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" Yo tenía un amigo con problemas de comunicación
entre el lado derecho y el izquierdo de su cerebro,
y cada mano iba por su sitio".
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Así nos va
El
cerebro está dividido en dos partes unidas por
el cuerpo calloso. Si no existiera el cuerpo calloso,
las dos mitades del cerebro tampoco se comunicarían
entre sí y la vida sería un desastre. Imagínense
un cuerpo cuyo lado derecho tenga intereses radicalmente
distintos a los del izquierdo. En cierto modo
es así, pero al final los dos lados negocian y
por lo general siempre llegan a un acuerdo. Por
eso no se nos cae todo de las manos. Por eso logramos
también la mayoría de las veces caminar en línea
recta. Si los dos lados se empeñaran en ejecutar
las mismas cosas y a la vez, no seríamos capaces
de hacer la cama, ni, lo que es peor, de cortar
unas lonchas de jamón o unos tacos de queso.
Yo tenía un amigo con problemas de comunicación
entre el lado derecho y el izquierdo de su cerebro,
y cada mano iba por su sitio. A lo mejor una quería
pelar una naranja, pero la otra se empeñaba en
pelar una patata. Al final, mi amigo se quedaba
sin fruta y sin tubérculo, pues las dos actividades
se excluían. No consiguió estudiar nada porque
por un lado le gustaba la física, pero por otro
le volvía loco la literatura, de modo que dejaba
una cosa por otra continuamente sin profundizar
en ninguna. A mí me quería mucho por una parte,
pero me detestaba por la otra, de manera que nuestra
relación era muy irregular. Durante un tiempo
le perdoné los desplantes del lado enemigo porque
eran compensados con el afecto del lado amigo.
Pero con la edad dejaron de interesarme las emociones
fuertes y dejé de verlo. Todavía me llama para
que comamos juntos, pero al poco telefonea también
el otro anulando la cita. Mi amigo tiene, pues,
un problema de cuerpo calloso. Parece mentira
que le hayan dado un nombre tan antipático, cuerpo
calloso, con lo importante que es la función que
realiza.
Más aún: ninguna organización empresarial o de
otro tipo tiene un departamento, no ya que se
llame así, cuerpo calloso, sino que cumpla sus
funciones. Y es necesario. Si entre los sindicatos,
por ejemplo, y las empresas hubiera un cuerpo
calloso capaz de vehicular correctamente la información
de las dos partes, y de sintonizarlas, las relaciones
laborales serían mucho más sencillas. Y quien
habla de las relaciones laborales habla de todas
las demás. La habilidad negociadora del cuerpo
calloso es tal que ha conseguido que el lado izquierdo
del cerebro se ocupe de los movimientos del derecho
y el derecho de los del izquierdo. Es decir, que
las dos partes se han cambiado de bando para velar
cada uno por los intereses de la contraria. Imagínense
un órgano de estas características regulando las
relaciones entre los partidos políticos o los
matrimonios. Sería un éxito. Y lo curioso es que
el modelo lo llevamos dentro, en la cabeza. No
debería ser tan difícil de reproducir. Lo que
pasa es que hacemos las cosas con poca cabeza,
y con poco cuerpo calloso, por lo tanto. Así nos
va.
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ARTICUENTO de Juan José Millás.

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