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> Los entresijos de la realidad


"...La ventana carecía de visillos y la luz encendida era un reclamo para la contemplación de la agonía, pero no les preocupaba la posibilidad de dar el espectáculo..."


Disculpen las molestias

Una vez vi morir a un anciano desde la habitación de mi hotel. Había llegado a aquella ciudad para pronunciar una conferencia. Mi ventana daba a una estrecha calle del casco antiguo. Al correr las cortinas vi, en el edificio de enfrente, un dormitorio iluminado con una lámpara desnuda. En una cama adosada a la pared agonizaba un hombre mayor rodeado de su familia: una hija, supongo, y un hombre a quien tomé por el marido de ésta, además de un nieto de unos quince años que entraba y salía con gesto de aburrimiento. Corrí de inmediato las cortinas y me retiré hacia el interior, temeroso de ser sorprendido violando aquella escena íntima. Luego, mientras me duchaba, la repasé una y otra vez hasta que me pareció el producto de una alucinación. Tras ponerme algo encima, volví a mirar y confirmé que en la casa de enfrente se asistía a un deceso con la mirada neutra con que se espera que el microondas caliente el café. La ventana carecía de visillos y la luz encendida era un reclamo para la contemplación de la agonía, pero no les preocupaba la posibilidad de dar el espectáculo. Parecía que el anciano se moría todas las tardes, de otro modo no podía entenderse la sencillez con que le levantaban la cabeza para ayudarle a respirar mientras hablaban entre sí con el gesto que empleamos para referirnos a las cosas banales. A media tarde, llegaron más parientes que quizá habían sido avisados de la proximidad del fin. Entraron en la habitación y contemplaron al viejo con respeto, aunque sin expresión de dolor. En un momento dado, apareció en el umbral de la puerta un gato que se escondió debajo de la cama. Poco antes de que vinieran a recogerme para llevarme al lugar de mi intervención, el anciano expiró. Empecé la conferencia relatando este extraño caso sin lograr conectarlo al tema que había preparado, por lo que provoqué en la audiencia un desconcierto incómodo. A mí, sin embargo, me parecía tan significativo que durante la cena volví a hablar de ello sin conseguir interesar a mis anfitriones. De esto hace un año y aún no he dado con un contexto en el que la historia tenga algún sentido. Así que he decidido escribirla para librarme de ella. Disculpen las molestias.



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