia versos de formas torturadas y humedad
de ataúd, versos como raíces. Una
vez puestos en fila, hizo un libro cuya lectura
le acercó a la verdad, o eso pensaba él,
hasta que le concedieron el Premio Nacional de
Poesía u otro semejante. Cuando lo recibió
de manos del ministro de Cultura, o quizá
del Rey, en el instante mismo de tomar la estatuilla,
o el cheque, pues tenía dos partes, y al
ver en primera fila a sus críticos con
cara de llevar razón, y a los políticos
con gesto de perplejidad, se preguntó:
Dios mío, dónde buscar ahora el
sentido de la vida.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
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