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"....Una vez dentro de las ciudades, y con el tiempo casi sin estrenar en el bolsillo, hubo que hacer cosas para combatir el ocio...".


Los grandes inventos

Después de que inventáramos el tiempo y cayéramos dentro de él como un sabio dentro de su probeta, vimos que había que planear también el modo de pasar las tardes de los sábados y las mañanas de los domingos y las Semanas Santas y los puentes. Ya que disponíamos de horas, años, días, lustros, vísperas y maitines, por qué no hacer algo útil, nos dijimos. De esa necesidad de gastar el tiempo que era lo único que entonces nos sobraba nacieron Constantinopla, Alejandría, Atenas, Londres, Washington, París, Ginebra, Nueva York, en cuyo interior volvimos a caer igual que antes nos habíamos precipitado al interior del tubo de ensayo en el que fabricábamos el tiempo.

Una vez dentro de las ciudades, y con el tiempo casi sin estrenar en el bolsillo, hubo que hacer cosas para combatir el ocio, y así se inventó la división del trabajo y apareció la clase obrera, que al principio no fichaba porque ni siquiera había jefes de personal en las empresas. Entonces inventamos la empresa moderna, y al asomarnos para mirarla bien, nos venció el peso de la cabeza y caímos dentro de ella igual que un constructor de cepos mete la pierna sin querer en uno para osos. Como había mucho espacio libre, casi tanto como tiempo en la etapa anterior, hubo que hacer muchos despachos para los jefes de producción y para los directores de recursos humanos, y para los responsables del producto, etcétera. Así fueron surgiendo los departamentos, las divisiones, las subsecretarías...

Total, que ya teníamos controlado el tiempo, la ciudad y la empresa. Entonces, o quizá antes, porque la historia no es lineal, se nos ocurrió la repetición, que da mucha tranquilidad. Así aparecieron las Navidades, que al principio estaban también fuera de nosotros, como en un terrario experimental, aunque luego caímos dentro, según tenemos por costumbre, de forma que ahora son ellas las que nos consumen, lo mismo que el tiempo, la empresa y la ciudad. Nos gusta ser devorados por nuestros propios monstruos, qué le vamos a hacer. Viva el doctor Frankenstein y felices fiestas.

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