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"...Lo que se había presentado como
una fiesta gastronómica se convierte de
súbito en una reflexión sobre la
muerte que podría enturbiar sus merecidas
vacaciones
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Lo crudo
y lo cocido
Hay
gente que se va de vacaciones en otoño,
para dar la nota, corriendo aventuras gastronómicas
de fatales consecuencias psicológicas.
De entre las más graves cabe destacar la
adquisición de langosta viva al furtivo
del pueblo.
-Mira, me la han dejado en 6.500, y no hay más
que meterla en agua fría con un puñado
de sal gorda y contar 20 minutos desde que rompa
a hervir.
-Pero eso es una barbaridad. Fallecerá
en medio de dolores insoportables. Y sin poder
escapar del interior de la coraza. ¿Por
qué no has traído unos boquerones
en vinagre, o unos bígaros?
Lo más probable es que esta reflexión
se la haya hecho usted a sí mismo antes
de oírsela a su cónyuge. No importa:
se defenderá de ella y de las miradas de
espanto de sus hijos argumentando que los refinamientos
gastronómicos exigen la comisión
de algunas crueldades culinarias. Después
de todo, la cocina es una forma de cultura y todo
eso.
Así que meterá al animal en la olla,
añadirá, además de la sal,
dos hojas de laurel de su propia cosecha (hay
que ser creativos) y permanecerá hipnotizado
frente a aquella muestra de civilización,
al menos hasta que los afilados gritos del bicho
le devuelvan al estado de barbarie anterior: por
si no lo sabía, este crustáceo emite
al abrasarse un gemido espeluznante, que evoca
un llanto ancestral, como si quien permaneciera
atrapado en lo más hondo de esa cárcel
orgánica fuera una versión infantil
de nosotros mismos. Algunos cocineros poco cultos
no pueden soportar esta exhibición de progreso
y sacan al bicho del agua hirviendo antes de que
perezca. Mal hecho: seguramente tendrá
ya quemaduras de primer grado en el 98% de su
cuerpo y lo único que se consigue al detener
el proceso cultural de la cocción es prolongar
inútilmente el dolor de tan extraña
criatura.
Desde luego, hay gente que por afán de
superarse sobrevive al espectáculo, pero
es muy raro que luego pueda probar bocado, no
ya por asco o por remordimiento, sino por la dificultad
que entraña arrancarlo de dentro de la
armadura orgánica sin el utillaje adecuado.
Además, la cabeza, que según las
personas refinadas es lo mejor, está llena
de vesículas incomprensibles con las que
no sabe uno cómo relacionarse.
En fin, que lo que se había presentado
como una fiesta gastronómica se convierte
de súbito en una reflexión sobre
la muerte que podría enturbiar sus merecidas
vacaciones. Si usted quiere ser culto, que no
decimos que no, vaya al quiosco de la esquina,
donde ahora mismo están desovando los fascículos,
y adquiera las primeras huevas editoriales de
la temporada sobre la Segunda Guerra Mundial.
Entre tanto, continúe comiendo verduras
y pescados a la plancha previamente muertos, como
hace el resto del año.
Y que se los den sin anisakis, que es un gusano
inocuo, pero repugnante.
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al menú de los Articuentos. No olvides
que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.
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