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".... El calcetín es una prenda blanda, rara,
sospechosa, pero, sobre todo, es una prenda atribulada...".
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Mi tio
Tuve un tío carnal, y perdonen la redundancia
(no he conocido a ninguno que no sea de carne),
que vendía cepillos de dientes, lo que se consideraba
una actividad de mucho futuro hace años, cuando
apenas el 8% de la población se ocupaba de la
higiene bucal. Mi familia siempre ha trabajado
en actividades con mucho futuro, aunque escaso
presente: somos muy pioneros. De hecho, una vez
que los cepillos de dientes comenzaron a ser un
negocio de verdad mi tío carnal se dedicó a la
venta de desodorantes, pese a que ni siquiera
se había inventado la axila, que sustituyó, si
ustedes recuerdan, al sobaco.
Un
día le oí hablar a mi madre de mi tío, que era
su hermano, y dijo que le daban ganas de llorar
cuando se lo imaginaba en los hoteles o en las
pensiones, por la noche, lavándose los calcetines,
porque mi tío, pese a vender higiene bucal, se
lavaba los calcetines más que los dientes, y luego
los tendía en la barra de la cortinilla de la
bañera. Se me quedó grabada aquella imagen de
los calcetines colgados de la barra en la que,
con los años, acabó concentrándose toda la tristeza
que era capaz de segregar la realidad de este
perro mundo. El calcetín es una prenda blanda,
rara, sospechosa, pero, sobre todo, es una prenda
atribulada.
Hace
poco, en un hotel, me puse a lavar los calcetines
negros, negros, negros (y perdonen la redundancia,
pues no los conozco de otro color), cuando de
súbito levanté la mirada hacia el espejo y en
lugar de encontrarme conmigo me encontré con mi
tío, el pionero. Si mi madre levantara la cabeza,
pensé, y viera a su hijo en este trance se volvía
a morir, la pobre, del disgusto. De hecho, casi
me muero yo. Así que abandoné los calcetines a
un lado del lavabo, sin aclararlos, y me metí
en la cama a punto de llorar. Dios mío, qué solo
me sentí aquella noche. Aunque lo peor fue al
día siguiente, cuando los tuve que guardar mojados
en la maleta, junto a una novela policíaca que
había cogido para el viaje. Podía haberlos abandonado
en el hotel, pero pensé que eso habría sido tanto
como dejar tirado en la cuneta a mi tío carnal,
el redundante. Qué complicados somos.
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ARTICUENTO de Juan José Millás.

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