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Aseo de jefes
Las relaciones interpersonales son muy complicadas.
Vean, si no, esa curiosa noticia según la cual
la policía se tiñó el pelo de verde para presionar
a sus jefes. ¿Qué más dará a los mandos que lleven
el cabello de uno u otro color? En fin, cada uno
protesta como puede. Yo tuve un jefe al que le
sentaba fatal que me hiciera el cojo, de modo
que cuando teníamos conflictos laborales me pasaba
la mañana renqueando.
-¡Deja
de cojear! -gritaba como un energúmeno.
Yo
le decía que me dolía el pie y nunca encontró
la manera de demostrar lo contrario. Era un jefe
psicosomático. Le llamábamos así, El Psicosomático,
porque se apropiaba de cualquier síntoma que pasara
cerca de él. De hecho, los días que yo cojeaba
para quejarme de esto o de lo otro, él regresaba
a casa cojeando también. En cierta ocasión empecé
a quejarme del estómago y a las dos horas hubo
que llevarle a urgencias con un ataque de apendicitis.
Un día hice como que me había quedado ciego de
repente y al salir de la oficina le pilló un coche
por cruzar la calle sin mirar. Eso dijeron, pero
yo creo que fue por cruzar la calle sin ver. Era
muy fácil hacerle la vida imposible.
Tuve
otro jefe que clausuró una zona de los servicios
y colocó un cartel en el que ponía: "Aseo de jefes".
Todos los días, a las diez de la mañana, le pedía
la llave a la secretaria y se retiraba a meditar.
No recuerdo cómo, conseguimos hacer una copia
de la llave y le dejábamos anónimos absurdos pegados
al espejo: "Aquí hizo pis un empleado normal y
corriente en febrero del 79". Incomprensiblemente,
estas notas le daban rabia en lugar de darle risa¼
-¿Quién
ha escrito esto? -gritaba hecho una furia, agitando
el papelito en el aire.
-Pero
si sólo tiene llave usted -respondíamos con expresión
ingenua, como si se tratara de un fenómeno paranormal.
Cambió la cerradura siete veces, pero siempre
lográbamos sacar una copia. Al final le hicimos
creer que el autor de las notas era él mismo y
que las escribía con una parte de sí mismo de
la que no era consciente.
-Como
el estrangulador de Boston -añadíamos, insinuando
que podía acabar matando ancianitas si no se controlaba
un poco.
Al
final renunció a tener un aseo para él solo, aunque
era lo que más ilusión le hacía de ser jefe, y
quitó el cartel, que logré llevarme a casa, de
recuerdo. Todavía anda dando vueltas por ahí.
Mi
jefe, en cambio, ya no da vueltas, ni siquiera
camina en línea recta: falleció de la próstata
y en el velatorio fue muy comentada, entre risas,
esta manía suya tan territorial.
Al
que le sustituyó le molestaba mucho que oyéramos
la radio, aunque ello no afectara a nuestro trabajo,
que consistía en poner a la derecha los papeles
que otro había puesto a la izquierda. Como le
gustaban los trámites, llevó a cabo la prohibición
a través de una circular difícil de entender donde
se argumentaba que la empresa nos pagaba por disponer
de nuestro cuerpo y de nuestra mente durante toda
la jornada laboral. Según él, la radio nos arrebataba
la mente, que por otra parte jamás llegamos a
utilizar para cambiar de sitio los papeles ni
para comunicarnos con él.
Un día se me ocurrió ponerme unos cascos en las
orejas escondiendo en el cajón el extremo de los
cables. Cuando se acercó con expresión de triunfo
para echarme la bronca y vio que no había radio,
se quedó helado. Sufrió lo indecible el pobre,
pues yo de vez en cuando a veces sonreía ensimismado,
como si estuviera oyendo un programa muy gracioso.
Al poco, todo el mundo llevaba cascos y todo el
mundo sonreía ensimismado.
El
hombre hizo varios borradores de circular intentando
prohibir los cascos, pero los rompió todos por
temor al ridículo. Más tarde, uno de los compañeros
nos confesó que oía voces a través de los cascos
y aquello sirvió de tema de conversación durante
varios meses. No hay nada como un jefe prohibidor
para estimular la imaginación de la gente.
El
caso es que los policías de Madrid se tiñeron
de verde para molestar a Cotino. No conozco personalmente
a Cotino, pero parece muy susceptible. Lo más
probable es que tenga un servicio para él solo
en el que pone "Aseo de jefes".
Si
no da resultado lo del pelo, yo recomendaría a
los policías que se hicieran los cojos. Seguro
que es una de las cosas que más le molestan. La
cojera, al mismo tiempo, humanizaría mucho a los
policías de proximidad. O sea, que ganamos todos.
Ánimo.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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