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Cancionero del negro José

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La muerte de la novela Quijote


Ilustraciones: pinturas de Carlos Pazos.


De viejo, sentado junto a la estufa, con la gorra de lana hasta las cejas, la bufanda enrollada al cuello, las piernas cubiertas por una manta de cuadros, con las zapatillas de felpa asomando por debajo de la manta el negro José me contó esta historia. Era la historia de cómo aprendió toda la música que luego desarrolló durante tantas décadas. Entre los siete y los ocho años lo aprendió todo. Fue cuando llegó al barrio donde vivía el negro José un hombre muy rico llamado don Juanele. Era natural del barrio, amigo de infancia del abuelo del negro José. De niño había emigrado a Europa, había conocido épocas terribles, también épocas de bonanza y prosperidad. Trabajando duro y aprovechando todas las ocasiones de hacer dinero se había enriquecido. Había formado una familia y luego la había perdido. Ahora, viejo y solo, inmensamente rico, regresaba a su ciudad natal, a su barrio. A los que fueron a verle les dijo que volvía para recuperar la memoria de las cosas olvidadas. El tiempo y las penas habían mermado su salud y especialmente su vista. Don Juanele era ciego. Los padres del negro José lo colocaron de acompañante de ciego. Por unas perras llevaba todos los días de paseo al ciego por el viejo barrio. Como una estampa antigua caminaba delante a pasitos cortos el negro José, el ciego detrás, con la mano en el hombro del negro José. Cada poco se detenía el ciego y apretaba con la mano el hombro del negro José como si algo le hubiera alarmado. Negro José, ¿qué ruido es ése? Nada, don Juanele, es el ruido de las olas rompiendo en el malecón. ¡Ah, las olas en el malecón! Bien, sigamos. Y al cabo de un rato, la misma cosa. Negro José, ¿qué riña es ésa? Nada, don Juanele, unas mulatas llevando pollos al mercado a vender. ¿Y por qué pelean? No pelean, don Juanele, es su manera de hablar. Pues vamos tras ella, negro José, hace tantos años que no voy al mercado. En el mercado todo era confusión. ¿Qué ruido es ése, negro José? Ruido de cacerolas, don Juanele. ¿Y ése otro? El vapor del café. ¿Y ése más recio? A la gorda Elvira se le cayó un plato. ¿Se rompió el plato, negro José ?, dime, ¿se rompió el plato? Se hizo añicos, don Juanele, pero no se apure usted, era un plato de barro sin ningún valor.

El pobre ciego trataba de identificar cada sonido con algún recuerdo de su propia infancia. Yo de niño rompí una vez una fuente de porcelana. Una fuente de servir, llena de papas. Las papas estaban recién salidas del horno y la fuente quemaba como un tizón. Nadie me lo advirtió y me abrasé las manos. Entonces dejé ir la fuente. Era una pieza buena, de la vajilla de lujo. La habíamos sacado aquel día porque era Navidad. Eso pasó antes del 98, cuando aún se cantaba el himno de España. Pero de eso, ¿qué has de saber tú, negrito José? Ay madre, ¿qué fue ese alboroto? Una tontada, don Juanele, no tenga miedo. De entre unos costales de grano salió un ratón y espantó a las mujeres. Todas chillaron y se subieron las faldas. ¿Se las vio mucho? No, don Juanele, a las jóvenes la pantorrilla y a las viejas todo el pernil. Ay, siempre es lo mismo, negro José. El pobre ciego había traído consigo, dentro de su cabeza, todos los recuerdos de la infancia ordenados a su propio aire, revueltos y deformados, ya irreconocibles por el paso de los años. Aquí ha de haber una fuente con el caño dorado, aquí un árbol de sombra, allí una tienda de muebles antiguos. No hay nada de eso, don Juanele, no acertó una ni por casualidad. ¿Pues qué hay? Un desmonte, don Juanele, y un cerdo negro hocicando en la basura. Ay carajo, si me confundí con París. ¿Tú nunca estuviste en París, negro José? ¿Yo, don Juanele? ¡pues cómo, si apenas cumplí los siete años! ¡Ay, negrito, cuánto te falta por ver! A veces el ciego se cansaba de oír y tomaba la palabra. Entonces contaba cosas de sus viajes por países extraños. Todavía hay lugares donde en el mercado venden niños y niñas de tu edad, negro José, por unas perras. En otros lugares por esas mismas perras viene a tu casa Mickey Mouse el día de tu cumpleaños y te trae una tarta con las velitas encendidas. Claro que no es Mickey Mouse-Mickey Mouse, sino un hombre disfrazado de Mickey Mouse. Pero la tarta sí es de verdad, y las velitas siempre corresponden a los años que cumples ese día. Nunca se equivoca.

Una foca, negrito, una humilde foca que encontré en las playas de Groenlandia, me enseñó la más importante lección de mi vida. ¿Sabes qué fue? No, don Juanele, cómo lo voy a saber. Pues me enseñó a sostener una pelota con la punta de la nariz. Es cosa que nunca se olvida. Incluso ahora, después de tantos años y ciego como estoy, sería capaz de sostener una pelota tanto tiempo como tú quieras. ¿Y eso le sirvió de mucho, don Juanele? ¿De mucho?¡qué carajo! Eso no me sirvió de nada, muchacho. Entonces ¿por qué dice que fue una lección importante, don Juanele? Porque fue importante para mí, negro José. Es lo que llaman una valoración subjetiva. Anda, ve a buscar una pelota y te haré una demostración.


El negro José se fue y regresó con una pelota de colores. Tantas veces como el ciego intentó sostenerla con la nariz se le cayó al suelo. ¡Y qué pelota más mala me diste, negro José!


Ni pesa ni rueda, ve por otra mejor. El negro José se fue y regresó con una pelota pequeña y dura que encontró en las inmediaciones del campo de golf. Esta vez la cosa fue peor, porque la pelota se le metió al ciego en la boca y por poco lo asfixia. ¡Y qué demonio es este negro! ¿pues no ha querido enviarme al otro mundo? Pese a estos pequeños incidentes, el ciego no perdía la serenidad ni la esperanza, y seguía con sus preguntas. ¿Qué pájaro es ése que canta, negro José? Pues un pájaro, don Juanele, como usted acaba de decir. Sí, pero de qué tipo. Cómo lo voy a saber yo, don Juanele. Para mí todos los pájaros son iguales. ¿Y canta en la rama de un árbol? No, don Juanele, en una jaula. ¿Pero igual es un pájaro? ¿Pues qué había de ser, don Juanele? ¡Ay negro, una máquina que imita el canto de los pájaros! En Japón y en Taiwan las fabrican. Allí fabrican unos pájaros artificiales, que apretándoles un botón cantan, y apretándoles otro se callan. Nadie los distingue de los verdaderos por el canto, ni siquiera los propios pájaros. Los japoneses y los chinos de Taiwan todo lo saben imitar a la perfección. Y no les importa que las cosas sean de verdad o de mentira, porque no tienen sangre en las venas. Por eso son de color amarillo. No como nosotros. Nunca verás un negro poniendo un disco. La radio, pase, porque es música que alguien está tocando en alguna parte. Pero un disco, eso nunca.

El ciego rehuía el sentimentalismo. Ni los recuerdos le ponían triste ni los fracasos. Pero su salud mermaba y la inutilidad de aquellos esfuerzos acabó por cobrarse su precio. Eso ocurrió a mediados de noviembre. ¿Qué olor es ése, negro José? Olor a cera, don Juanele. ¿Y cómo es eso? La iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados, don Juanele, que quedó la puerta abierta y se huele a la cera de las promesas. Y junto a la iglesia, ¿hay una casa, negro José? Sí, don Juanele. ¿De planta y piso? Sí, don Juanele. ¿Verde? Verde, don Juanele. ¿Con veleta de gallo? Sí, don Juanele. Vaya, por fin una cosa que no cambió. ¿Vivió usted aquí don Juanele? No, negro José. Aquí vivía una novia que yo tenía. Al irme le prometí volver por ella. Pero no volvió usted, don Juanele. Sí, volví, negro, sólo que tarde. Quizá ella todavía le espere, don Juanele. Tontadas, ¡qué ha de esperar! Y si me espera será una vieja; vieja y chiflada. ¿Quiere que probemos a ver? Bueno, por probar nada se pierde.
El negro José llamó a la puerta. Abrió una mujer muy mayor. ¿Qué quieres, negrito? Disculpe la indiscreción, señora, ¿lleva usted muchos años viviendo aquí? La señora respondió que no. Había alquilado aquella casa cinco años atrás, al enviudar. Antes había vivido en el interior. Se fue a la ciudad para estar cerca de sus hijos. ¿Y la persona que vivió antes aquí?


Pues quién sabe, cuando alquilé la casa, llevaba mucho tiempo desocupada.
¿Y antes?


Antes fue un almacén de azúcar. El ciego permaneció callado el resto del día. Cuando el negro José lo regresó a su casa, el ciego le dijo: Mañana no me vengas a buscar, negro José. ¿Y pasado, don Juanele? Ni pasado ni nunca más. Pero no se enojó conmigo por lo de la casa, don Juanele. No, negrito, me enojé conmigo. Fui un necio al creer que las cosas se iban a repetir sólo para mí.

Al negro José le daba pena pensar en el ciego, encerrado en su casa. Nada que esperar, nada que recordar, nada que hacer. Para alegrarle la vida le pidió prestada a su hermano la guitarra. Luego fue a buscar a dos músicos aficionados del barrio. El uno era chino y el otro judío. El chino tocaba el acordeón y el judío las maracas. Los tres fueron a la casa del ciego y le dieron una serenata. Al acabar la serenata salió una guardesa y les dio un dinero de parte del ciego. Tengan, su aguinaldo. ¿Quiere que volvamos mañana? La guardesa entró a preguntar. Salió de nuevo a decir que sí. Vengan todos los días, pero no todos los días esperen su aguinaldo.


Las serenatas se repitieron todos los días hasta principios de enero. Luego vinieron las lluvias. Cuando remitieron las lluvias, volvieron los tres músicos a la casa del ciego y se dispusieron a tocar. La guardesa los vio y salió haciendo ademanes.

¿Cómo vienen ahora con su música? ¿No supieron que don Juanele se murió hace una semana? Los tres músicos expresaron su conduelo. Luego se fueron. La guardesa los llamó. Vuelvan, he de decirles una cosa. Antes de morir don Juanele llamó al notario para cambiar el testamento. La tarde antes me dijo que no se olvidaría de ustedes. Mañana llegan sus deudos y el notario les leerá el testamento. Vuelvan pasado y si hubo algo para ustedes yo se lo haré saber. El día convenido regresaron los tres compadres a la casa del difunto. La guardesa salió a recibirles. ¿Se acordó de nosotros? En el testamento no dejo nada dicho. Unos parientes vinieron de Europa y arramblaron con todo. El negro José se encogió de hombros. Ni tenía por qué acordarse. Ya me pagó cuando los paseos. Y luego con las serenatas. Los tres compadres recogieron sus instrumentos y se fueron a otra parte. Como se habían acostumbrado a tocar juntos, decidieron probar suerte en un chiringuito del malecón. Al segundo compás salió el dueño. Váyanse ahora mismo y no me espanten la clientela. Al difunto don Juanele le gustaban nuestras canciones. Bah, un ciego qué ha de saber. Además, estos boleros y estas guarachas, valientes antiguallas. Díganos lo que está de moda y lo tocaremos. Lo bueno. Eso nunca pasa. ¿Y qué es lo bueno? Ay, negro José, si yo lo supiera no me pasaría el día entero sirviendo refrescos y lavando vasos. En otros sitios donde probaron no les fue mejor. Hemos de cambiar el repertorio, buscar nuevas canciones. ¿Y de dónde las sacamos? El chino tuvo una idea. Las podríamos componer. Ay, chino, como si eso fuera sencillo. A mí no me parece imposible. Uno inventa la música y otro la letra y el tercero las junta. Dejaron al chino por inútil y cada cual se fue a su casa.
Aquella noche cuando estaba durmiendo el negro José oyó una voz que le llamaba. Negro José, negro José. Medio despierto medio dormido contestó el negrito: ¿Quién anda ahí? Y la voz: ¿Qué ruido es ése, negro José? El negro José reconoció la voz del ciego. Entonces comprendió que no le había olvidado, como prometio, aunque no le hubiera dejado ninguna asignación escrita en el testamento. Es el viento, don Juanele, pero estese un momentito, que en seguida estoy por usted.
Se levantó y sin encender la luz fue a la mesa. Allí había lápiz y papel. Usted dirá, don Juanele. A tu aire, negrito José. El negro José se sentó en la mesa, tomó el lápiz y se puso a escribir, aunque nunca había ido a la escuela. Luego en otro papel escribió las notas. Cuando no sabía qué poner, se quedaba quieto, con el lápiz en alto. Entonces sonaba la voz del ciego. ¿Qué risas son ésas, negro José? Y el negro José ya sabía de qué escribir. Con aquellas canciones triunfaron en su barrio y luego en el mundo entero. Los tres viajaban a donde los contratasen, a Panamá o a Palms Spring, a Miami o a París. Allí tocaban y luego volvían a su barrio. Incluso durante la guerra mundial siguieron tocando. Tocaron en Berlín y Hitler les dio una medalla. Luego tocaron en Londres y Churchill les dio otra medalla. Luego tocaron en Moscú y Stalin les dio otra medalla. Se hicieron ricos. Luego se hicieron viejos. Entonces el negro José decidió retirarse de los escenarios y dedicarse sólo a componer. Que canten otros. Que trasnochen otros. Pero no volvió a su barrio. Se había comprado una casa en la Costa Azul con jardín y piscina y allí se quedó.
La primera noche que pasó en su nueva casa lo despertó la voz del ciego. Negro José. ¿Dónde anda usted, don Juanele? Don Juanele sólo salía de noche, cuando los ciegos no están en desventaja, y el negro José nunca encendía las luces para hablar con él. Por ahora aquí mismito, pero vine a decirte que ya yo me voy. ¿Y eso, don Juanele? Añoro mi barrio. Allí ya no queda nada, don Juanele, ¿pues no se acuerda que todo cambió?. Queda la música, negro José. Esa la traemos con nosotros, don Juanele, ¿que no oyó los discos?. Vuelva usted si quiere, don Juanele, yo prefiero quedarme aquí. Algún día querrás volver, negrito. El negro José se cubrió la cabeza con la sábana. Ya no soy un negrito, don Juanele, soy un negro viejo. Sólo que usted no puede ver.

[Tomado de "El mundo del ritmo", Tabelaria, Barcelona, 1998.]


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© Eduardo Mendoza 2001
   
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