EDUARDO MENDOZA  
LA OBRA
 

TRADUCCIONES

Cartas de Lord Byron.
Traducción de Eduardo Mendoza

:: A JOHN MURRAY

:: A THOMAS MOORE

A JOHN MURRAY
Venecia, 2 de enero de 1817

BYRONEstimado señor. Muchas gracias por sus noticias y por el optimismo de su carta. Venecia y yo nos avenimos mucho, pero no tengo nada que agregar, salvo lo referente a la última Ópera, a lo que ya le conté en mi última carta. El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes, y también muchas componendas porque todo el mundo está urdiendo sus intrigas para la temporada que empieza -mudándose o prorrogando sus arriendos-. Yo estoy muy bien con Marianna, que no es en absoluto persona que me canse, en primer lugar porque yo no me canso de una mujer por mi propia inclinación, sino porque ellas suelen ser de natural aburridas; en segundo lugar, porque es afable y tiene un tacto poco común entre la parte más bella de la creación, y 3º, porque es muy guapa, y 4º… pero no es momento de entrar en detalles. Desde que llegué a Venecia he pasado con ella buena parte de mi tiempo, y nunca veinticuatro horas sin dar y recibir de una a tres (y a veces más) pruebas inequívocas de nuestro mutuo agrado. Hasta el momento nos hemos llevado muy bien, y en cuanto al futuro, yo nunca hago vaticinios. "Carpe Diem", al menos el pasado es nuestro -lo que es una buena razón para asegurarse el presente-. Y basta ya de mis propias relaciones.

Por lo que hace al estado de las costumbres aquí, poco difiere del tiempo de los Dux: se considera virtuosa (según el código) a la mujer que se limita a un marido y un amante -la que tiene dos, tres o más, es un poco "alocada"-, pero sólo se considera que faltan al decoro del matrimonio las que son indiscriminadamente difusas y establecen relaciones de bajo rango, como la Princesa de Gales con su Recadero (a quien, por cierto, han hecho Caballero de Malta). En Venecia, la Nobleza es proclive a casarse con bailarinas y cantantes, y, a decir verdad, las mujeres de su propia clase no son guapas. En cambio la raza común, las mujeres de segundo orden y los siguientes, las esposas de los abogados, comerciantes y propietarios, y las clases sin título, son por lo general "bel' sangue", y con éstas es con las que se suelen establecer lazos amatorios. También se dan casos de admirable constancia. Conozco a una mujer de cincuenta años que sólo tuvo un amante, que murió pronto, tras o cual se volvió devota y renunció a todo salvo a su marido. Como cabe suponer, se vanagloria de su milagrosa fidelidad, refiriéndose a ella en un tono de moralidad fuera de lugar que resulta bastante divertido. Aquí no hay forma de convencer a una mujer de que se desvía un ápice de la norma o de la conveniencia de las cosas si tiene un "Amoroso". El mayor pecado parece ser mentir para ocultarlo, o tener más de uno, a menos, claro está, que esta extensión de la prerrogativa sea entendida y aprobada por el anterior causahabiente. En mi caso, no sé si hubo algún predecesor, y estoy seguro de que no hay un copartícipe. Me inclino a pensarlo debido a la juventud de la otra parte, y a la forma franca y sin disimulo con que todos lo admiten todo en esta parte del mundo cuando hay algo que admitir, así como por otras circunstancias, a saber, que el matrimonio es reciente, etcétera, etcétera. Que esta ocasión sea el "premier pas" no significa gran cosa.

Quedo suyo afectísimo

A THOMAS MOORE
Venecia, 28 de enero de 1817

BYRON Tengo ante mí tu carta del 8. El remedio para la hipertensión es simple: abstinencia. Hace unos años me vi obligado a recurrir a lo mismo, es decir, a la "dieta", y, con la excepción de algunas semanas o días festivos (que pueden ser meses de cuando en cuando) me he mantenido fiel a Pitágoras desde entonces. Hazme saber que estás mejor. […]

Venecia está en el "estro" del carnaval, y he pasado las dos últimas noches en blanco, en el "ridotto" y la ópera y en todo tipo de cosas. Ahora te voy a contar una aventura. Hace unos días un gondolero me trajo un billete sin firma, que me transmitía el deseo de su autora de reunirse conmigo en una góndola o en la isla de San Lázaro o en un tercer lugar de cita que indicaba la nota. "Conozco bien el carácter de nuestro país", en Venecia "las mujeres dejan ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos", etcétera, etcétera; de modo que respondí diciendo que ninguno de los tres lugares me convenía, pero que estaría a las diez de la noche en casa "solo", o en el "ridotto" a medianoche, donde la persona interesada podía encontrarme enmascarada. A las diez en punto estaba en casa y solo (Marianna había ido con su marido a una "conversazione", cuando la puerta de mi apartamento se abrió y entró una mujer de unos diecinueve años, agraciada y (para ser italiana) "blonda", la cual me informó de que estaba casada con el hermano de mi "amorosa" y que deseaba hablar conmigo. Yo le di una respuesta cortés y charlamos un rato en italiano y en romaico (pues su madre era griega de Corfú), cuando ¡oh sorpresa! al cabo de unos minutos entra, con gran asombro por mi parte, Marianna Segati, "in propia persona", y después de hacer una cortés reverencia a su cuñada y a mí, sin proferir una sola palabra, agarra a la susodicha cuñada por el cabello y le arrea unos dieciséis bofetones que te habrían hecho daño en las orejas con sólo oír el eco. No hace falta que describa el griterío que se produjo. La infortunada visitante se dio a la fuga. Yo sujeté a Marianna, quien, tras varios esfuerzos vanos por salir en persecución de su enemiga, tuvo un soponcio en mis brazos y, a pesar de los razonamientos, el agua de Colonia, el vinagre, media pinta de agua y sabe Dios qué otras aguas, siguió en ese estado hasta pasada la medianoche.

Después de haber maldecido a mis criados por dejar entrar a alguien sin haberme advertido, descubrí que por la mañana Marianna había visto al gondolero de su cuñada en las escaleras y, sospechando que esta aparición no auguraba nada bueno para ella, o bien había regresado por su cuenta, o bien había hecho que sus doncellas u otro espía acudieran a la "conversazione" donde ella estaba y de donde había venido a practicar esta escena de pugilismo. Ya había visto antes ataques de nervios y también alguna pequeña escena de la misma índole dentro y fuera de la isla, pero la cosa no acabó aquí. Al cabo de una hora aparece ¿quién? nada menos que el Signor Segati, su dueño y marido, y me encuentra con su mujer desmayada en el sofá, y todo el aparato de la confusión, cabellos alborotados, sombreros, pañuelos, sales, frascos, y la ama postrada y exánime. Su primera pregunta fue "¿Qué significa todo esto?". La dama no podía responder, respondí yo. Le dije que la explicación era la cosa más sencilla del mundo, pero que por el momento había que devolverle a su mujer, al menos, el sentido. Lo que se consiguió tras el consabido trámite de suspiros y exhalaciones. No te alarmes, los celos no están de moda en Venecia y las dagas son cosas del pasado y los duelos por cuestiones de amor inexistentes, al menos con el marido. Pero así y todo fue un asunto embarazoso; y aunque él debía saber que yo le hacía el amor a Marianna, creo que hasta esa noche no se había hecho a la idea de hasta dónde habían llegado las cosas. Es bien sabido que casi todas las mujeres casadas tienen un amante, pero suelen guardar las formas, como en otros países. Por lo tanto, yo no sabía qué diablos decir. No podía decir la verdad por consideración a ella, y decidí no mentir por consideración a mí; además, la situación hablaba por sí sola. Pensé que lo mejor sería dejar que eligiera ella misma la explicación (una mujer nunca carece de recursos, el diablo siempre está de su parte) y limitarme a protegerla y a rescatarla si se producía algún acto de ferocidad por parte del Signor. Vi que él estaba bastante tranquilo, así que me fui a la cama y al día siguiente, cómo, yo no lo sé, pero ya estaba todo arreglado. Bueno, entonces tuve que explicar a Marianna lo de su nunca bien denostada cuñada, cosa que hice jurando mi inocencia, mi eterna constancia, etcétera, etcétera. Pero la cuñada, muy enfadada por haber recibido aquel trato (y sin la más mínima vergüenza) contó el lance a medio Venecia y los criados (convocados por la pelea y el desmayo) a la otra mitad. Pero aquí nadie se preocupa por estas menudencias, salvo para divertirse con ellas. No sé si a ti también te habrán divertido, pero con estas locuras he acabado escribiendo una carta bien larga.

Con el afecto de siempre

Byron

Débil es la carne. Correspondencia veneciana (1816-1819), de Lord Byron, Tusquets, 1999.

:: A THOMAS MOORE

:: A JOHN MURRAY

Otras traducciones

"Antoni i Cleopatra" de William Shakespeare.
Traducción al catalán representada por la Compañia Anexa Espectacles dentro del Festival Grec 1995.

"Howards End", de E.M. Forster.
Publicada primero en Planeta, esta misma traducción apareció en 1981, con el título de "La mansión" en Alianza Tres.

"A View from the Bridge", (Panorama desde el Puente) de Arthur Miller.
Traducción al castellano, para un montaje de Miguel Narros.

 
 
© Eduardo Mendoza 2001
   
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