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A JOHN MURRAY
Venecia, 2 de enero de 1817
Estimado
señor. Muchas gracias por sus noticias y por el optimismo
de su carta. Venecia y yo nos avenimos mucho, pero
no tengo nada que agregar, salvo lo referente a la última
Ópera, a lo que ya le conté en mi última carta. El Carnaval
está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes, y también
muchas componendas porque todo el mundo está urdiendo sus
intrigas para la temporada que empieza -mudándose o prorrogando
sus arriendos-. Yo estoy muy bien con Marianna, que
no es en absoluto persona que me canse, en primer lugar porque
yo no me canso de una mujer por mi propia inclinación, sino
porque ellas suelen ser de natural aburridas; en segundo lugar,
porque es afable y tiene un tacto poco común entre la parte
más bella de la creación, y 3º, porque es muy guapa, y 4º…
pero no es momento de entrar en detalles. Desde que llegué
a Venecia he pasado con ella buena parte de mi tiempo, y nunca
veinticuatro horas sin dar y recibir de una a tres (y a veces
más) pruebas inequívocas de nuestro mutuo agrado. Hasta el
momento nos hemos llevado muy bien, y en cuanto al futuro,
yo nunca hago vaticinios. "Carpe Diem", al menos el pasado
es nuestro -lo que es una buena razón para asegurarse el presente-.
Y basta ya de mis propias relaciones.
Por
lo que hace al estado de las costumbres aquí, poco difiere
del tiempo de los Dux: se considera virtuosa (según
el código) a la mujer que se limita a un marido y un amante
-la que tiene dos, tres o más, es un poco "alocada"-, pero
sólo se considera que faltan al decoro del matrimonio las
que son indiscriminadamente difusas y establecen relaciones
de bajo rango, como la Princesa de Gales con su Recadero
(a quien, por cierto, han hecho Caballero de Malta).
En Venecia, la Nobleza es proclive a casarse con
bailarinas y cantantes, y, a decir verdad, las mujeres de
su propia clase no son guapas. En cambio la raza común,
las mujeres de segundo orden y los siguientes, las esposas
de los abogados, comerciantes y propietarios, y las clases
sin título, son por lo general "bel' sangue", y con éstas
es con las que se suelen establecer lazos amatorios. También
se dan casos de admirable constancia. Conozco a una mujer
de cincuenta años que sólo tuvo un amante, que murió pronto,
tras o cual se volvió devota y renunció a todo salvo a su
marido. Como cabe suponer, se vanagloria de su milagrosa
fidelidad, refiriéndose a ella en un tono de moralidad fuera
de lugar que resulta bastante divertido. Aquí no hay forma
de convencer a una mujer de que se desvía un ápice de la
norma o de la conveniencia de las cosas si tiene un "Amoroso".
El mayor pecado parece ser mentir para ocultarlo, o tener
más de uno, a menos, claro está, que esta extensión de la
prerrogativa sea entendida y aprobada por el anterior causahabiente.
En mi caso, no sé si hubo algún predecesor, y estoy seguro
de que no hay un copartícipe. Me inclino a pensarlo debido
a la juventud de la otra parte, y a la forma franca y sin
disimulo con que todos lo admiten todo en esta parte del
mundo cuando hay algo que admitir, así como por otras circunstancias,
a saber, que el matrimonio es reciente, etcétera, etcétera.
Que esta ocasión sea el "premier pas" no significa gran
cosa.
Quedo
suyo afectísimo
A THOMAS MOORE
Venecia, 28 de enero de 1817
Tengo
ante mí tu carta del 8. El remedio para la hipertensión
es simple: abstinencia. Hace unos años me vi obligado a
recurrir a lo mismo, es decir, a la "dieta", y, con la excepción
de algunas semanas o días festivos (que pueden ser meses
de cuando en cuando) me he mantenido fiel a Pitágoras
desde entonces. Hazme saber que estás mejor. […]
Venecia está en el "estro" del carnaval, y he pasado
las dos últimas noches en blanco, en el "ridotto" y la ópera
y en todo tipo de cosas. Ahora te voy a contar una aventura.
Hace unos días un gondolero me trajo un billete sin firma,
que me transmitía el deseo de su autora de reunirse conmigo
en una góndola o en la isla de San Lázaro o en un
tercer lugar de cita que indicaba la nota. "Conozco bien
el carácter de nuestro país", en Venecia "las mujeres dejan
ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus
maridos", etcétera, etcétera; de modo que respondí diciendo
que ninguno de los tres lugares me convenía, pero que estaría
a las diez de la noche en casa "solo", o en el "ridotto"
a medianoche, donde la persona interesada podía encontrarme
enmascarada. A las diez en punto estaba en casa y solo (Marianna
había ido con su marido a una "conversazione", cuando la
puerta de mi apartamento se abrió y entró una mujer de unos
diecinueve años, agraciada y (para ser italiana) "blonda",
la cual me informó de que estaba casada con el hermano de
mi "amorosa" y que deseaba hablar conmigo. Yo le di una
respuesta cortés y charlamos un rato en italiano y en romaico
(pues su madre era griega de Corfú), cuando ¡oh sorpresa!
al cabo de unos minutos entra, con gran asombro por mi parte,
Marianna Segati, "in propia persona", y después de
hacer una cortés reverencia a su cuñada y a mí, sin proferir
una sola palabra, agarra a la susodicha cuñada por el cabello
y le arrea unos dieciséis bofetones que te habrían hecho
daño en las orejas con sólo oír el eco. No hace falta que
describa el griterío que se produjo. La infortunada visitante
se dio a la fuga. Yo sujeté a Marianna, quien, tras varios
esfuerzos vanos por salir en persecución de su enemiga,
tuvo un soponcio en mis brazos y, a pesar de los razonamientos,
el agua de Colonia, el vinagre, media pinta de agua
y sabe Dios qué otras aguas, siguió en ese estado hasta
pasada la medianoche.
Después
de haber maldecido a mis criados por dejar entrar a alguien
sin haberme advertido, descubrí que por la mañana Marianna
había visto al gondolero de su cuñada en las escaleras y,
sospechando que esta aparición no auguraba nada bueno para
ella, o bien había regresado por su cuenta, o bien había
hecho que sus doncellas u otro espía acudieran a la "conversazione"
donde ella estaba y de donde había venido a practicar esta
escena de pugilismo. Ya había visto antes ataques de nervios
y también alguna pequeña escena de la misma índole dentro
y fuera de la isla, pero la cosa no acabó aquí. Al cabo
de una hora aparece ¿quién? nada menos que el Signor
Segati, su dueño y marido, y me encuentra con su mujer
desmayada en el sofá, y todo el aparato de la confusión,
cabellos alborotados, sombreros, pañuelos, sales, frascos,
y la ama postrada y exánime. Su primera pregunta fue "¿Qué
significa todo esto?". La dama no podía responder, respondí
yo. Le dije que la explicación era la cosa más sencilla
del mundo, pero que por el momento había que devolverle
a su mujer, al menos, el sentido. Lo que se consiguió tras
el consabido trámite de suspiros y exhalaciones. No te alarmes,
los celos no están de moda en Venecia y las dagas
son cosas del pasado y los duelos por cuestiones de amor
inexistentes, al menos con el marido. Pero así y todo fue
un asunto embarazoso; y aunque él debía saber que yo le
hacía el amor a Marianna, creo que hasta esa noche no se
había hecho a la idea de hasta dónde habían llegado las
cosas. Es bien sabido que casi todas las mujeres casadas
tienen un amante, pero suelen guardar las formas, como en
otros países. Por lo tanto, yo no sabía qué diablos decir.
No podía decir la verdad por consideración a ella, y decidí
no mentir por consideración a mí; además, la situación hablaba
por sí sola. Pensé que lo mejor sería dejar que eligiera
ella misma la explicación (una mujer nunca carece de recursos,
el diablo siempre está de su parte) y limitarme a protegerla
y a rescatarla si se producía algún acto de ferocidad por
parte del Signor. Vi que él estaba bastante tranquilo, así
que me fui a la cama y al día siguiente, cómo, yo no lo
sé, pero ya estaba todo arreglado. Bueno, entonces tuve
que explicar a Marianna lo de su nunca bien denostada cuñada,
cosa que hice jurando mi inocencia, mi eterna constancia,
etcétera, etcétera. Pero la cuñada, muy enfadada por haber
recibido aquel trato (y sin la más mínima vergüenza) contó
el lance a medio Venecia y los criados (convocados por la
pelea y el desmayo) a la otra mitad. Pero aquí nadie se
preocupa por estas menudencias, salvo para divertirse con
ellas. No sé si a ti también te habrán divertido, pero con
estas locuras he acabado escribiendo una carta bien larga.
Con
el afecto de siempre
Byron
Débil
es la carne. Correspondencia veneciana
(1816-1819), de Lord Byron, Tusquets, 1999.
Otras
traducciones
"Antoni i Cleopatra" de William Shakespeare.
Traducción al catalán representada por la
Compañia Anexa Espectacles dentro del Festival
Grec 1995.
"Howards End", de E.M. Forster.
Publicada primero en Planeta, esta misma traducción
apareció en 1981, con el título de "La
mansión" en Alianza Tres.
"A
View from the Bridge", (Panorama desde el
Puente) de Arthur Miller.
Traducción
al castellano, para un montaje de Miguel Narros.

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