"Cuando
Eduardo Mendoza puso a andar unos personajes
pseudopicarescos en la Barcelona de 1920, desde
el New York de 1975, algo muy fuerte estremeció
a las letras españolas. Alguien se atrevía
a mirar hacia el pasado sin ira y remordimientos,
sino con un sentido del humor envidiable. Contaba
una historia apasionante, de bajos fondos y fortunas
cambiantes, como la espuma bursátil del
dinero o los vaivenes del amor. Cambiaba así
para siempre, un escenario urbano que desde la
mítica Vida privada de Josep
M. de Sagarra muchos -¡ay, sin éxito!-
habían intentado capturar".
Enric Bou, El Periódico, 26 de diciembre
de 1987.