La
muerte de la novela o el arte de no saber callar
a tiempo
Es
ya un tópico el que muchas polémicas revistan
desde sus inicios un interés mayor que el tema
sobre el que giran. Cuando esto sucede, los que
intervienen suelen iniciar sus intervenciones
con esta afirmación, es decir, que el tema
no justifica los argumentos que a continuación
se expondrán, pero que se expondrán de todos modos
para evitar que el silencio pueda interpretarse
como claudicación ante los argumentos del contrario.
Algo así está sucediendo en el debate iniciado
(o reiniciado, pues se trata, sin duda, de un
debate tan antiguo como la Humanidad) a
partir de unas declaraciones mías de hace ya dos
años relativas a la crisis de la novela actual.
Cuando dije lo que entonces dije (y enseguida
repetiré) no pensé que mis palabras fueran a provocar
ninguna reacción. Ni mi inserción en el campo
de la teoría literaria (inexistente) ni los argumentos
que entonces esgrimí (ninguno) justificaban, a
mi modo de ver, al que fueran interpretadas como
otra cosa que una opinión personal expresada en
el curso de una entrevista. Sin embargo la reacción
se produjo, y de un modo continuado y en diversos
medios: informativos y académicos. En realidad,
el debate nunca o casi nunca ha versado sobre
mis palabras. Si algo dije, pronto se dejó de
lado para entrar en un tema más amplio, al que
yo no me había referido, es decir, al de la muerte
o crisis de la novela. El que mis palabras suscitarán
este debate mi hizo pensar en que el asunto estaba
en el aire, y que yo me había limitado, con más
ingenuidad que perspicacia, a arrimar una ascua
a la mecha.
Ahora
bien, como todos los que intervienen en el debate
empiezan diciendo, ¿vale realmente la pena abordar
el tema?, ¿a quién le importa si la novela se
ha muerto o si se está muriendo o si sólo lo parece?
A la primera pregunta responderé que probablemente
a muchas personas. En esto no hay paradoja.
A la literatura (no sólo a la novela) le ha pasado
una cosa harto normal: que el éxito está apunto
de acabar con ella. No es un descubrimiento el
que de unas décadas a esta parte la cultura ha
subido muchos peldaños en la escalera política
y social. Se ha convertido en un importante elemento
de prestigio externo y de cohesión interna; y
también en una fuente de ingresos nada desdeñable.
Hace cincuenta años se habría tachado de
loco e idiota a quién hubiera dicho que la llamada
civilización occidental, cuya razón de ser se
fundaba en la ética del trabajo y la producción,
se transformaría en una civilización de ocio,
desmantelaría concienzudamente sus medios de producción
y concedería más valor a un museo o a un teatro
de la ópera que a una fábrica textil o a un complejo
metalúrgico. Pero así ha ocurrido. De resultas
de ello, el poder, político y económico, se ha
apropiado de la cultura. Ahora la dirige
y la explota. También la propicia invirtiendo
ingentes cantidades de dinero y poniendo a su
disposición el inmenso aparato de los medios de
difusión, no sólo los más modernos, sino los más
clásicos: la Universidad, la Academia,
la pompa y circunstancia de los honores cortesanos.
Por la naturaleza de su actividad, algunos artistas
(por utilizar un término resbaladizo pero sencillo)
estaban acostumbrados a ser figuras públicas:
cantantes, músicos, actores, bailarines, etc.
Otros, por el contrario, vivían en el subsuelo
de la sociedad, en núcleos pequeños, homogéneos
y autosuficientes: poetas, novelistas, compositores.
Los pintores pertenecían a un género intermedio:
su actividad era solitaria, como la del poeta,
pero tenían un contacto mucho más directo con
su clientela,. Todo esto ha cambiado. Ahora los
escritores somos, dentro de ciertos, bienaventurados
límites, personas públicas. Se solicita y propaga
nuestra opinión sobre muchos temas, incluso literatura
(o peor aún, nuestra propia obra), se solicita
y propaga nuestra presencia física: en programas
de televisión, mesas redondas, simposios, presentaciones
de libros, inauguraciones de grandes espacios
comerciales donde la cultura o sus derivados figuran
entre las mercaderías más conspicuas.
Nada
de esto nos debe escandalizar. El demonio consiguió
hacer pecar a Adán y Eva y desde
entonces no ha parado de inducirnos a dejar el
buen camino. Como además de listo es maligno,
nunca nos tienta con lo que nos apetecería: a
los anacoretas les ofrecía bellísimas huríes y
a nosotros, complicadísimos vínculos contractuales
con gigantes multinacionales de la edición. El
remedio, en ambos casos, es el mismo: la continencia.
Antiguamente
el escritor al uso tenía problemas muy graves,
empezando por el de la subsistencia. En cambio
sabía muy bien quién era, qué hacía y cómo se
tenía que comportar. Incluso sabía cómo tenía
que vestir. Hoy en día el escritor, a poco que
tenga oficio, puede vivir de escribir, pero ya
no sabe dónde está. Si además le sonríe la fortuna,
acaba convertido en un espécimen de aeropuerto
y hotel, conoce la gastronomía de los cinco continentes
y no vuelve a hablar jamás de literatura, que
es, en el fondo, lo único que verdaderamente le
interesa. Cuando lo hace, lo hace subido al estrado,
frente a un magnetofón y a uno o varios fotógrafos.
No hay espectáculo menos interesante. Supongo
que por eso cuando alguien apunta un tema polvoriento
y raído, como el de la muerte o crisis
de la novela, que tiene resabios de vieja tertulia,
salta al ruedo con un entusiasmo digno de esta
causa, porque no hay otra mejor. ¿Me estoy yendo
demasiado lejos? Supongo que sí.
Yo
no dije en ningún momento que la novela hubiera
muerto. Sólo dije que en estos momentos
la novela tenía que replantearse su forma y su
razón de ser. Este replanteamiento podía llevar
a conclusiones luctuosas o no. Pero lo
cierto era que no se podía seguir así. No es,
por supuesto, la primera vez que esta necesidad
se plantea. De hecho, cada novela que se escribe
en el mundo pone en cuestión las que se escribirán
a partir de ese momento. Algunas, bien es verdad,
con más perentoriedad que otras. Lo mismo sucede
con determinados acontecimientos históricos o
culturales. No se puede escribir igual antes y
después de la aparición del cine o de la televisión,
o antes y después de la segunda guerra mundial.
¿Qué
ha pasado en los últimos años que condicione la
novela? No tengo una noción cabal ni exhaustiva
de la situación, pero creo que algo importante,
a saber, un cambio radical en el modo de leer.
A este cambio han contribuido varios factores.
Ya hablé una vez de la labor de las llamadas vanguardias,
que consiguieron convertir al consumidor de arte
en crítico de arte. La enseñanza académica, sobre
todo a nivel escolar, con su empeño por forzar
actitudes analíticas en los alumnos, también ha
influido en este sentido. Supongo que hay más.
Por ejemplo, la oferta de los medios audiovisuales,
que ha desplazado en buena parte (aunque no del
todo) la novela como forma de honesto entretenimiento.
Por decirlo de un modo gráfico, la novela ha pasado
del sofá al pupitre.
Lo
dicho se aplica tanto a las novelas de nuevo cuño,
que ya nacen con este condicionamiento, como a
las que fueron escritas antes, incluso hace siglos.
Quiero decir que las novelas que hoy leemos no
son las novelas que entonces se escribieron, del
mismo modo que la pintura que se pintó hace siglos
para inspirar devoción en una iglesia no es la
misma que hoy admiramos en la sala de un museo.
El cambio de la mirada altera el sentido del cuadro
y también su valor, aunque no niego que tal vez
se altere a la alza. En cualquier caso, el éxito
de algunas ediciones recientes de los clásicos,
en las que el aparato crítico tiene un peso igual
si no superior al texto original, parece corroborar
lo que digo.
Ahora
bien, en el supuesto de que yo esté en lo cierto,
la pregunta es: ¿de qué modo este cambio o estos
cambios han de afectar al novelista en el momento
de sentarse a escribir una novela? La respuesta
no sorprenderá a nadie: no lo sé. Pero no importa,
porque la pregunta está mal planteada. Cuando
un novelista se sienta a escribir una novela no
piensa en estas cosas. Si las piensa, las piensa
antes de sentarse. Y es posible que lo que piense
le lleve a no sentarse. También es posible que
le lleve a un estado de perplejidad que
no es incompatible con la creación. Por lo general
una novela no se escribe de un tirón en unas cuantas
horas. Es un proceso largo, en el cual intervienen
muchos elementos, algunos intuitivos, otros reflexivos,
y a lo largo del cual se pasa por diferentes etapas.
Hay momentos de desconcierto, no sólo con respecto
a la palabra o al párrafo (éstos se producen cada
diez minutos), sino sobre el sentido e incluso
la sensatez de lo que se está haciendo. En estos
períodos es donde interviene la reflexión sobre
la novela en abstracto. Por una convención
extraña, los novelistas se dividen en dos tipos:
los que manifiestan que escribir es sufrir a todas
horas, y los que manifiestan que escribir les
produce un placer sin límites. No creo que la
realidad sea tan radical. La tarea del novelista
pasa por ratos buenos y ratos malos. No está mal:
algunos oficios sólo ofrecen ratos malos a quienes
los desempeñan.
Si
alguien ha tenido la paciencia de leer hasta
aquí, se habrá ganado el derecho a preguntarme,
después de toda esta farfolla, si en
definitiva creo que la novela ha muerto o no.
Intentaré salir airoso con un símil. Para los
antiguos egipcios una momia no era una persona
viva, pero tampoco definitivamente muerta. Quizás
ésta sea ahora la situación de la novela.
[Publicado en el catálogo
de Seix Barral, enero-marzo de 1999.]