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" Lo que diferencia el territorio del ser
del de la nada es la profusión de desfiles de
moda o militares que se producen en el último".
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Nada
Si todos los países se preguntaran compulsivamente
qué son acabarían respondiéndose lo mismo que
nosotros: nada. Qué narices es Francia. O Alemania,
o Suiza, o Dinamarca. No es que no tengan su historia,
o su historieta, pero la historia y la historieta
son humo frente al silencio cosmológico. No somos
nada, qué le vamos a hacer. Precisamente por eso,
por la nada que nos consume, nos llenamos de banderas,
de escudos y de cabras. Si la Legión, pongamos
por caso, fuera algo en sí misma, no necesitaría
acudir a un cuadrúpedo para hacerse entender y
definirse frente al mundo. Le bastaría con salir
al escenario y decir aquí estoy yo (en ese sentido,
quizá sea mejor que continúen expresándose a través
de la cabra). Lo que diferencia el territorio
del ser del de la nada es la profusión de desfiles
de moda o militares que se producen en el último.
Total,
que no conviene estar preguntándose todo el día
qué somos, a menos que a uno le guste hurgar en
la herida. Los amigos existencialistas que no
lograron superar la fase crítica del de dónde
venimos acabaron suicidándose, porque la cruda
realidad es que no venimos de ninguna parte ni
vamos a ningún sitio. Somos como un domingo por
la tarde en un pueblo con estación de cercanías
donde a veces llueve. Por eso, los franceses,
que inventaron la angustia y saben de qué va la
cosa, no se preguntarían nunca algo semejante.
Ellos dicen a todo que sí. Madame Bovary, c'est
moi, aseguraba Flaubert para no discutir.
De manera que ponerse en cuestión sin cesar es
como ir al doctor por un resfriado: pura hipocondría.
Lo malo es que el médico, si insistes en que te
duele aquí, acaba operándote, y nosotros ya nos
hemos hecho la cirugía varias veces sin encontrar
nada, porque España, como Francia, no es nada.
Tómese usted estas pastillas.
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ARTICUENTO de Juan José Millás.

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