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DE
LECTOR A TRADUCTOR
¿De
dónde arranca su necesidad de crear obras de ficción?
Yo,
de pequeño, sólo tengo el recuerdo de mí
mismo inventando historias. Pero no en la imaginación,
que esto lo hacen muchisimos niños, sino escribiéndolas
en un papel. ¿Por qué me dio por ahí
en vez de tener un amigo ficticio o llevar un osito de
peluche y contarle a él las historias? Eso nunca
lo he sabido. Como soy un hijo de apartamento, y además
durante muchos años hijo único, es natural
que tuviera un mundo imaginativo rico. Además aprendí
a leer y a escribir enseguida: a los dos días de
estar en el colegio ya sabía, porque vi que era
lo que necesitaba. A otros les da por pintar.
Pero
las que me formaron verdaderamente fueron esas novelas
de aventuras de autores anónimos irrecuperables que yo
leí en mi infancia. Y, como en mi familia había un culto
a la literatura clásica española, leí a Cervantes
desde muy niño. Empecé como todos los que se acercan al
Quijote, pensando: "¡Qué horror! ¡Qué cosa más
aburrida y momificada!". Luego aquello se convirtió en
algo maravilloso. "El Quijote" es la mejor novela del
mundo. El
caso es que su gusto por la lectura, corriendo los años,
se convierte en la necesidad de escribir para que los
demás lean…
No
recuerdo exactamente el momento, porque es muy anterior
casi a mis recuerdos. Sí, me veo a mí mismo, muy pequeño,
pero muy pequeño, recién aprendidas las primeras letras,
haciendo ya un dibujo y poniendo una viñeta, es decir,
reproduciendo los cuentos. Y así siempre. Eso no es tan
sorprendente. La mayoría de los niños que son aficionados
a leer tebeos o cómics, a poco que tengan mano para el
dibujo y un poco de imaginación, lo hacen. Lo que pasa
es que yo no me paré. Así como dejé de hacer otros juegos,
éste no. No lo paré nunca. Fui evolucionando. Y no sé
en qué momento empecé a pensar que me gustaría que aquello
se publicase, no sé en qué momento se me formó esta manera
de vivir, pero sólo concibo la vida escribiendo. Se empieza
de la manera más diversa, siempre sin forzar y siguiendo
intereses no previos a la escritura, la historia, las
circunstancias sociales… y luego hay un desencadenante
que se produce cuando una historia que lleva tiempo fraguándose
coincide con una anécdota o una frase que me permite estructurarlo
todo. Llevaba años estudiando la historia de Barcelona,
y un día una anécdota trivial hizo que todo aquello me
llevara a escribir La
ciudad de los prodigios. La anécdota me da la
clave de cómo tengo que hacerlo. Un poco fruto del azar
por un lado y de la necesidad por otro. He ido variando,
al principio me parecía que el hecho mismo de contar una
historia ya era suficiente y ahora, con los años, tengo
una visión menos desacralizada de la literatura.
¿Y
en qué momento se planteó en serio la dedicación a la literatura?
Nunca me lo planteé en serio, porque siempre supe que
no podría hacer otra cosa. Hasta tal punto que siempre
planifiqué todas mis actividades como una forma de sobrevivir
y poder seguir escribiendo. Lo que nunca creí es que aquello
fuera un oficio: al contrario, lo veía como una condena.
Yo voy a tener que escribir y por tanto voy a necesitar
unas horas libres al día para poder hacerlo. Y además
un oficio que me permita sobrevivir. De modo que me busqué
trabajos, no que me interesaran, porque sabía que sólo
me podían interesar muy tangencialmente, sino que me permitieran
tener horas libres. Nunca me he planteado el hecho de
escribir como algo que dependiera de mi elección.
Pero
usted en realidad estudió Derecho. Y quería ser abogado.
No.
No quería ser abogado. Muy poca gente que estudiaba Derecho
entonces quería ser abogado. En aquella época, el que
tenía que hacer una carrera universitaria era porque así
estaba en la tradición familiar y porque había que pertenecer
al mundo universitario. Un poco como ahora. Pero entonces
la diferencia era más marcada. Ahora, el no ser universitario
es una opción quizá interesante. En aquel momento, era
fatal. Nunca me pareció que la alternativa, que era ponerme
a trabajar de dependiente, fuera mejor que hacer unos
años de carrera. Que daban, pues eso, una cierta disciplina,
una metodología quizá. La posibilidad de relacionarse
con otra gente que estaba en lo mismo. La posibilidad
de hacer política y recibir algún tortazo en la calle
y todo eso. Cuando tuve que decidir, Letras me gustaba,
pero era una carrera con muy mala prensa, a la que iban
curas, monjas y chicas que no tenían el propósito de ganarse
la vida ejerciendo una profesión, sino que querían prolongar
un poco el Bachillerato, adquirir una cultura general
y luego casarse y ser madres de familia. Aunque en el
fondo ya no era así, todavía quedaba esa imagen. Y como
además me daba igual estudiar Letras que Ingeniería,
porque quería escribir y no ser profesor de literatura,
ni estudiar literatura, ni leer siquiera, entonces, por
tradición familiar y por una especie de inercia de tobogán,
hice Derecho.
Dicen
que es usted un hombre tímido y educado. Así pues, la profesión
que eligió, intérprete, le venía como anillo al dedo. Ser
una sombra que no existe entre conversaciones en las que no
participa pero que traduce.
Sí.
La profesión la elegí relativamente. Siempre me gustó.
Los idiomas, muchísimo. Lo que más me gusta es ese silencio.
Si pudiera, me pasaría la vida estudiando idiomas. Para
nada. En cuanto supiera uno me pasaría a otro porque ya
perdería todo el interés. Lo que más me gusta es leer
en idiomas que casi no entiendo. Y descifrar. Me gusta
más descodificar los textos que disfrutarlos. Y eso me
llevó naturalmente a la traducción.

-Estos
textos han sido realizados a partir de fragmentos tomados
de las siguientes entrevistas:
José
Ribas y Sergio Vila-San-Juan, en "Ajoblanco",
abril 1988.
Ángel S. Harguindey, en "El País"
Cristina
Mella, en "Tribuna", 16 de mayo de 1994.
Carles Marqués, en "Cultura", junio de 1994.
Beatriz Berger, en "Revista de libros" de El
Mercurio, 5 de noviembre de 1995. Margarita Rivière,
en "Qué Leer", diciembre de 1996.
Paula Izquierdo, en "La Esfera", El Mundo, 27
marzo de 1999.
María Luisa Blanco, en "ABC Cultural", 1 de mayo
de 1999.
Llàtzer Moix, en "La Vanguardia", 13 de junio
de 1999.

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