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"....Luego
he oído hablar muchas veces de la "saca de correos",
pero entonces no habría sido capaz de imaginar
que esos receptáculos de tela tuvieran femenino...".
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Tortilla francesa
El descubrimiento del Correo fue, como el de las
alcantarillas, una de las sorpresas más estimulantes
de mi infancia. El primer buzón del que tengo
memoria estaba en Ros de Olano, la plaza de Getafe.
Al principio se trataba de un bulto incomprensible
plantado en medio de la acera, pero la vida entonces
estaba llena de ganglios absurdos (como ahora,
en fin) por los que a nadie se le ocurría preguntar.
Y no sólo aparecían en las calles. A veces, tropezaba
uno también con ellos en las oraciones gramaticales.
Recuerdo, por ejemplo, el Ave María, que terminaba
así: "Y bendito es el fruto de tu vientre Jesús".
El vientre aquél no dejaba de ser también un buzón
misterioso, sobre todo si tenemos en cuenta que
los niños venían de París.
Después
de averiguar para qué servían aquellas formaciones
misteriosas que florecían en las esquinas, todavía
creí durante mucho tiempo que bastaba con echar
un papel escrito por la ranura del buzón para
que éste recorriera el universo por túneles misteriosos
en busca de su destinatario. Las cartas han perdido
todo el prestigio desde que el único que nos escribe
es el banco, pero entonces un sobre cerrado era
un sobre cerrado: un cofre cuyo contenido podía
cambiar nuestra existencia. El correo es sin duda
uno de los grandes inventos de la humanidad, y
el buzón, una escultura sorprendente, cuya belleza,
como la de la maquinaria del reloj, procede de
la necesidad de los elementos que la componen.
Nada hay menos retórico que un buzón y, sin embargo,
pocas cosas tan conmovedoras. Cada vez que tropezamos
con uno dan ganas de echarle algo de comer. Pero
sólo comen papel escrito.
-Comen
lo que le eches, imbécil.
Esto es lo que me decía un amigo del barrio: que
los buzones eran omnívoros. Acabábamos de aprender
aquella palabra, omnívoro, y algunos no hacían
más que buscar el momento de utilizarla, como
cuando un mañoso se compra una herramienta multiuso
y anda metiéndola en todas partes para amortizarla.
Yo mantenía que no eran omnívoros sin dar una
propuesta alternativa. Evidentemente, no eran
herbívoros, ni insectívoros, ni carnívoros, pero
no conocía ninguna palabra que sirviera para designar
a los comedores de papel escrito. Frente a esta
incapacidad lingüística, mi amigo oponía la fuerza
de los hechos: no le gustaba la mortadela ni la
tortilla francesa fría, de manera que los días
que su madre le hacía un bocadillo con tales ingredientes,
los deslizaba por la boca del buzón sin que éste
le hiciera ascos.
-¿Lo
ves? Pues si le echas una hoja de lechuga se la
come lo mismo. Omnívoros, son omnívoros.
Hasta
ese instante yo sólo creía que eran omnívoras
las alcantarillas, además del hombre, del que
constitutían una prolongación, pero no había más
remedio que rendirse a la evidencia. De todos
modos, continué echándole papeles escritos, pues
me parecía una dieta más adecuada a sus necesidades
físicas que los embutidos y el huevo. Una cosa
es que comiesen de todo y otra que todo les sentara
bien.
Un
día sorprendí al cartero extrayéndole las cartas
al buzón por la puerta de atrás y quedé más afectado
que cuando me enteré de que los Reyes Magos eran
los padres: nunca habría podido imaginar que los
buzones se abrieran, o que no estuvieran conectados
entre sí, de modo que le pregunté por qué metía
todas aquellas cartas en un saco y me corrigió
afirmando que se trataba de una saca. Luego he
oído hablar muchas veces de la "saca de correos",
pero entonces no habría sido capaz de imaginar
que esos receptáculos de tela tuvieran femenino.
Es más, no conseguí verle a la saca ningún órgano
sexual delator, por lo que me quedé muy confundido.
En esto apareció entre las cartas una tortilla
francesa arrojada allí dentro, sin duda, por mi
amigo, y el cartero, que era omnívoro, se la comió
de un bocado (eran los años del hambre). Fue un
día de revelaciones biológicas sorprendentes sobre
las que no hallé ninguna explicación en el libro
de Ciencias Naturales.
Al día siguiente coincidí con mi amigo arrojando
cosas al buzón y le conté lo ocurrido, pero era
muy obstinado y pensó que se trataba de un invento
mío para demostrar que los buzones no comían de
todo. Más tarde desvié mi atención de los buzones
al vientre (bendito es el fruto de tu vientre
Jesús) y descubrí la importancia de la coma (la
que falta entre los términos vientre y Jesús).
Ahora ya lo entiendo todo. Lo malo es que ha coincidido
con una época en la que no comprendo nada.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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