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EL
CANSANCIO DE LA NOVELA
¿Qué
diferencia las novelas largas de las cortas?
Hay
una gran diferencia: cuando estás escribiendo una novela
lo has de tener todo en la cabeza. La primera página está
muy bien, cuando llevas ciento cincuenta la parte del
cerebro que le has de dedicar es muy considerable, y si
tienes setecientas o mil quinientas, o seis mil, tienes
todo el cerebro dedicado exclusivamente, y es muy difícil
vivir la vida cotidiana de este modo. De hecho, cuando
estoy inmerso en una novela de estas ya sé que empiezo
a hacer muchas cosas raras; salgo de casa y me he dejado
las llaves, no sé dónde he dejado el coche, he de llamar
a alguien y no me acuerdo de a quién… En cambio la novela
de ciento cincuenta páginas es más fácil de tenerla en
la cabeza. Por eso, realmente hay obras menores en este
sentido. El resultado y la calidad, naturalmente, ya es
otra cosa. Pero el mérito de construir una novela larga
es muy grande, y por eso los críticos hacen bien en exigirme
que asuma esta tarea importante, y que no me conforme
con cosas más ligeras.
Usted
dice que la novela se va agotando sobre sí misma. Sus primeras
declaraciones sobre este tema son a comienzos de los años
90. Y tendrá la respuesta muy estudiada, pero es un poco
paradójica esa tesis suya con el hecho de que siga escribiendo
novelas.
Bueno,
tiene relación y no tiene. Primero, yo creo que precisamente
los que escribimos somos los que conocemos cómo está la
cosa por dentro. La afirmación que yo he hecho a veces
y en algunas ocasiones con una cierta contundencia, ya
harto de matizar, admite muchos matices. Una cosa es pensar
que la novela está tocada y que por inercia puede continuar
todavía mucho tiempo. Siempre he añadido que aunque esté
convencido de lo que digo, seguramente seguiré escribiendo
novelas, porque no sé qué otra cosa voy a hacer. Lo que
sí dije, e insisto en ello, es que lo que entendemos por
novela, con sus diálogos y su descripción y sus personajes
y sus situaciones, eso ahora tiene que cambiar. Que llevamos
ya muchos años siguiendo el mismo camino.
No
digo que la novela haya muerto, pero tampoco lo excluyo;
es posible que la novela, como la poesía y tantas otras
cosas, haya muerto, y no sé por qué esta palabra nos tiene
que asustar tanto. No nos asusta con respecto a nosotros
mismos y en cambio nos asusta con respecto a ciertos géneros
literarios. Recuerdo que citaba ejemplos como el sermón,
que antes se valoraba literariamente y ahora a nadie se
le ocurre ir a una iglesia porque aquello tenga valor
literario, o los charlistas, vas a una conferencia porque
te interesa el dato, pero da igual que sea tartamudo o
un excelente orador. Con la novela puede pasar lo mismo.
También la poesía formaba parte de la vida cotidiana,
se hacían poemas para felicitarse el cumpleaños, en los
periódicos había una sección de poesía humorística, conmemorativa,
y ahora ha desaparecido, queda la arqueología.
El
periodismo se está comiendo buena parte del terreno de
la novela, como ésta le quitó protagonismo a la historia
y a la sicología. Cuando digo que la novela está muerta
a lo mejor es verdad porque le queda muy poco espacio.
La construcción narrativa interesa cada vez menos, cobran
protagonismo los epistolarios, por ejemplo, quizá porque
las cartas cuentan más directamente y ahora lo que nos
interesa es el dato y se huye de todo lo que huela a formalismo.
¿Ve
signos de mayor vitalidad en otras artes, en el teatro,
por ejemplo?
El
teatro es una criatura que ha nacido con muchas taras
y no se sabe si va a sobrevivir a la incubadora, pero
es menos industrial que la novela o la televisión. Es
insustituible, no te lo traen a casa, y como lenguaje
es más libre.
¿Barcelona
es una ciudad poco novelada?
Creo
que es una ciudad poco novelada porque no se ha dado de
ella una imagen literaria. Hay ciudades que han sido elevadas
a categoría literaria. Un ejemplo puede ser el París
de Proust. Realmente es París el que se ha convertido
en una gran novela. En Barcelona no hay un personaje
literario que te lleve de su mano cuando llegues a ella.
En La ciudad de los prodigios
yo quería escribir una novela que fuera la historia
de una ciudad, no de Barcelona, porque me interesa mucho
lo que son las ciudades, una forma natural de vivir y
al mismo tiempo sumamente artificial. Es muy sorprendente
que se pueda vivir durante cincuenta años con un vecino
que está a dos metros de tu dormitorio y con el que nunca
has cruzado palabra. En una ciudad todo es anónimo y las
cosas funcionan de una manera muy poco humana, y al mismo
tiempo la más humana de todas. Este es un extraño fenómeno
que me ha interesado siempre. ¿Qué son las ciudades? ¿Qué
es el individuo y cómo se relaciona con ella? Entonces,
pues bueno, elegí Barcelona porque no sólo conozco su
evolución e historia, sino también la memoria colectiva.
Pero ese libro pasó a constituirse en el balance de una
ciudad concreta. Todo el mundo me pregunta: "Y Barcelona
¿qué?", como si yo fuera el juez que tuviera que dictar
sentencia absolutoria.
La
sociedad catalana es un microcosmos. En cierto sentido,
yo he hecho lo mismo que hacen los antropólogos cuando
estudian una tribu. Para mí es un campo muy agradable
de estudio y, además, es el que conozco en la medida en
que el antropólogo y el estudiado son la misma persona.
Quizá ésta es la razón por la que me puse a escribir.
Yo formaba parte de esa burguesía, pero no me sentí del
todo vinculado a ella. O tan poco vinculado que de vez
en cuando me iba. De todas formas, es una sociedad muy
ambigua, muy rica y llena de matices. Cataluña
es como todos estos países fenicios, fronterizos; por
eso el nacionalismo aquí no cuaja, porque es lo contrario
de su esencia: completamente flexible y adaptable a las
necesidades de cada momento. Barcelona ha sufrido
en los últimos años un cambio en profundidad: ha dejado
de ser una ciudad industrial para convertirse en una ciudad
de ocio. El mérito de La
ciudad de los prodigios fue precisamente haber
previsto lo que iba a ocurrir, una cuestión de olfato
más que de inteligencia.
¿En
qué se fija, qué escucha de la gente cuando va por la calle?
Todo,
todo… y con la malévola intención de encontrar una anécdota
que tenga un valor o que pueda dar a luz a un fragmento
de realidad. A veces puede ser una frase que oyes en el
autobús… Soy un gran usuario de los transportes públicos,
porque a veces he escuchado cosa extraordinarias. Una
cosa que aquí no tenemos, pero que en Madrid sí
hay son los taxistas; en Madrid, siempre que puedo, cojo
un taxi, porque las cosas que explican son realmente grandes.
Aquí tenemos un problema de lenguaje. La realidad que
está explicando el taxista de Madrid la explica con el
lenguaje de Madrid, y en cambio, la realidad de Barcelona
la está explicando un señor con un lenguaje que no es
el de la realidad de Barcelona, por la cosa esta del bilingüismo.
Normalmente, el taxista es emigrante. Aparte, por la misma
razón, no existe un código lingüístico. El taxista de
Madrid tiene unos modelos, que son las películas de Tony
Leblanc. Como siempre, es una especie de círculo vital
que se alimenta de sí mismo. En cambio, en Barcelona,
esto se va cortando. El lenguaje es más privado. De todos
modos, siempre ves algún gesto, y eso es la espuma que
inicia un proceso creativo.
¿Son
lo mismo imaginación y fantasía? ¿Y si no, con cuál se queda?
La
fantasía supongo que es una cosa mucho más independiente
de la realidad. En cambio, la imaginación es la mutación
a partir de la realidad. De modo que me quedo con la imaginación,
naturalmente. Siempre necesito un punto de partida y uno
de llegada. La pirueta de la imaginación no me interesa.
A veces, si estoy describiendo una cosa completamente
imaginaria, he de introducir un elemento de realidad para
volver a poner los pies en la tierra. Nunca se de dejar
de ver la costa, porque si no no se puede navegar.

-Estos
textos han sido realizados a partir de fragmentos tomados
de las siguientes entrevistas:
José
Ribas y Sergio Vila-San-Juan, en "Ajoblanco", abril
1988.
Ángel S. Harguindey, en "El País"
Cristina
Mella, en "Tribuna", 16 de mayo de 1994.
Carles Marqués, en "Cultura", junio de 1994.
Beatriz Berger, en "Revista de libros" de El Mercurio,
5 de noviembre de 1995. Margarita Rivière, en "Qué
Leer", diciembre de 1996.
Paula Izquierdo, en "La Esfera", El Mundo, 27 marzo
de 1999.
María Luisa Blanco, en "ABC Cultural", 1 de mayo
de 1999.
Llàtzer Moix, en "La Vanguardia", 13 de junio de
1999.

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