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Nueva York (Introducción) La novela se queda sin épica


Jackson Square

Durante toda la tarde un grupo de ciudadanos ha estado manifestándose en Jackson Square. Pese a su nombre, Jackson Square es un triángulo formado por la intersección de dos avenidas y dos calles: La Octava Avenida y Greenwich Avenue, la calle 13 y Horatio Street. En ese triángulo isósceles crecen unos cuantos árboles y hay unos bancos de madera en los que duermen los vagabundos por la noche. De día algunas personas aprovechan este islote en medio del tráfico para pasear a los perros. Ahora los manifestantes la ocupan en toda su extensión, aunque el piquete consta de quince o veinte personas a lo sumo. Al entrar en la casa le pregunto al portero que qué sucede y me informa de que los manifestantes se oponen a la construcción de una hamburguesería en una de las esquinas de la plaza, en el solar que dejó una taberna irlandesa al ser derribada. Los manifestantes aducen, según me informa el portero, que la hamburguesería causará el deterioro de la zona y la volverá más peligrosa de lo que ya es. En la taberna irlandesa, que fue derribada hace cosa de un mes, menudeaban las reyertas y en cierta ocasión desde una de las ventanas de mi casa que dan a la plaza vi sacar un cadáver del local. Frente a la taberna se habían congregado seis o siete coches de policía y una ambulancia. Varios policías guardaban la acera para impedir que los mirones se acercaran a la puerta, de la que no tardaron en salir dos camilleros que arrastraban una plataforma baja, provista de cuatro ruedecitas y sobre la cual podía verse un fardo de lona parda sujeto con correas de cuero. Los cadáveres tienen la propiedad de ser conspicuos: cubiertos por una sábana al borde de la carretera o empaquetados como una alfombra es imposible que su presencia pase por alto al más despistado. Una vecina de pelo blanco y gafas cuya montura simula una mariposa en vuelo me aborda en el vestíbulo, frente al ascensor, y me presenta a la firma un manifiesto que encabeza este lema: "No McDonald's in this neighbourhood". He firmado tantos manifiestos y he exigido por escrito tantas cosas importantes que esto se me antoja una parodia de mi faceta de firmante, por lo que me niego a firmar. Para suavizar mi negativa le digo a la vecina que soy extranjero, que acabo de instalarme en Nueva York, que no siento ninguna animadversión hacia esa cadena de hamburgueserías o hacia ninguna otra y que no entiendo por qué nadie protestaba de la presencia de la taberna irlandesa, que sin duda era un lugar violento, y ahora en cambio nadie parece querer una hamburguesería en la que ni siquiera se expenden bebidas alcohólicas. La vecina me escucha con atención y no responde hasta que ve que he acabado de exponer mis argumentos. Los norteamericanos en este sentido son muy educados y respetuosos: nunca interrumpen, no creen estar en posesión de la verdad absoluta ni piensan que sus razones son únicas y excluyentes. La vecina me dice que a estas hamburgueserías acuden indefectiblemente los elementos más peligrosos, la hez de la sociedad, porque los precios son muy asequibles y porque están abiertas día y noche. Allí, pues, se refugian del calor y del frío, de la lluvia y la nieve los derrelictos, comen algo si pueden pagarlo o rebuscan entre las basuras, donde nunca faltan restos que llevarse a la boca. Estos personajes suelen ser alcohólicos cuando no drogadictos y sus reacciones son imprevisibles v desproporcionadas. Con la taberna irlandesa las cosas eran distintas: allí todo quedaba circunscrito al local, la violencia, si la había, era de puertas adentro y hasta cierto punto consentida por todos los implicados en ella. El que entraba allí ya sabía a lo que se exponía.
El barrio está poblado por personas de edad avanzada. Los hombres han luchado en la Segunda Guerra Mundial y no pocos en las brigadas Lincoln; muchas mujeres han perdido a sus maridos en Normandía o en las Ardenas o algún hijo en Corea; han vivido siempre en Nueva York, la violencia no les es ajena ni les asusta. En cambio temen por su integridad física y pecuniaria: casi todos han enviudado y ahora viven solos y se sustentan de una pensión exigua. Sus hijos están casados y se han ido a vivir a otro estado o, en el mejor de los casos, a las afueras de la ciudad.

De día el barrio es tranquilo, incluso solitario. De noche algunos puntos se animan por la visita de los curiosos que acuden a ver qué pasa allí, a verificar lo que han leído sobre los hippies, aunque los hippies se han ido del barrio hace años. La afluencia de visitantes hace, sin embargo, que proliferen los restaurantes pequeños, los bares recoletos y las tabernas típicas. La persona que me informa de todo esto es un indio a quien todos llaman Jimmy, pero cuyo verdadero nombre es Washakie, como el célebre jefe de los shoshones, a cuya tribu dice que pertenecían sus padres. Él, sin renegar de sus orígenes, prefiere considerarse neoyorkino. Vino a vivir a esta ciudad cuando tenía seis años y pasó buena parte de su vida en Brooklyn. Desde hace más de treinta y cinco años vive en Greenwich Village. Trabajaba de apoderado en el Manufacturers Hannover Trust hasta que se jubiló, hace ya dieciséis años. Ahora vive solo en un apartamento de una habitación, una sala, cocina y baño. Tiene un hijo afincado en Alemania y una hija antropóloga en el Perú. Todas las noches del año baja a tomar tres cervezas, ni una más ni una menos, a una taberna antigua, de madera de roble, que en los meses de calor saca cuatro mesitas enclenques a la calle. Allí nos hemos conocido por casualidad y allí charlamos de vez en cuando. Washakie tiene rasgos indios y el pelo lacio, espeso y sin canas, a pesar de su edad, pero ahí acaban sus peculiaridades. Viste camisa de cuadros, pantalón de algodón y zapatos de lona. Con él, sin embargo, es difícil que la conversación no derive hacia el tema de los indios. Él me cuenta que Nueva York estuvo poblada originalmente por varias tribus de indios pertenecientes a la familia de los algonquinos. Los algonquinos, como sus enemigos mortales, los iroqueses, eran de estatura aventajada por término medio, bien proporcionados y, según dejan traslucir los relatos de la época, más bien suaves de trato. Vivían en poblados pequeños, integrados por unas pocas familias o clanes, compuestos de chozas semiesféricas hechas de troncos de abedul doblados, hincados en la tierra y recubiertos de corteza de árbol. Aunque habían abierto senderos en los bosques para comunicar los poblados entre sí, dada la configuración de la región utilizaban la canoa para sus desplazamientos. Las canoas consistían en un tronco vaciado o en un armazón de madera recubierto de piel. En ambos casos las canoas eran muy ligeras de peso, de modo que un hombre solo podía acarrear una canoa, llevarla a hombros entre una vía fluvial y el mar, o entre un brazo de mar y el río más cercano. Washakie habla de los algonquinos con desapego, con una erudición exenta de ideología. Me cuenta que eran muy primitivos en algunas cosas, que no conocían, por ejemplo, los metales. En cambio, habían domesticado el maíz o aprendido su cultivo de otras tribus. Su alimento principal era la caza, que les proporcionaba además la piel necesaria para revestir las chozas, construir las canoas, vestir y calzar. Como también desconocían el hilo, imprescindible para la confección de prendas de vestir, éstas eran muy toscas: piezas rectangulares de piel unidas por tiras de la misma piel. Lo mismo ocurría con el calzado, que sólo utilizaban para recorridos largos, fuera del poblado. A ese calzado, hecho de piel blanda unida por tiras de cuero, desprovisto de cordones y de tacón, lo llamaban "mocasín". Washakie considera irónico que los blancos adoptaran este tipo de calzado dos siglos después de que los algonquinos se hubieran extinguido. A Washakie le gusta hacer comentarios de este tipo: es lector voraz de historia, de la que siempre extrae consecuencias pesimistas. Pero no es de natural un hombre triste. Me cuenta que las mujeres algonquinas procuraban realzar su atractivo cuidando mucho el pelo, que tenían como el suyo: abundante, muy negro y lacio. Para resaltar el brillo del cabello lo untaban, me dice, con grasa de oso. También se aplicaban grasas diversas al cutis, con objeto de protegerlo de los efectos de la intemperie y conservar así la lozanía. Me señala que curiosamente procuraban realzar también el tinte rojizo de la piel con maquillajes, otra costumbre, añade, que también adoptarían los blancos mucho más tarde. Ocasionalmente se aplicaban pintura negra o roja en la frente o alrededor de los ojos, pero, como en la mayoría de las culturas primitivas, eran los hombres los que más cuidado ponían en su apariencia externa. Washakie me explica la forma que tenían los algonquinos de cortarse el pelo, esto es, rapándose los costados de la cabeza y dejando una franja en el centro; esta franja la mantenían tiesa a base de grasa. Para cerciorarse de que he entendido lo que me está describiendo, Washakie me pregunta si he visto una película que se llamaba "Quo vadis?". Al responderle yo afirmativamente, me dice que el pelo de los algonquinos era como el penacho del casco de Robert Taylor en "Quo vadis?", un casco de centurión romano. Ni Washakie ni yo sabemos aún que este corte de pelo, a su vez, se pondrá de moda dentro de unos años. El calor aprieta y Washakie empieza su segunda cerveza. El camarero me trae otra a mí sin esperar a que la pida. Es costumbre en los bares de Nueva York acosar al cliente para que consuma sin cesar. Cuando los camareros ven que el cliente tiene la copa mediada le preguntan con naturalidad si pueden traerle ya la segunda consumición. Yo no tenía planeado beber tanta cerveza, pero ante la tentación, sucumbo. Washakie ha seguido hablando de "Quo vadis?", de la que recuerda en especial un personaje llamado Ursus. También recuerda una canción que cantaba Peter Ustinov mientras contemplaba el incendio de Roma.

Nueva York también parece arder en esta noche terrible de verano: el cielo aparece teñido de rojo. En realidad es el reflejo de las luces de la ciudad en la calina, que la recubre como una bóveda. Washakie me dice que hasta hace poco, en una Nueva York que ya no existe, las luces no se apagaban nunca, que este resplandor, comparado con el que había antes, no es nada. Él ha leído que un astronauta que diera vueltas a la tierra sólo podría distinguir a simple vista las luces de Nueva York. Antes la energía eléctrica era tan barata que nadie se preocupaba por economizarla, me cuenta. Él mismo, como todo el mundo, no desenchufaba el aire acondicionado cuando se iba de vacaciones; de este modo encontraba la casa fresquita al regreso. Todo el combustible era barato, dice: en invierno había que llevar ropa liviana para resistir la intensidad de las calefacciones, los coches consumían un volumen de gasolina que nadie se molestaba siquiera en medir. Ahora todo esto es sólo un recuerdo; ahora la crisis del petróleo ha engendrado la incertidumbre: ya nadie sabe cuánto valdrá mañana la gasolina o la electricidad, ni siquiera sabe nadie si podremos disponer de combustible mucho tiempo. A partir de las siete o las ocho de la tarde las luces de los rascacielos se van apagando y los edificios quedan convertidos en masas enormes y sombrías. Washakie opina que al país le ha llegado su hora, como le llegó al Imperio Romano. Le pregunto si a su juicio Richard Nixon es como Nerón y se echa a reír. Los medios de información acosan al Presidente sin descanso; todo parece indicar que Nixon tendrá qué dimitir o que será procesado por un asunto complicadísimo que la prensa llama Watergate. Washakie quiere saber qué opinión me merece este asunto y le respondo que no tengo todavía una opinión formada, que hace poco que he llegado al país y que procuro no formar juicios precipitados. Esto último le parece bien. No siente respeto por las personas que tienen opiniones incontrovertibles sobre todo. A él le gustan las personas dubitativas y sin patria, como él mismo. Antes envidiaba a las personas que tenían una patria, que sabían de dónde venían y cuáles eran sus tradiciones, pero ahora se ha desengañado ya de eso. Además, añade, en su caso no hay nada que hacer. A estas alturas sentirse shoshon es anacrónico; sólo decirlo ya da risa. Sabe que existe un movimiento indio, con sus reivindicaciones y sus postulados, pero este movimiento no parece despertar mucho interés entre los propios indios. En realidad los indios nunca fueron capaces de hacer causa común frente a nada. Los shoshones se pasaban la vida peleando con sus vecinos, los sioux, los cheyenes y los pies negros. De los algonquinos, mejor no hablar. Sólo pensaban en guerrear, toda la energía se les iba en vendettas, en inacabables venganzas familiares que se prolongaban durante muchas generaciones, que diezmaban los clanes y sembraban la destrucción y la congoja. A menudo los viejos buscaban soluciones a esta situación, propugnaban la paz y formalizaban pactos fumando en pipa, pero su formación era guerrera, a los jóvenes se les inculcaban ideales guerreros, sólo eran exaltadas las proezas sangrientas y las hazañas de héroes homicidas; a la hora de la verdad, entre una paz trabajosa, hecha de renuncias y transacciones, y una violencia arrebatada e irracional, los algonquinos optaban siempre por esta última vía. Washakie inicia la tercera cerveza, que saborea lentamente. Él siempre ha odiado la violencia y siempre ha vívido rodeado de violencia. Estuvo en la guerra, por supuesto, y fue herido levemente en Francia por una esquirla, en el costado. Gracias a esto no volvió a entrar en acción hasta que la guerra hubo acabado. Deja el vaso de cerveza con suavidad sobre la superficie oxidada de la mesita de hierro y señala unas casas que se levantan al otro lado de la avenida, en Horatio Street. Me dice que en una de aquellas casas murió Alexander Hamilton. Hamilton había nacido en las Antillas inglesas en 1755, hijo ilegítimo de un plantador de origen escocés. En Nueva York había estudiado leyes. Era brillante y ambicioso. En la guerra de independencia George Washington lo nombró su edecán. Acabada la contienda e independizados los Estados Unidos, Hamilton ejerció la abogacía en Nueva York, donde un matrimonio ventajoso le había abierto las puertas de la alta sociedad. Entonces decidió intervenir activamente en la política del país, que por aquel entonces se enfrentaba a un dilema crucial para su futuro e indirectamente para el futuro del mundo. Este dilema consistía sencillamente en la forma que había de revestir el nuevo estado. Unos propugnaban un estado centralizado, un gobierno federal fuerte a cuyo cargo estarían las líneas políticas generales y por supuesto la política exterior. Otros, por el contrario, eran partidarios de una asociación de estados pequeños y decididamente autónomos a los que serviría subsidiariamente un gobierno central dotado de atribuciones escasas. Los primeros eran llamados federalistas y contaban en sus filas con el propio Washington, que no en vano había sido elegido primer Presidente de los Estados Unidos, con John Adams, que sucedió a Washington en la presidencia, y con Alexander Hamilton. A los segundos se les llamaba republicanos y estaban encabezados por Thomas Jefferson y por Aaron Burr. Washakie hace una pausa para aclarar un punto que puede haber quedado confuso. Me dice que el partido republicano de ahora no tiene nada que ver con los republicanos a que se está refiriendo, que precisamente los republicanos de entonces formaron luego el partido demócrata actual. Con todo, agrega, lo importante es que yo alcance a calibrar la importancia que revestía en esa época el que impusiera sus criterios una facción u otra: si triunfaban los federalistas, la nación estaba llamada a convertirse en una potencia mundial; si los republicanos, en un mosaico de comunidades pequeñas y bucólicas. Al decir esto Washakie sonríe tristemente y apura la cerveza, se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón y de allí saca varios billetes de banco, de los que selecciona cuidadosamente uno de cinco dólares. Yo pienso que se propone pagar las cervezas, pero él me tiende el billete y al ver mi expresión de desconcierto me dice que mire el retrato de Alexander Hamilton, que figura en todos los billetes de cinco dólares. Esto se debe, me explica, a que Hamilton fue Secretario del Tesoro, es decir, Ministro de Hacienda y que ocupando ese cargo echó los cimientos del sistema monetario estadounidense. En el Congreso ganó fama de orador mordaz, dote que puso al servicio de los intereses más conservadores, que también eran los suyos. Su rival acérrimo fue Aaron Burr, a quien logró cerrar el paso a dos puestos importantes: el de vicepresidente de los Estados Unidos y el de gobernador de Nueva York. Puede decirse que Hamilton arruinó la carrera política de Burr. Pero Burr no era un enemigo desdeñable: durante la guerra de independencia había sofocado un motín de la soldadesca por el expeditivo método de cortar el brazo de un tajo al primer soldado que se atrevió a levantarlo contra él. También era abogado y también ejercía la abogacía en Nueva York. De su primer matrimonio tuvo una hija, Theodosia Burr, muy celebrada por su belleza y sus cualidades intelectuales. Quizá si Theodosia hubiese permanecido junto a su padre su influencia benéfica se habría hecho sentir sobre la conducta de aquél, pero Theodosia se había casado con el gobernador de Carolina del Sur y vivía en Charleston cuando se produjo la disputa entre Hamílton y Burr. Al parecer este último consideró que Hamilton le había calumniado y le exigió que se retractase en público de las acusaciones proferidas contra él, cosa que Hamilton hizo en forma ambigua o, en todo caso, insatisfactoria para Burr, que lo retó a duelo. El 11 de julio de 1804 los dos hombres y sus respectivos padrinos cruzaron el río Hudson y se encontraron en Weehawken, New Jersey. El disparo de Hamilton se perdió entre los árboles; el de Burr alcanzó de lleno a Hamilton, que fue trasladado de nuevo a Manhattan y conducido a la casa de Horatio Street que ahora Washakie me señala con el dedo mientras yo sostengo aún el billete de cinco dólares donde figura el rostro aristocrático del duelista. Washakie se levanta, recupera el billete y entra en la taberna a pagar. Al despedirnos le pido que me acabe de contar la historia y responde que ya no queda nada que contar, que Hamilton murió allí mismo a consecuencia de la herida recibida en el duelo. ¿Y Burr? Ah, Burr tuvo que abandonar precipitadamente Nueva York, que perdió así, de un solo golpe, a dos de sus ciudadanos más relevantes. Posteriormente Burr se exilió en Europa hasta que obtuvo el perdón gracias a la intercesión de su hija Theodosia. Cuando Burr regresaba de Europa, Theodosia decidió salir al encuentro de su padre, pero este encuentro nunca llegó a producirse, porque el barco en que viajaba ella se perdió en el mar.

[Tomado de "Nueva York", Destino, 1986, pp. 7-10; 15-27]



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