De
viejo, sentado junto a la estufa, con la gorra
de lana hasta las cejas, la bufanda enrollada
al cuello, las piernas cubiertas por una manta
de cuadros, con las zapatillas de felpa asomando
por debajo de la manta el negro José me
contó esta historia. Era la historia de cómo aprendió
toda la música que luego desarrolló durante tantas
décadas. Entre los siete y los ocho años lo aprendió
todo. Fue cuando llegó al barrio donde vivía el
negro José un hombre muy rico llamado don Juanele.
Era natural del barrio, amigo de infancia del
abuelo del negro José. De niño había emigrado
a Europa, había conocido épocas terribles,
también épocas de bonanza y prosperidad. Trabajando
duro y aprovechando todas las ocasiones de hacer
dinero se había enriquecido. Había formado una
familia y luego la había perdido. Ahora, viejo
y solo, inmensamente rico, regresaba a su ciudad
natal, a su barrio. A los que fueron a verle les
dijo que volvía para recuperar la memoria de las
cosas olvidadas. El tiempo y las penas habían
mermado su salud y especialmente su vista. Don
Juanele era ciego. Los padres del negro José lo
colocaron de acompañante de ciego. Por unas perras
llevaba todos los días de paseo al ciego por el
viejo barrio. Como una estampa antigua caminaba
delante a pasitos cortos el negro José, el ciego
detrás, con la mano en el hombro del negro José.
Cada poco se detenía el ciego y apretaba con la
mano el hombro del negro José como si algo le
hubiera alarmado. Negro José, ¿qué ruido es ése?
Nada, don Juanele, es el ruido de las olas rompiendo
en el malecón. ¡Ah, las olas en el malecón! Bien,
sigamos. Y al cabo de un rato, la misma cosa.
Negro José, ¿qué riña es ésa? Nada, don Juanele,
unas mulatas llevando pollos al mercado a vender.
¿Y por qué pelean? No pelean, don Juanele, es
su manera de hablar. Pues vamos tras ella, negro
José, hace tantos años que no voy al mercado.
En el mercado todo era confusión. ¿Qué ruido es
ése, negro José? Ruido de cacerolas, don Juanele.
¿Y ése otro? El vapor del café. ¿Y ése más recio?
A la gorda Elvira se le cayó un plato.
¿Se rompió el plato, negro José ?, dime, ¿se rompió
el plato? Se hizo añicos, don Juanele, pero no
se apure usted, era un plato de barro sin ningún
valor.
El
pobre ciego trataba de identificar cada sonido con
algún recuerdo de su propia infancia. Yo de niño
rompí una vez una fuente de porcelana. Una fuente
de servir, llena de papas. Las papas estaban recién
salidas del horno y la fuente quemaba como un tizón.
Nadie me lo advirtió y me abrasé las manos. Entonces
dejé ir la fuente. Era una pieza buena, de la vajilla
de lujo. La habíamos sacado aquel día porque era
Navidad. Eso pasó antes del 98, cuando aún
se cantaba el himno de España. Pero de eso,
¿qué has de saber tú, negrito José? Ay madre, ¿qué
fue ese alboroto? Una tontada, don Juanele, no tenga
miedo. De entre unos costales de grano salió un
ratón y espantó a las mujeres. Todas chillaron y
se subieron las faldas. ¿Se las vio mucho? No, don
Juanele, a las jóvenes la pantorrilla y a las viejas
todo el pernil. Ay, siempre es lo mismo, negro José.
El
pobre ciego había traído consigo, dentro de su cabeza,
todos los recuerdos de la infancia ordenados a su
propio aire, revueltos y deformados, ya irreconocibles
por el paso de los años. Aquí ha de haber una fuente
con el caño dorado, aquí un árbol de sombra, allí
una tienda de muebles antiguos. No hay nada de eso,
don Juanele, no acertó una ni por casualidad. ¿Pues
qué hay? Un desmonte, don Juanele, y un cerdo negro
hocicando en la basura. Ay carajo, si me confundí
con París. ¿Tú nunca estuviste en París,
negro José? ¿Yo, don Juanele? ¡pues cómo, si apenas
cumplí los siete años! ¡Ay, negrito, cuánto te falta
por ver! A veces el ciego se cansaba de oír y tomaba
la palabra. Entonces contaba cosas de sus viajes
por países extraños. Todavía hay lugares donde en
el mercado venden niños y niñas de tu edad, negro
José, por unas perras. En otros lugares por esas
mismas perras viene a tu casa Mickey Mouse el día
de tu cumpleaños y te trae una tarta con las velitas
encendidas. Claro que no es Mickey Mouse-Mickey
Mouse, sino un hombre disfrazado de Mickey Mouse.
Pero la tarta sí es de verdad, y las velitas siempre
corresponden a los años que cumples ese día. Nunca
se equivoca.
Una
foca, negrito, una humilde foca que encontré en
las playas de Groenlandia, me enseñó la
más importante lección de mi vida. ¿Sabes qué
fue? No, don Juanele, cómo lo voy a saber. Pues
me enseñó a sostener una pelota con la punta de
la nariz. Es cosa que nunca se olvida. Incluso
ahora, después de tantos años y ciego como estoy,
sería capaz de sostener una pelota tanto tiempo
como tú quieras. ¿Y eso le sirvió de mucho, don
Juanele? ¿De mucho?¡qué carajo! Eso no me sirvió
de nada, muchacho. Entonces ¿por qué dice que
fue una lección importante, don Juanele? Porque
fue importante para mí, negro José. Es lo que
llaman una valoración subjetiva. Anda, ve a buscar
una pelota y te haré una demostración.
El negro José se fue y regresó con una pelota
de colores. Tantas veces como el ciego intentó
sostenerla con la nariz se le cayó al suelo. ¡Y
qué pelota más mala me diste, negro José!
Ni pesa ni rueda, ve por otra mejor. El negro
José se fue y regresó con una pelota pequeña y
dura que encontró en las inmediaciones del campo
de golf. Esta vez la cosa fue peor, porque la
pelota se le metió al ciego en la boca y por poco
lo asfixia. ¡Y qué demonio es este negro! ¿pues
no ha querido enviarme al otro mundo? Pese a estos
pequeños incidentes, el ciego no perdía la serenidad
ni la esperanza, y seguía con sus preguntas. ¿Qué
pájaro es ése que canta, negro José? Pues un pájaro,
don Juanele, como usted acaba de decir. Sí, pero
de qué tipo. Cómo lo voy a saber yo, don Juanele.
Para mí todos los pájaros son iguales. ¿Y canta
en la rama de un árbol? No, don Juanele, en una
jaula. ¿Pero igual es un pájaro? ¿Pues qué había
de ser, don Juanele? ¡Ay negro, una máquina que
imita el canto de los pájaros! En Japón
y en Taiwan las fabrican. Allí fabrican
unos pájaros artificiales, que apretándoles un
botón cantan, y apretándoles otro se callan. Nadie
los distingue de los verdaderos por el canto,
ni siquiera los propios pájaros. Los japoneses
y los chinos de Taiwan todo lo saben imitar a
la perfección. Y no les importa que las cosas
sean de verdad o de mentira, porque no tienen
sangre en las venas. Por eso son de color amarillo.
No como nosotros. Nunca verás un negro poniendo
un disco. La radio, pase, porque es música que
alguien está tocando en alguna parte. Pero un
disco, eso nunca.
El
ciego rehuía el sentimentalismo. Ni los recuerdos
le ponían triste ni los fracasos. Pero su salud
mermaba y la inutilidad de aquellos esfuerzos
acabó por cobrarse su precio. Eso ocurrió a mediados
de noviembre. ¿Qué olor es ése, negro José? Olor
a cera, don Juanele. ¿Y cómo es eso? La iglesia
de Nuestra Señora de los Desamparados,
don Juanele, que quedó la puerta abierta y se
huele a la cera de las promesas. Y junto a la
iglesia, ¿hay una casa, negro José? Sí,
don Juanele. ¿De planta y piso? Sí, don Juanele.
¿Verde? Verde, don Juanele. ¿Con veleta de gallo?
Sí, don Juanele. Vaya, por fin una cosa que no
cambió. ¿Vivió usted aquí don Juanele? No, negro
José. Aquí vivía una novia que yo tenía. Al irme
le prometí volver por ella. Pero no volvió usted,
don Juanele. Sí, volví, negro, sólo que tarde.
Quizá ella todavía le espere, don Juanele. Tontadas,
¡qué ha de esperar! Y si me espera será una vieja;
vieja y chiflada. ¿Quiere que probemos a ver?
Bueno, por probar nada se pierde.
El negro José llamó a la puerta. Abrió una mujer
muy mayor. ¿Qué quieres, negrito? Disculpe la
indiscreción, señora, ¿lleva usted muchos años
viviendo aquí? La señora respondió que no. Había
alquilado aquella casa cinco años atrás, al enviudar.
Antes había vivido en el interior. Se fue a la
ciudad para estar cerca de sus hijos. ¿Y la persona
que vivió antes aquí?
Pues quién sabe, cuando alquilé la casa, llevaba
mucho tiempo desocupada. ¿Y
antes?
Antes fue un almacén de azúcar. El ciego permaneció
callado el resto del día. Cuando el negro José
lo regresó a su casa, el ciego le dijo: Mañana
no me vengas a buscar, negro José. ¿Y pasado,
don Juanele? Ni pasado ni nunca más. Pero no se
enojó conmigo por lo de la casa, don Juanele.
No, negrito, me enojé conmigo. Fui un necio al
creer que las cosas se iban a repetir sólo para
mí.
Al
negro José le daba pena pensar en el ciego,
encerrado en su casa. Nada que esperar, nada que
recordar, nada que hacer. Para alegrarle la vida
le pidió prestada a su hermano la guitarra. Luego
fue a buscar a dos músicos aficionados del barrio.
El uno era chino y el otro judío. El chino tocaba
el acordeón y el judío las maracas. Los tres fueron
a la casa del ciego y le dieron una serenata.
Al acabar la serenata salió una guardesa y les
dio un dinero de parte del ciego. Tengan, su aguinaldo.
¿Quiere que volvamos mañana? La guardesa entró
a preguntar. Salió de nuevo a decir que sí. Vengan
todos los días, pero no todos los días esperen
su aguinaldo.
Las
serenatas se repitieron todos los días hasta
principios de enero. Luego vinieron las lluvias.
Cuando remitieron las lluvias, volvieron los
tres músicos a la casa del ciego y se dispusieron
a tocar. La guardesa los vio y salió haciendo
ademanes.
¿Cómo
vienen ahora con su música? ¿No supieron que don
Juanele se murió hace una semana? Los tres músicos
expresaron su conduelo. Luego se fueron. La guardesa
los llamó. Vuelvan, he de decirles una cosa. Antes
de morir don Juanele llamó al notario para cambiar
el testamento. La tarde antes me dijo que no se
olvidaría de ustedes. Mañana llegan sus deudos
y el notario les leerá el testamento. Vuelvan
pasado y si hubo algo para ustedes yo se lo haré
saber. El día convenido regresaron los tres compadres
a la casa del difunto. La guardesa salió a recibirles.
¿Se acordó de nosotros? En el testamento no dejo
nada dicho. Unos parientes vinieron de Europa
y arramblaron con todo. El negro José se
encogió de hombros. Ni tenía por qué acordarse.
Ya me pagó cuando los paseos. Y luego con las
serenatas. Los tres compadres recogieron sus instrumentos
y se fueron a otra parte. Como se habían acostumbrado
a tocar juntos, decidieron probar suerte en un
chiringuito del malecón. Al segundo compás salió
el dueño. Váyanse ahora mismo y no me espanten
la clientela. Al difunto don Juanele le
gustaban nuestras canciones. Bah, un ciego qué
ha de saber. Además, estos boleros y estas guarachas,
valientes antiguallas. Díganos lo que está de
moda y lo tocaremos. Lo bueno. Eso nunca pasa.
¿Y qué es lo bueno? Ay, negro José, si yo lo supiera
no me pasaría el día entero sirviendo refrescos
y lavando vasos. En otros sitios donde probaron
no les fue mejor. Hemos de cambiar el repertorio,
buscar nuevas canciones. ¿Y de dónde las sacamos?
El chino tuvo una idea. Las podríamos componer.
Ay, chino, como si eso fuera sencillo. A mí no
me parece imposible. Uno inventa la música y otro
la letra y el tercero las junta. Dejaron al chino
por inútil y cada cual se fue a su casa.
Aquella
noche cuando estaba durmiendo el negro José oyó
una voz que le llamaba. Negro José, negro José.
Medio despierto medio dormido contestó el negrito:
¿Quién anda ahí? Y la voz: ¿Qué ruido es ése,
negro José? El negro José reconoció la voz del
ciego. Entonces comprendió que no le había olvidado,
como prometio, aunque no le hubiera dejado ninguna
asignación escrita en el testamento. Es el viento,
don Juanele, pero estese un momentito, que en
seguida estoy por usted.
Se
levantó y sin encender la luz fue a la mesa. Allí
había lápiz y papel. Usted dirá, don Juanele.
A tu aire, negrito José. El negro José se sentó
en la mesa, tomó el lápiz y se puso a escribir,
aunque nunca había ido a la escuela. Luego en
otro papel escribió las notas. Cuando no sabía
qué poner, se quedaba quieto, con el lápiz en
alto. Entonces sonaba la voz del ciego. ¿Qué risas
son ésas, negro José? Y el negro José ya sabía
de qué escribir. Con aquellas canciones triunfaron
en su barrio y luego en el mundo entero. Los tres
viajaban a donde los contratasen, a Panamá
o a Palms Spring, a Miami o a París.
Allí tocaban y luego volvían a su barrio. Incluso
durante la guerra mundial siguieron tocando. Tocaron
en Berlín y Hitler les dio una medalla.
Luego tocaron en Londres y Churchill
les dio otra medalla. Luego tocaron en Moscú
y Stalin les dio otra medalla. Se hicieron
ricos. Luego se hicieron viejos. Entonces el negro
José decidió retirarse de los escenarios y dedicarse
sólo a componer. Que canten otros. Que trasnochen
otros. Pero no volvió a su barrio. Se había comprado
una casa en la Costa Azul con jardín y
piscina y allí se quedó.
La
primera noche que pasó en su nueva casa lo despertó
la voz del ciego. Negro José. ¿Dónde anda usted,
don Juanele? Don Juanele sólo salía de noche,
cuando los ciegos no están en desventaja, y el
negro José nunca encendía las luces para hablar
con él. Por ahora aquí mismito, pero vine a decirte
que ya yo me voy. ¿Y eso, don Juanele? Añoro mi
barrio. Allí ya no queda nada, don Juanele, ¿pues
no se acuerda que todo cambió?. Queda la música,
negro José. Esa la traemos con nosotros, don Juanele,
¿que no oyó los discos?. Vuelva usted si quiere,
don Juanele, yo prefiero quedarme aquí. Algún
día querrás volver, negrito. El negro José se
cubrió la cabeza con la sábana. Ya no soy un negrito,
don Juanele, soy un negro viejo. Sólo que usted
no puede ver.
[Tomado
de "El mundo del ritmo", Tabelaria,
Barcelona, 1998.]
