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SAVOLTA
Y EL ANARQUISMO
Para
muchos lectores "La verdad sobre el caso Savolta" representa
un punto de ruptura en la novela española de estas últimas
décadas. ¿Cómo se gestó el universo que hizo posible la
escritura de su primera novela?
Surgió
por dos conductos distintos. En primer lugar, yo no tenía
voluntad de ruptura, sino de recoger una tradición que
me gustaba más que lo que en aquel momento se estaba haciendo.
Era, no una rebelión, sino un deseo de volver a formas
antiguas, a la novela en la que yo me había formado -Julio
Verne, la novela de acción, de intriga, de misterio-,
a todo lo que me había hecho disfrutar y que entonces
estaba totalmente en desuso, pero quería recuperar ese
placer. Quería encontrar un vehículo que me permitiera
hacer lo que a mí me diera la gana. Y entonces pensé:
"Bueno, voy a ir probando". Incluso el principio del Caso
Savolta, que es un collage de muchos estilos,
responde en realidad a que lo empecé varias veces de distintas
maneras para ver cuál me funcionaba mejor, hasta que descubrí
que todas me funcionaban bien, siempre y cuando jugara
con ellas. Fui haciéndolo a medida que iba escribiendo,
y cuando lo acabé, pensé: "Bueno, no sé qué me ha salido".
Por un lado era una cosa espontánea. Y por otro, totalmente
desequilibrada. La llevé a varias personas y me señalaron
que aquello no podía ser. Y efectivamente, no podía ser.
La intención era buena, pero el resultado final era una
caos. Entonces lo rehice, y ahí sí me arriesgué más, procurando
no tocar lo que tenía de disparatado y ordenando un poco
el caos para que fuera un caos comestible.
La
llevé a una serie de editoriales y me la rechazaron. Era
la postmodernidad que llamaba a la puerta, aunque yo no
lo sabía y los que la rechazaban tampoco. Sí lo supo el
que la contrató, Pere Gimferrer, que aseguró que
en ese momento las cosas iban por ahí. Él lo tenía todo
muy claro porque es el hombre más inteligente de Europa,
disimula con su pintoresquismo, pero es el más listo sin
duda. Cuando salió la novela todo el mundo corroboró esa
intuición, era la primera novela que recibía la atención
y el reconocimiento, quizá porque los tiempos eran propicios.
Salió en el año 75, cuando todo estaba cambiando; la prensa,
por ejemplo, tenía un grado de expectación y credibilidad
que no tuvo ni antes ni después. Todo el mundo leía de
cabo a rabo los periódicos y éstos, además, respondían.
Visto ahora, creo que es verdad, que es una novela que
recupera la tradición narrativa del siglo XIX, pero lo
hace habiendo aprovechado toda la enseñanza de la vanguardia,
del formalismo de los 60, con toda la distancia y la ironía,
y estableciendo con el lector un juego y una propuesta,
una obra de guiños, que en mi caso continúa a calzón quitado
en El misterio de la cripta
embrujada.
Ese
paisaje de luchas patronales y atentados anarcosindicalistas
de los años 10 ¿le llegó a través de la lectura o por tradición
familiar?
En
parte por tradición, por la memoria colectiva de Barcelona
que me había llevado a leer una serie de cosas. Las primeras
notas del Caso Savolta
las tomé en el 66, en Londres, donde estaba con
una beca. En aquellas bibliotecas tan asequibles, cómodas
y calentitas que tienen los ingleses empecé a leer sobre
la historia de Barcelona y descubrí que era una ciudad
enormemente divertida, con mucha vida. En casa había escuchado
un sinfín de anécdotas, pero sólo me sirvieron cuando
las pude encuadrar en un marco histórico más amplio. Claro,
la anécdota del tío tal y el abuelo cual sólo me sirvieron
cuando las pude encuadrar en un marco histórico más amplio.
Claro, la anécdota del tío tal y del abuelo cual sólo
tenía relieve y dejaba de ser trivial si la encuadrabas.
Entonces, entre el marco histórico que me dieron las bibliotecas
inglesas y la anécdota inmediata y cotidiana que había
escuchado en casa, tenía todos los elementos que necesitaba
para contar una historia que ya me iba contando a mí mismo
cuando salía de la biblioteca, mientras volvía a casa
por aquellas calles inglesas llenas de lluvia y niebla.
Iba contándome esta historia, que se ponía en pie sola,
y que no tenía comparación con la de esa Barcelona de
blanco y negro de No-do y de restricciones que
en los años 60 empezaban a desaparecer, pero que había
sido la Barcelona que habíamos vivido todos. A su lado,
esa otra ciudad que se levantaba de pronto del suelo,
llena de acción. Yo tenía que escribirla porque no me
cabía en la cabeza, en el sentido físico del término.
En
general tengo interés por la vida de las comunidades,
de las grandes ciudades, y como la mía es Barcelona, pues
de Barcelona. Y una parte esencial de Barcelona es el
anarquismo. Una de las cosas más graves que han pasado
ha sido la eliminación del anarquismo de la vida catalana.
Creo que si el empresario y el anarquista, el anarcosindicalista,
hubieran llegado a establecer un diálogo, en ocasiones
violento y en otras pacífico, como de hecho se empezaba
a intuir que se podía hacer, habría sido muy interesante.
Mucho más que ahora, que es un desastre y un desierto,
desde el punto de vista de la cultura política y empresarial;
no tiene sentido.
El
anarquismo, además, literariamente es jugoso. Personalmente
no puedo evitarlo. Soy hijo del romanticismo. Lo que tiene
ahora, y creo que ya empieza a ser casi vergonzante, es
este sello de esfuerzo inútil. Incluso hasta la bomba
esa, redonda y con la mecha, se está convirtiendo en un
objeto "camp". En realidad el anarquismo era muy terrible,
ahora se ha quedado convertido en esa fotografía quemada,
color sepia. Otra cosa es el sentido que tiene el anarquismo
de la libertad, que es muy poco ideológico. El personaje
de La cripta embrujada
me gusta porque es un hombre auténticamente libre, sin
ninguno de los elementos de la libertad, incluso está
encerrado, no tiene ningún poder adquisitivo y sin embargo
es un hombre verdaderamente libre, al que admiro y en
ocasiones envidio. Envidio la capacidad que tiene de recrear
un mundo libre dentro de los límites más estrechos.
¿Y
cómo está su corazón de anarquista?
El
anarquismo era una ideología y pasó como con los dinosaurios,
quedó el esqueleto. Cataluña fue uno de los pocos
lugares donde llegó a tener entidad, además murió joven
y dejó el mito, que no tuvo ocasión de descomponerse.
Su obra todos sabemos que es inviable pero la llevamos
en el corazón. Hacían a nivel legislativo unas cosas tan
divertidas que siempre les he tenido mucho cariño. Además,
es uno de los signos de identidad en los que el movimiento
nacionalista actual no quiere ni pensar: que Cataluña
fue, además de un centro de coros y danzas, un centro
de anarquistas. Eran vegetarianos, nudistas y querían
imponer el esperanto como idioma oficial para crear una
hermandad. Esto se ha borrado completamente y es inútil
intentar recuperar su memoria.
Descubrir
su ciudad y su pasado, en Londres, a través de los archivos
ingleses, filtrándolos a través de una forma diferente a
la que aquí se hacía, ¿fue una forma de escapar a la tradición
literaria española e insertarse en la europea?
A
mí me cuesta mucho verme como fruto de un solo árbol.
Mi formación literatura viene de Baroja. He sido
siempre un seguidor fiel, o lo era entonces mucho más
que ahora, de la novela española clásica, de la picaresca
y también del siglo XIX. Yo buscaba una forma de continuar
esa tradición, pero actualizándola y haciéndola viable.
¿Qué mi formación viene de los archivos ingleses? Probablemente
sí. Pero también es posible que venga de la biblioteca
de mi abuela, una biblioteca con ediciones de principios
de siglo, muy cuidada, con volúmenes ilustrados y manoseados
cuyos bordes se rompían, con novelas de Balzac,
Zola, Dostoyevski, que tenían unas ilustraciones
que recuerdo más que el propio texto. Recuerdo mal la
lectura de Crimen y castigo, pero en cambio recuerdo
perfectamente la ilustración de la portada en la que se
ve a Raskolnikov con levita y un pistolón enorme pegándole
un tiro a una vieja. Me parecía una cosa maravillosa,
y eso era exactamente lo que yo quería contar. No ya el
texto, sino esa portada tan bonita, que luego recordaba
con emoción antes de dormirme. El vehículo para poder
contar esto es el estilo. Otro medio no tengo. Poder contar
en el lenguaje de hoy aquella portada de Raskolnikov con
el pistolón es muy serio, y tampoco es muy serio. Porque
es algo profundamente vivido pero visto con una distancia
y una melancolía que lo hace verdadero y no verdadero
al mismo tiempo, como todo lo que toca la memoria.

-Estos
textos han sido realizados a partir de fragmentos tomados
de las siguientes entrevistas:
José
Ribas y Sergio Vila-San-Juan, en "Ajoblanco", abril
1988.
Ángel S. Harguindey, en "El País"
Cristina
Mella, en "Tribuna", 16 de mayo de 1994.
Carles Marqués, en "Cultura", junio de 1994.
Beatriz Berger, en "Revista de libros" de El Mercurio,
5 de noviembre de 1995. Margarita Rivière, en "Qué
Leer", diciembre de 1996.
Paula Izquierdo, en "La Esfera", El Mundo, 27 marzo
de 1999.
María Luisa Blanco, en "ABC Cultural", 1 de mayo
de 1999.
Llàtzer Moix, en "La Vanguardia", 13 de junio de
1999.

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