|

 
Diez
Un grupo de científicos japoneses acaba de lograr
que un mono cuente hasta nueve. No quiere uno
imaginar qué habría sucedido de caer en manos
de un grupo de pedagogos. En cualquier caso es
mejor que se detenga ahí porque lo primero que
se les ocurre a los primates cuando inventan el
diez es hacer un decálogo. La decena multiplica
el horror. Es la culpable de los diez mandamientos
y del 10% de interés, sobre el que se ha edificado
la banca, la bolsa y el índice Dow Jones. Peor
que eso: el diez es el germen del espíritu castrense.
Las escuadras, las falanges, las legiones son
múltiplos de ese número abisal.
Si
los generales, con perdón, sólo hubieran aprendido
a contar hasta nueve, no habrían caído en la cuenta
de que diez grupos de diez hacen una centuria
y permanecerían sin tropa en su laberinto, por
lo que las poblaciones civiles de medio mundo
les estarían muy agradecidas.
Se
ve que el mono japonés es una persona que sabe
detenerse a tiempo. Asomarse al diez significa
arrojarse al precipicio intelectual de los diez
libros más vendidos, los diez discos más escuchados,
los diez hombres más importantes del siglo, los
diez programas más vistos de la televisión¼ Nueve
de cada diez estrellas usan Lux, lo que no nos
parece bien ni mal, pero si te diezman, en cambio,
te hacen polvo. Y si te obligan a pagar el diezmo,
también.
Cada
una de las partes del rosario de tu madre está
compuesta de diez avemarías, igual que las del
rosario de la aurora, de ahí que las cosas acaben
como acaban, o sea, mal.
Está
demostrado científicamente que el secreto de los
nueve novísimos es que no llegaron a la decena.
Se pararon a tiempo.
Hay
quien cree que los monos saben hablar, aunque
prefieren disimularlo para que no les hagamos
trabajar. Es probable, en fin, que ese primate
japonés sepa chino, pero hace como que es incapaz
de contar hasta diez para no discutir. Con el
nueve da una satisfacción a la ciencia y luego
regresa a la meditación trascendental, que es
lo suyo. El día en el que los monos traspasen
ese límite les compramos un traje de Milano y
los ponemos a la cola del paro. Hacen bien, pues,
en no echar las diez de últimas. Resistan.
Vuelve
al menú de los Articuentos. No olvides
que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

|