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" Muchos matrimonios han fracasado por lo
mal vista que está la costumbre cuando es la salsa
de la vida".
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Viva el silencio
Siempre creí que vivir solo consistía en hacer
lo que a uno le diera la gana, pero consiste justamente
en lo contrario. El otro día, por ejemplo, puse
en el periódico, contra mi voluntad, un anuncio
por palabras que decía así: "Asturiano vicioso,
piececitos pequeños, supermiembro garantizado.
Llámame". No soy asturiano, ni vicioso y calzo
un 42. Lo copié todo de la sección de contactos.
Además, odio esta clase de reclamos, no sé por
qué lo hice. O quizá sí: por vivir solo. Cuando
estaba con mi mujer, en lugar de hacer disparates
veía la televisión, que es lo que de verdad me
gusta. Pero entonces no lo sabía: entonces soñaba
con una vida de aventuras nocturnas, me imaginaba
recorriendo la Gran Vía a las doce de la noche,
tomando copas aquí y allá, contratando prostitutas
que, lejos de cobrarme, me entregarían la recaudación
implorándome que volviera a visitarlas.
Luego,
nunca fui a la Gran Vía por la noche, me da miedo
salir a esas horas, así que me quedaba en casa,
igual que cuando estaba casado, viendo los programas
que antes veía con mi mujer, sólo que sin poderle
echar la culpa a nadie. A mí me gusta lo más tirado
de la tele, pero con coartada, y la coartada entonces
era ella. De manera que qué iba a hacer; un día
arrojé el aparato a la basura porque me pareció
que un soltero con tele es dos solteros, y puse
el anuncio del asturiano vicioso. En seguida empezaron
a llamarme seres completamente repugnantes preguntando
por el precio. Yo los mandaba a todos a la mierda,
no se daban cuenta de que no era una cuestión
de dinero, sino que lo que de verdad necesitaba
yo era amor o, mejor que eso, costumbre. Muchos
matrimonios han fracasado por lo mal vista que
está la costumbre cuando es la salsa de la vida.
Mi mujer y yo estábamos habituados el uno al otro
y ya no necesitábamos ni hablar. De hecho, cuando
decidí separarme llevábamos un mes sin decirnos
nada. La gente cree que los matrimonios tienen
que hablar para mantenerse en forma, pero eso
es mentira: se habla cuando no se tiene nada que
decir. Yo en la oficina, por ejemplo, no paro
de contar historias porque mis compañeros ni me
van ni me vienen. Sin embargo, en la iglesia permanezco
callado, porque las cosas que tengo que confesar
a Dios son tan esenciales que sólo en el silencio
se articulan.
De
todo esto me doy cuenta ahora, claro. Cuando estábamos
juntos, la odiaba porque creía que ella era la
culpable de no hacer lo que me diera la gana,
aunque no sabía qué es lo que me daba la gana,
excepto lo de ir a la Gran Vía a contratar prostitutas,
o a dejarme contratar por ellas, lo que en el
fondo no es más que una fantasía un poco tonta.
Es importante, pues, que las parejas silenciosas
no se dejen engañar por toda esa propaganda, que
hasta la Reina, cuya obligación es ser neutral,
ha dicho en el libro de Pilar Urbano que los matrimonios
tienen que hablar, o sea, que la Monarquía se
ha puesto también del lado de la conversación.
De manera que si uno no habla acaba sintiéndose
un bicho raro y tarde o temprano se divorcia.
Yo
ahora hablo mucho, no paro, porque entre quienes
me llaman hay también asturianos que llevan años
en Madrid y echan de menos las brumas matinales
o los chubascos vespertinos. A éstos les doy un
poco de cuerda porque se refieren a Asturias igual
que yo a mi mujer: como si se tratara de un miembro
amputado. Pero uno no mantiene conversaciones
con los miembros: yo al menos nunca les digo nada
a mis dedos ni a mis antebrazos. De manera que,
aunque nunca he hablado tanto como ahora, jamás
me he sentido tan vacío, tan torpe. Echo de menos
las horas que pasaba en el sofá viendo la tele
junto a ella; a veces, me acercaba la mano distraídamente
y yo, tomándola entre las mías, le contaba mecánicamente
los dedos, primero del pulgar al meñique, luego
del meñique al pulgar, siempre con idéntico resultado.
Daría cualquier cosa por dejar de ser un asturiano
vicioso con supermiembro garantizado y volver
al silencio del matrimonio. Hay gente que sale
por la noche porque no tiene con quien quedarse,
del mismo modo que hay quien habla porque no tiene
qué callar. Total, que a ver si promocionamos
un poco el silencio. Por mi parte, no tengo nada
que añadir. Muchas gracias.
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ARTICUENTO de Juan José Millás.

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