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El viaje (II)
Vi en un reportaje que los perros se comunican
a través de la caca. Cada uno de sus excrementos
constituye una oración gramatical dotada de las
complejidades sintácticas que cabe suponer en
todo lenguaje, por rudimentario que sea. Por eso
huelen la mierda con la misma concentración que
nosotros ponemos en la lectura de un libro de
autoayuda. Pero es que usted y yo también tuvimos
una etapa en la que considerábamos preciosos los
productos del ano: las heces fueron el primer
regalo que hicimos a mamá y la única diversión
conocida hasta que nos enseñaron los juegos de
palabras. Previamente, el barro y la plastilina
habían actuado de puente entre las deyecciones
que expulsábamos por el recto y el abecedario
que luego, como por arte de magia, nos brotó de
la boca.
La
humanidad tuvo asimismo su período anal, que superó
felizmente viajando a través del tracto digestivo
en dirección a la garganta. De ahí que demos tanta
importancia a los frutos orales en las entrevistas
de trabajo o en los encuentros amorosos: de nuestra
habilidad verbal dependerán la dicha y el salario
futuros. Cada vez que hablamos, alguien huele
con el oído nuestras oraciones y nos juzga en
función de su aroma.
Así
pues, la distancia que hay entre la caverna prehistórica
y el adosado es la misma que va del culo a la
garganta: un pequeño paso para un virus, pero
un salto de gigante para la humanidad. Y bien,
lo hemos logrado, aunque haya sido preciso recorrer,
a la vez que los intestinos o la tráquea, la Edad
Antigua, Media, Moderna o Contemporánea, con sus
hambrunas respectivas, sus pestes, sus crímenes,
sus catástrofes, sus guerras. Ya estamos en la
boca, pronunciando frases solemnes desde la barandilla
de los dientes. ¿Y ahora, adónde vamos? ¿Hay vida
al otro lado de los labios?
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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