Según
el propio Mendoza, "en Barcelona no hay
un personaje literario que te lleve de su mano cuando
llegas a ella".
Una opinión demasiado rotunda, cuya modestia sorprenderá
a todos aquellos que hemos seguido las peripecias de Onofre
Bouvila en La ciudad
de los prodigios. Mientras que esa novela, cuyo argumento
transcurre entre las dos Exposiciones Universales celebradas
en la ciudad condal (1888 y 1929), nos ofrece un verdadero
fresco de la transformación de la ciudad, La
verdad sobre el caso Savolta refleja a la perfección
el panorama de las luchas sindicales que a principios
del siglo XX, llegaron a convertir un lugar tan simbólico
como el Barrio Gótico (hoy tenido por pintoresco) en un
refugio de conspiradores.
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Mendoza
en el rodaje de
"La ciudad de los prodigios"
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Esta
atmósfera tan revuelta contrasta con el undo aparentemente
apacible y relajado de Carlos Prullás, el protagonista
de Una comedia ligera,
que divide sus días entre un anodino pueblito de veraneo
situado a las afueras de Barcelona y la vida insulsa
de una ciudad que parece haber olvidado los recientes
horrores de la guerra civil obligando a quienes buscan
algo de auténtica emoción a refugiarse en los ambientes
nocturnos más canallas del barrio chino.
Aunque
el propio Mendoza ha mostrado reticencia a la hora
de autodefinirse como "novelista de Barcelona", en casi
toda su obra (Restauración,
El año del diluvio
y otras), asistimos al enfrentamiento entre una Barcelona
decimonónica (mera extensión de la Cataluña rural)
y la condición cosmopolita de una metrópolis emergente
que se consagra con las Olimpiadas de 1992 -parodiada
en Sin noticias de Gurb.