Llegué
a Nueva York casi por error. Yo había solicitado
un puesto en un organismo internacional, concretamente
en las Naciones Unidas, en la creencia
de que si lo obtenía podría elegir mi lugar de
destino. De haber sido así, probablemente habría
optado por Ginebra, con la intención, una
vez allí, de abrirme paso hacia París o
Roma, dos ciudades que entonces, como ahora,
me parecían fascinantes por muchas razones. La
verdad es que nunca había pensado que en algún
momento de mi vida pudiera irme yo a vivir a Nueva
York, aunque siempre he sido persona inquieta,
propensa a cambiar de residencia y de oficio con
cierta periodicidad y a fabular siempre. Pero,
como digo, Nueva York no entraba ni en mis planes
ni en mis ensoñaciones. Ni siquiera había pensado
visitar esa ciudad como viajero. Más aún: antes
de pedir y obtener el puesto en las Naciones Unidas
a que me acabo de referir, había escrito una novela,
que fue publicada posteriormente y en cuyo desenlace
el protagonista, falto de medios y de alternativas,
emigraba precisamente a Nueva York. Con esto quiero
decir que cuando escribí esas páginas Nueva York
era para mí un confín del mundo, el símbolo del
destierro y el marco idóneo, por consiguiente,
para un desenlace triste. Enfrentado sin embargo
a los hechos y falto a mi vez si no de medios
sí de alternativas que me ofrecieran el aliciente
necesario, decidí hacer de tripas corazón, aceptar
el trabajo que me ofrecían en Nueva York y procurarme
un traslado a otro sitio lo antes posible. En
Nueva York no conocía a nadie y mi falta de interés
previo había hecho que mi ignorancia respecto
de esa ciudad fuera absoluta. Sólo sabía lo que
había oído contar y lo que reiteradamente relataba
la prensa: historias de crímenes y violencias.
Tampoco sabía o sabía de un modo muy superficial
que Nueva York estaba atravesando en esas fechas
por una crisis financiera sin precedentes.
Llegué
por consiguiente a Nueva York con un montón de tópicos
por bagaje. Si hubiese emprendido el viaje unos
años más tarde, estos tópicos, sin dejar de serlo,
habrían tenido un signo radicalmente distinto. En
los años que siguieron a mi llegada, Nueva York
superó la crisis y pasó de ser la escoria de las
ciudades a ser la ciudad por antonomasia, la ciudad
de moda. Yo tuve oportunidad de ser testigo de esta
metamorfosis, pero quien espere encontrar en las
páginas que siguen una explicación coherente del
fenómeno se verá defraudado de plano: ni sé qué
pasó ni sé por qué las cosas tomaron ese sesgo y
no otro. Cuando
llegué a Nueva York había barrios en los que sólo
habitaban las ratas. Hoy las celebridades de todo
el mundo pagan fortunas por adquirir un apartamento
en ese mismo sector. Naturalmente, los que previeron
esta evolución con tiempo amasaron verdaderas fortunas.
Éste no fue mi caso, como es obvio. Si algo tuve,
lo dejé perder. La verdad es que lo que ocurría
en Nueva York me resultaba indiferente. Durante
dos años no tuve otra idea que salir de allí y removí
cielos y tierra para conseguir un traslado a Europa.
Cuando por fin llegó ese traslado me di cuenta de
que no podía dejar Nueva York. Yo fui el primer
sorprendido, pero ante la evidencia no me cupo otra
solución que renunciar al traslado, quedarme allí
y volver la mirada hacia aquella ciudad que de un
modo tan inesperado me había atrapado sin que yo
me diera cuenta. Pero al mirar la ciudad con otros
ojos, con ojos analíticos, por así decir, me di
cuenta de que ya era tarde: durante aquellos dos
años la ciudad me había ido calando imperceptiblemente
y descubrir ahora una ciudad distinta a la que ya
llevaba dentro me resultaba imposible. Por eso ahora,
enfrentado a la necesidad de describir lo que es
o, mejor dicho, lo que fue Nueva York, sólo sé referirme
a los colores, los olores, los ruidos y la luz de
Nueva York, la gente, las calles, tal o cual atardecer
de invierno en la calle 57, un mediodía de
verano en Washington Square o una noche de
otoño en la Quinta Avenida. Cuando
llegué a Nueva York los coches todavía eran grandes
como barcos, aunque la crisis del petróleo ya los
había sentenciado inapelablemente. Los periódicos
hablaban a diario del caso Watergate y de
la guerra de Vietnam. Por la radio se oía
cantar a Barbra Streisand una canción cargada
de nostalgia: "The Way We Were". Thomas
Pynchon acababa de publicar "Gravity Rainbow"
y aún se leían las novelas de Nero Wolf.
Los que lleguen ahora a Nueva York encontrarán una
ciudad muy distinta de la que yo viví y de la que
por necesidad describo en estas páginas. Para mí
Nueva York sigue siendo la de entonces: la de las
calles desiertas v los solares tenebrosos, la de
los sobresaltos y las maravillas, aquella ciudad
abandonada a su suerte, brutal y desesperada, la
de una gente que se daba por satisfecha si conseguía
sobrevivir a la noche y no sabía que el vino blanco
se bebe frío y el tinto, "chambré". Con esto no
quiero decir que lo que Nueva York es hoy sea peor.
Muy al contrario: todo el valor anecdótico que pudiera
tener la crueldad de entonces no compensa el sufrimiento
de tanta gente, ni el de una sola persona. Por otra
parte, según entiendo, los cambios que se han producido
en la ciudad no han mejorado paralelamente la suerte
de las víctimas del antaño; éstas simplemente han
sido barridas hacia otras zonas y su lugar ha sido
ocupado por una burguesía pujante y joven.