
"Esta
segunda novela aparece hoy más como un divertimento,
como una pausa irónica y paródica en la ya pausada
carrera de su autor. La trama es policial, pero
reducida al absurdo. Si el lector acepta la convención
inicial -un psicópata como detective-, todo marchará
sobre ruedas. Mendoza utiliza para provocar
esta aceptación su arma secreta: un lenguaje sabroso
y paródico donde los golpes de efecto verbales
se encadenan en un rosario de puesta en solfa
de una serie de tópicos auténticamente explosiva.
El ritmo es apresurado y medido, y el discurso
del protagonista impone su propia lógica irónica
, encadenando la trama y al lector hacia una solución
final, que tal vez sea el más acertado desde el
punto de vista realista. La novela se lee de un
tirón, pero deja en el aire ciertas preguntas
sin resolver. La madurez del autor no deja dudas;
pero lo que atrae con su discurso verbal provoca
al mismo tiempo la lejanía que comporta toda parodia."
Rafael Conte, "El País", 13 de mayo de 1979.