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"Está todo lleno de realidad, de cascotes.
Nunca los telediarios ni los pulpos fueron tan
reales".
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Pulpos, hongos, humanoides
Llaman del periódico diciendo que no me tome al
pie de la letra lo de hablar de la realidad. Me
salen unas últimas páginas tan tristes que parecen
la primera.
-Cuando queramos que la última página sea la primera,
ya nos encargaremos nosotros de darle la vuelta
al periódico. Tú, a lo tuyo.
Tomo
nota de la llamada de atención y voy con los ojos
muy abiertos para detectar cualquier movimiento
irreal. Pero está todo lleno de realidad, de cascotes.
Nunca los telediarios ni los pulpos fueron tan
reales. Da miedo. Por la noche, en lugar de cruzarme
por el pasillo con los espíritus habituales, me
cruzo con gente verdadera en camiseta de tirantes.
No recuerdo un verano tan real desde aquel otro
de mi juventud en el que los americanos, huyendo
también de su realidad, pisaron la Luna. Vi el
alunizaje en un bar, tomándome un bocadillo de
calamares, y no me pareció tan increíble que llegaran
a la Luna, porque yo entonces intentaba llegar
a fin de mes y me hacía cargo de las dificultades.
Así que, buscando desesperadamente algo irreal,
veo en la prensa un anuncio de la revista Enigmas,
que dirige el doctor Jiménez del Oso, con la siguiente
interrogación: "¿Visitó un humanoide las tierras
extremeñas?". Dios mío, estuve casualmente hace
poco en Extremadura y a mí me pasa lo que a un
paciente de Freud: que padecía de reproches obsesivos,
así que, cuando leía en el periódico que se había
descubierto una falsificación, pensaba que estaba
complicado en ella. Compro un ejemplar de Enigmas
y lo primero que me llama la atención es que no
es un ejemplar, sino dos. Uno de ellos, en forma
de periódico, te lo regalan, lo mismo que ese
frasco de champú adosado a la botella de gel.
La relación entre el gel y el champú se entiende,
pues cada producto lava una parte del cuerpo.
Pero la relación de la revista enigmática con
el periódico esotérico es redundante, pues las
dos lavan la misma zona del cerebro.
En
cuanto al humanoide extremeño, me apresuro a decir
en mi descargo que no era yo, pues "el extraño
visitante emitía un sonido que se asemejaba al
de un compresor o al de una rueda al desinflarse".
No hago esos ruidos. El reportero no explica qué
le hicieron los extremeños al humanoide, pero,
según Enigmas, el alcalde de Escurial, lugar de
la aparición, "ha salido en defensa de sus vecinos
respaldando hasta la saciedad la honestidad y
nobleza de éstos". Hasta la saciedad. Podía haber
defendido el honor de sus vecinos hasta el agotamiento,
hasta la muerte, hasta Cáceres, pero lo hizo hasta
la saciedad. Pienso yo, sin ánimo de hablar de
la realidad, que un alcalde jamás debería hartarse
de defender el honor de sus vecinos, sobre todo
si ha sido puesto en cuestión por un humanoide,
extremeño o no.
Apenas
me había repuesto del sobresalto paranoico del
humanoide que visitó las tierras extremeñas, cuando
tropiezo en otra revista con la foto robot del
hombre que secuestró en su furgoneta a dos turistas
alemanas y que, como es habitual, se me parece.
Huyo, pues, hacia mi propio periódico en busca
de un poco de paz y, buceando detrás de los sepelios,
leo en un reportaje sobre extraterrestres que
un tal Roger Leir afirma haber realizado ocho
operaciones quirúrgicas a individuos con objetos
de naturaleza extraterrestre implantados en la
nuca. Me toco la nuca con la yema de los dedos
y, como es natural, noto un pequeño bulto pánico
en la zona.
Todo
ello sin dejar de leer que el 34% de los estadounidenses
sospechan que ya hemos sido visitados por extraterrestres.
Más aún: acaban de descubrir en Oregón (¿dónde,
si no?) un hongo del tamaño de 900 campos de fútbol.
El titular dice que se trata de un hongo gigante
por si no nos diéramos cuenta por nuestros propios
medios. Si Carl Sagan levantara la cabeza y viera
el retrato robot del hombre de la furgoneta, diría
que se trata de un extraterrestre, y que soy yo.
O que es un hongo, y que soy yo. O un humanoide
extremeño, y que soy yo. Me pongo, pues, pese
al calor, una bufanda para tapar el bulto de la
nuca y salgo a comprar un pulpo que llevo a todas
partes de la mano, o del tentáculo, para desviar
la atención de la gente hacia el animal y que
no me miren a la cara. Ni a la nuca. Y que les
distraiga en lo posible de la carga de realidad
o de amonal de la primera página. Acompaño en
el sentimiento a todo el mundo y quede claro que
no soy el del retrato robot. Ni el humanoide.
Ni, por supuesto, el pulpo.
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que mañana podrás leer un nuevo
ARTICUENTO de Juan José Millás.

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