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El galán
Por su cumpleaños, su mujer le regaló un galán,
ese mueble siniestro que habita en el rincón de
los dormitorios reproduciendo lo que más detestamos
de nosotros mismos. El hombre ponía cada noche
la chaqueta sobre los hombros del artefacto y
colgaba cuidadosamente los pantalones de la cintura
artificial creada a tal efecto (también la corbata
tenía su lugar, incluso había un pequeño recipiente
para el cinturón y los gemelos). Después se metía
en la cama y mientras su mujer dormía, él contemplaba
la silueta oscura de sí mismo colocada como un
buitre a los pies de la cama.
-No quiero ver más ese trasto -le dijo a su esposa-.
Está esperando que me duerma para saltar sobre
mí. Regálaselo a tu hermano. O a tu padre.
-Pero, hombre, si es muy práctico.
-No quiero cosas prácticas. Todo lo práctico acaba
matándome.
La mujer retiró el galán, pero lo escondió en
el trastero en lugar de regalárselo a nadie de
su familia, por si su marido cambiaba de opinión.
El hombre volvió a colgar la chaqueta y los pantalones
en el interior del armario, pero ya no pudo desprenderse
del malestar que le había producido la utilización
del galán y cada vez que veía las perchas con
sus camisas y sus trajes verti?calmente ordenados
en aquella tiniebla de ataúd, tenía la impresión
de contemplar diferentes versiones de sí mismo:
ninguna, por cierto, verdadera. Nadie, hasta el
momento, le había representado como el galán,
que ahora estaría en casa de su cuñado, o de su
suegro, ocupando un dormitorio que no le pertenecía.
Un
día pasó cerca del cuarto trastero y le pareció
que alguien le llamaba. Abrió la puerta y vio
el galán desnudo, aterido de frío. Lo llevó al
dormitorio y lo vistió con su mejor traje de franela,
el de las recepciones y los cócteles. Después
se metió en la cama, se durmió, y al poco, en
efecto, el galán saltó sobre él, comiéndoselo
entero, con pijama y todo. Su mujer todavía no
lo ha echado en falta porque el galán la llena
de atenciones.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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